Sergio Sánchez
Hay algo extrañamente poético en esa simetría de la carencia. En mi primer viaje a París, mi primer viaje con ella, mi pobreza era una cuestión de bolsillos vacíos y de chavalería; hoy, quizá, es solo el síntoma de una ciudad que se ha vuelto un decorado de lujo mientras yo sigo siendo ese mismo observador lejano.
Incluso cuando miro Notre Dame.


Pero en aquel entonces, bajo el cielo gris plomo de la Île de la Cité, la aguja de Viollet-le-Duc todavía tocaba el aire con cierta arrogancia, con esa chulería que se convirtió en un tópico a través de algunas novelas. Recuerdo el olor a incienso y a piedra húmeda, esa penumbra gótica que parecía proteger el corazón de Francia.
Ver ahora Notre Dame, envuelta en andamios y promesas de reconstrucción, es entender que hasta lo que creíamos inmutable tiene fecha de caducidad. Y se va y, pese a todo, no vuelve. Solo respirando profundo, oyendo algo lejos y únicamente durante un par de segundos.

Aquel viaje comenzó en el aire… Lo que respiras antes de ese primer vuelvo con ella.
Lo que respiras antes de ese primer vuelvo con ella. Antes del avión, yo me refugiaba en las páginas de Annie Ernaux. Hay algo en su escritura seca, casi quirúrgica, que te prepara para la honestidad brutal de París: una ciudad que no intenta gustarte, que simplemente existe más alto y te permite estar en ella si soportas su peso, un organismo casi vivo, contradictorio y, a ratos, profundamente melancólico.
El refugio de los maestros
Caminar por el Louvre es, en realidad, un ejercicio de humildad. Recuerdo la parálisis frente a La Libertad guiando al pueblo de Delacroix; no es solo un cuadro, es un estruendo de pólvora y sangre que parece querer salir. Cerca, la solemnidad de David con su Coronación de Napoleón te hace sentir pequeño, no por el tamaño del lienzo, sino por la ambición que sigue viviendo allí.


Pero los encuentros más íntimos sucedieron en las sombras. Encontré a Velázquez y su pincelada atmosférica, esa que parece pintar el aire mismo entre los personajes, y la delicadeza de Botticelli, uno de los preferidos de ella, cuyas figuras parecen flotar en un tiempo que nunca fue el nuestro. Bajando hacia las esculturas, los Esclavos de Miguel Ángel luchando por salir del mármol me recordaron que el arte es, la necesidad permanente de tener una cierta liberación. Y luego, Rodin. Sus figuras no están quietas; se mueven, te miran; están en perpetua tensión, como si el bronce conservara el calor de la mano que lo tocó.

Cruzar el Sena hacia el Musée d’Orsay es cambiar de siglo pero no de intensidad. Ni siquiera es cambiar de concepto. La antigua estación de tren, con su reloj monumental, custodia el color. Es suyo.
Lo comparte, pero no lo regala.
Allí, los clásicos cercanos, te asaltan: la luz vibrante de los impresionistas, los cielos atormentados de Van Gogh o esa empatía que empezaba a romper los espejos de la realidad. En Orsay, el tiempo se detiene en un mediodía perpetuo de finales de siglo. Y entre todas esas manos que sostiene, las de Millet, Van Gogh, Monet, Renoir, Manet, Gauguin o Sisley. Todo.

Una banda sonora de asfalto y río
París no solo se mira, se escucha. En el eco de las calles, la voz rota de Édith Piaf parecía emerger de las alcantarillas y las esquinas. Me imagino tarareando a Charles Aznavour mientras cruzaba bulevares. Hubo momentos para el cinismo elegante de Serge Gainsbourg, ideal para caminar por la orilla izquierda con las manos en los bolsillos, y, sobre todo, para Georges Brassens. Al escucharlo incluso ahora, no puedo evitar pensar en Javier Krahe; esa misma ironía, ese desdén por la autoridad con sencillez acústica, esa forma de decir realidades bárbaras con una sonrisa en la boca.
Y aquella tarde, subiendo hasta Montmartre. Evitando la basílica, demasiado blanca, demasiado todo, nos perdimos por las calles laterales hasta encontrar una mesa minúscula. Pedimos un café —lo único que nuestro presupuesto permitía sin entrar en pánico— y simplemente vimos pasar el mundo. Y nuestra vida, repleta de caídas de sol.
París es una ciudad de observadores. Allí arriba, lejos del bullicio del centro, entendimos que la verdadera curiosidad no está en los monumentos, sino en el gesto de ese camarero que se da cuenta de que el café es demasiado caro para lo que es, o en la luz que rebota en los adoquines, mojados.
Siempre mojados.

El último acto sobre el Sena
Al caer la tarde, bajamos de nuevo al río. No hay espectáculo más democrático en París que el atardecer sobre el Sena.
Nadie puede no verlo.
El sol se pone y mea en el agua con un naranja metálico. Las sombras de los puentes se vuelven recortes negros sobre un cielo grisáceo y los barcos pasan dejando una estela que se deshace contra los muros de piedra.
Esos muros llevan quejándose desde hace tantos años…
Nos quedamos allí, viendo cómo la ciudad se encendía, recordando que hace una década Notre Dame iluminaba los pasos de la gente en chanclas, con sus gárgolas calladas. Hoy, aunque la foto de la catedral ha cambiado y la sopa de cebolla sigue siendo un lujo inalcanzable, me queda el consuelo de que los cuadros siguen en sus muros y las canciones de Brassens siguen sonando en algún rincón de la memoria.
París es, al final, ese incendio que nunca termina de apagarse del todo.
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Mil gracias.
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Last modified: abril 6, 2026






