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En La Villajoyosa el Viernes Santo no huele a incienso encerrado, sino a salitre, a luz limpia y a ese azahar que ya empieza a reclamar su sitio en los huertos de Alicante.
Si en Madrid la Semana Santa era el sonido del mazo contra el bacalao, en Levante es el crujido de las alpargatas sobre el adoquín y el estallido visual de las fachadas de colores que miran al mar, como si las casas mismas se hubieran puesto su mejor gala para ver pasar las imágenes.
“Los vivos, los muertos y los que van por el mar”
frase de los marineros de villa Joiosa
Recuerdo caminar por el casco antiguo, ese laberinto de rojos, amarillos y azules que parecen pintados con la paleta de un niño. Allí, la primavera no pide permiso. Ves a la gente con esa ropa de entretiempo tan nuestra, tan de ‘como no sé qué llevar, lo llevo todo’: las chaquetas finas que se quitan al mediodía cuando el sol aprieta y se vuelven a poner cuando cae la tarde y el aire del Mediterráneo refresca la nuca.


—”Fíjate bien“, nos decía un taxista mientras veíamos los preparativos —”aquí cada uno carga su peso, pero de forma distinta“.
Y tenía razón.
En Vila Joiosa (en valenciano se lee más bonito) la diferencia entre los que colaboran y los que trabajan esos días es casi una coreografía. Están los costaleros y cofrades, que llevan el peso de la tradición con un orgullo silencioso, sudando bajo las túnicas mientras atraviesan calles tan estrechas que parece que el paso no va a caber.
Y luego están los que “trabajan” la fiesta desde la barrera: los que preparan el chocolate para después de la procesión o los que, en las trastiendas, ultiman los detalles de los tronos.
“La Vila Joiosa, fundada como ciudad cristiana en 1300 por Bernardo de Sarriá bajo Jaime II de Aragón, es luz y color”.
Es curioso, porque mientras en otros lugares el Viernes Santo es puro silencio negro, aquí es un contraste absoluto. La sobriedad de la procesión del Santo Entierro recorta su silueta contra las casas de colores vibrantes. Es como si la muerte y la vida, la sombra y la luz de Alicante, se dieran la mano en cada esquina.
Al final, como decía mi abuela, el secreto sigue siendo la paciencia. Solo que aquí, la paciencia no se cocina a fuego lento en una olla de barro; se mide en el tiempo que tardas en recorrer el camino desde la Iglesia de la Asunción hasta que el sol se esconde tras el Puig Campana, dejando que el mar se trague, un año más, los ecos de las trompetas.















“Es posible que la huida de lo sacro en Semana Santa no se produzca ni por el estómago ni por el intelecto, sino, simple y llanamente, por carretera”.
josé luís garcía íñiguez
Las fotos las hicimos este fin de semana en Vila Joiosa (Villajoyosa).
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Last modified: abril 6, 2026






