Dani Balboa
Neil Young / The Who / Gary Clark Jr / Two Doors Cinema Club

Fue en el verano de 2016 en la primera edición del Mad Cool, ese festival que se las prometía multigénero y que, a la postre, no fue más que el reflejo de la pobre (espero que transitoria) escena musical que seguimos atravesando.
Fue en ese mismo festival donde vi aquel concierto de The Who en el que el sonido era horrible y la batería de Roger Daltrey sonaba como una caja de cerillas. Me convencí a mí mismo de que merecía más la pena salir, entre hordas de gente, y huir. Me di la vuelta y conseguí escapar de la segunda fila de aquel escenario donde estaba. Era mejor que quedarse y llevarse un recuerdo fatal de una de las bandas más icónicas del rock.


Mientras atravesaba a cientos de personas entre empujones, litros de cerveza cayendo sobre mí y con esa sensación de aquel niño que finalmente conoce a su ídolo y este se comporta como un auténtico gilipollas, no paraba de escuchar a determinados grupos de chavales decir: «Este debe de ser el grupo de la intro de CSI». En ese momento —curioso que fuera a mis 27 años— me di cuenta de que el rock había muerto.
Why don’t you all f-fade away?
(Talkin’ ’bout my generation)
The Who, ‘My generation’
Lo cierto es que también fue en ese mismo festival, pero dos días más tarde, cuando, tras dos grandes conciertos de Jane’s Addiction y Prodigy (¿quién me iba a decir que dos bandas de los noventa me harían recuperarme del batacazo de los setenta?), llegaría el plato fuerte de aquellos tres días.
La situación era difícil: ya me había llevado una gran decepción; el público estaba más por la labor de desvivirse por grupos como Two Doors Cinema Club o Capital Cities que por los grandes clásicos o por un recién aparecido en la gran escena como Gary Clark Jr.
El bueno de Gary había hecho sus deberes como telonero. La gente se preguntaba de dónde había salido y los ya conocedores de su talento repetían sin parar: «Ya os lo dije». El público se había quedado con ganas de más de aquello: blues moderno, con ritmo, algo de funky rompiendo con esa escena “gafapasta” y “modernita” que parecía imponerse en aquel festival.
Sin embargo, minutos más tarde apareció él.
Neil Young.
Entró en escena para destrozar todo lo que su predecesor había conseguido construir; todo aquello que le habría facilitado mínimamente la entrada ante aquel tipo de público. Debió pensar que no necesitaba ese empujón y, bajo una escenografía de granja con maizales y con la cara de alguien que no parecía demasiado contento por estar allí, decidió darnos a todos una turra considerable de cuarenta y cinco minutos al piano y a la armónica.
Recuerdo que una chica, unas filas más atrás, gritó: «El rock ha muerto».
“El rock ha muerto”.

Lo escuchó.
Y en aquel momento, Neil frunció el ceño —si cabía algo más—, dejó el piano y nos deleitó con dos horas más del mejor concierto de guitarra que jamás he visto en directo.
Neil no solo hizo suya la escena, sino que se adueñó del festival: fue tal su dominio que llegó a invadir por completo el escenario contiguo y obligó a retrasar su arranque.
Entonces nos dimos cuenta de que estábamos ante uno de los últimos grandes clásicos vivos. Y, paradójicamente, en aquel mismo instante comprendimos que el rock no había muerto.
Al menos, aquel día.
Las imágenes son de Wikipedia. Muchas gracias!
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Last modified: febrero 16, 2026






