Goretti Gómez López
Y es una de mis películas favoritas porque me veo en ella. Supongo que la cultura depende también de estas cosas…
Cada vez que me la pongo, especialmente desde que soy madre, siento que me habla de algo íntimo, algo que llevo dentro desde niña: esa presión silenciosa de no encajar del todo en los moldes, de no cumplir con los “cánones” que otros deciden que importan.

La protagonista, Olive, una niña de unos 7 u 8 años, sueña con ser artista: actriz, cantante, bailarina… le da igual el formato, porque lo suyo no es la perfección, sino la alegría. Pero en los concursos de belleza nadie parece ver esa luz. No encaja en el molde. Y el mundo, que a veces es torpe y otras cruel, no duda en hacérselo sentir.
Ese mensaje, el de no ser suficiente, también me ha acompañado a mí desde pequeña. He luchado contra él durante años, y aún hoy, a mis 36, sigue apareciendo de vez en cuando en mi día a día. Y se ve intensificado ahora más que soy madre.
Y cuando miro a mis hijas, Amaia con sus cuatro años de curiosidad infinita y Candela con sus dos años de fuego y ternura, sé que esa lucha ya no es solo mía. Que tiene un objetivo más grande, más urgente, más sagrado.
Nuevos momentos…
Ser madre me ha revelado que la herencia más peligrosa no siempre es la genética, sino la emocional. Esa que se transmite en silencios, en gestos, en la forma en que una se mira al espejo o en cómo responde cuando el mundo cuestiona su valor.
No quiero que mis hijas reciban ese legado.
No quiero entregarles la duda constante, la sensación de no encajar, el pudor de brillar “demasiado”.
No quiero que mis hijas crezcan pensando que deben encajar en un molde para merecer ser vistas, valoradas o amadas.
No quiero que un jurado, sea literal o metafórico, les diga qué es la belleza, qué es el éxito, o cuál es su valor.
Quiero criarlas desde un lugar en el que sientan que son geniales tal y como son. Que su forma de bailar, de reír, de soñar o llorar, tiene un espacio en el mundo. Que no necesitan cambiarse para adaptarse a los demás, sino encontrar los lugares y las personas que sí las abracen como son.
Hoy sí: estoy cansada…
Y a veces es agotador.
A veces siento que me dejo la piel tratando de ofrecerles una infancia donde nadie les robe la luz, ni siquiera sin querer. Acompañar a Amaia y a Candela en sus sueños, los que tengan, los que inventen, los que cambien, será siempre mi viaje.

“Un perdedor es alguien que tiene tanto miedo de no ganar que ni siquiera lo intenta“
Edwin Hoover, abuelo de Olive Hoover
Quiero que sepan que su luz no es negociable. Que el mundo intentará medirlas, compararlas, ordenarlas… pero que en casa siempre habrá un lugar donde puedan brillar sin pedir permiso.
Quizá por eso sigo viendo ‘Pequeña Miss Sunshine‘: para recordarme que no deseo enseñarles a encajar, sino a existir desde su alegría. Y que la niña que yo fui, la que no se sintió suficiente, encuentra hoy un poco de paz al ver que en ellas todo es posible de nuevo.
Por eso ‘Pequeña Miss Sunshine‘ no es solo una película para mí: es un recordatorio. Un espejo. Una guía. Me dice que la familia, incluso con todas sus torpezas, puede ser refugio.
Y que mi misión, cada día, es ayudarlas a sostener esa luz que yo a veces perdí por el camino.

Las fotos son de: cris-tagupa-9ZXHUr5aCwM-unsplash, a-c-6_33ts-clfc-unsplash, ruben-mishchuk-WsJhsoaIbzI-unsplash.
Mil gracias.
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Last modified: noviembre 24, 2025






