Eduardo F. Rodríguez
Marcel Proust (1871-1922) es uno de esos escritores que ve condicionada su vida y su obra por una grave enfermedad. Fue un bebé prematuro y, desde muy pequeño, su salud se convirtió en motivo de constantes preocupaciones. A los nueve años sufrió su primer ataque severo de asma. A partir de entonces, quedaría confinado en los entornos familiares de la alta burguesía francesa, bajo los mimos de su madre, privado del aire libre, los horizontes y la luz natural.

En su juventud fue conocido como un gran socializador de la Belle Époque parisina, pero la enfermedad le recluyó a los 36 años en el apartamento 102 del Boulevard Haussmann, cuyas paredes forró de corcho para aislarse definitivamente del mundo. Falleció 14 años después, desencantado con la vida social de la capital francesa y dedicado obsesivamente a la literatura. Sus encierros, que se filtran en las atmósferas herméticas de su narrativa bovariana, traman los mimbres del motivo umbilical del que surge todo En busca del tiempo perdido.


‘Por el camino de Swann‘ es el primero de los siete capítulos que componen su obra magna, el inicio de un periplo hacia el deseo de las horas pasadas. El sabor y el tacto de una magdalena mojada en té inaugura el recuerdo recreado del protagonista, el niño Marcel, y sienta las bases para explorar la identidad de su narrador. Es por ello que los capítulos primero y tercero se relatan en primera persona.
El sabor y el tacto de una magdalena mojada en té inaugura el recuerdo recreado del protagonista, el niño Marcel, y sienta las bases para explorar la identidad de su narrador.
Sin embargo, en el segundo capítulo, la historia cabalga sobre los celos y la obsesión de Charles Swann, un joven amigo de la familia, que se enamora irracionalmente de Odette, una cortesana de dudosa procedencia. Swann representa aquí una visión del futuro del niño Marcel y es la única parte de la obra que está narrada en tercera persona. Con ella, Proust nos presenta un modelo en miniatura del ciclo del amor antes de que el propio Marcel lo experimente. Si ‘Por el camino de Swann‘ es la teoría; lo que vivirá Marcel con Albertine en los capítulos posteriores será la práctica.
En el mundo esnob de Swann –el universo del niño Marcel–, los personajes son caprichosos y consentidos. Swann es perezoso, instintivo y cobarde, necesitado de una sociedad decadente que le permita destacar a pesar de sus limitaciones. Es un vividor de sentimientos mediocres, cercanos a los instintos simples del ser humano, con reacciones irreflexivas y defensivas ante todo tipo de exigencia o padecimiento.
No podemos sentir empatía por él pero, al vernos identificados en su inconsciente enamoramiento, necesitamos saber qué será de él, conocer cómo reaccionará el mundo ante un hombre-niño embelesado de una mujer idealizada que eleva a la categoría de obra maestra.

El ritmo “menudo, melancólico, incesante y suave”.
Seguramente por ello la pintura y la música cobran un papel fundamental en toda la novela. Proust utiliza obras de Chopin, Liszt, Mozart , Giotto o Leonardo Da Vinci, entre otros, para ilustrar las percepciones y experiencias de Marcel o de Swann. Este periplo emocional se manifiesta particularmente en la sonata para piano y violín de Vinteuil, la frase musical que brota con un carácter “aéreo y perfumado” a modo de himno amatorio.
El ritmo “menudo, melancólico, incesante y suave” representa el descubrimiento de esas “realidades invisibles” que obligan a Swann a despojarse de la lógica, percibiendo a su amor como una entidad misteriosa, sobrenatural y pura. La pintura complementa este universo estético, revistiendo a Odette de la figura de Céfora, pintada por Botticelli, como un “placer sobrenatural y delicioso”.


“Mais tout d’un coup la petite phrase parut, et cette fois elle resta là, comme un objet réel. Ce n’était plus une impression purement musicale, c’était presque une idée, une idée qui de nouveau lui faisait souffrir. Mais cette fois la phrase ne s’évanouissait pas tout de suite ; elle se maintenait un moment, flottante, comme une de ces figures de l’architecture qui semblent se soutenir en l’air sans appui. Swann la suivait, la caressait du regard, comme si c’eût été une chose vivante ; et la phrase s’éloignait, d’un mouvement ondulant, disparaissait, puis reparaissait, plus douce, plus lointaine, lui apportant ce parfum d’un temps qui n’était plus le sien.”
“Pero de pronto, la pequeña frase apareció, y esta vez se quedó allí, como un objeto real. Ya no era una impresión puramente musical, era casi una idea, una idea que de nuevo le hacía sufrir. Pero esta vez la frase no se desvanecía en seguida; se mantenía un momento, flotando, como una de esas figuras de la arquitectura que parecen sostenerse en el aire sin apoyo. Swann la seguía, la acariciaba con la mirada, como si fuera una cosa viva; y la frase se alejaba, con un movimiento ondulante, desaparecía, y luego volvía a surgir, más dulce, más lejana, trayéndole aquel perfume de un tiempo que ya no era el suyo.”
Esta es la clave de su belleza narrativa, indiscutiblemente melancólica: la vida a través de la emoción inmortalizada. La poética proustiana se compone de la minuciosa desintegración de cada sentimiento mediante una sintaxis larga, sinuosa y llena de incisos. La intención no es narrar un evento, sino imitar el fluir de la conciencia con sus dudas y digresiones. De esta forma, el recuerdo narrativo pierde fuerza descriptiva pero gana en profundidad y nostalgia.
“En el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin noción de lo que lo causaba. Y enseguida me hizo indiferentes las vicisitudes de la vida, sus desastres inofensivos, su brevedad ilusoria, del mismo modo que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Sentía que estaba ligada al sabor del té y del bollo, pero le aventajaba en mucho, no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde aprehenderlo?”
Para leer Por el Camino de Swann, y en definitiva En busca del tiempo perdido, hay que ser paciente. No hay caminos lineales ni atajos que aceleren la tensión. El interés hacia el desenlace se gesta lentamente en cada lectura, en la deliciosa vinculación con los recuerdos-emociones de sus protagonistas y en el palpitar irremediable de su ritmo insatisfecho.
Las fotos son de: Wikipedia, john-towner-Hf4Ap1-ef40-unsplash, laura-adai-Qr5v1TnBfv0-unsplash, celine-ylmz-L2ost-ZEmK8-unsplash, getty-images-wotw8Fw49jE-unsplash, kobby-mendez-w0_w3N_hG00-unsplash.
Muchas gracias.
arte Enbuscadeltiempoperdido francia literatura MarcelProust paris
Last modified: abril 6, 2026







[…] Joyce era un laberinto donde uno entra para perderse y no tiene claro qué saldrá, como habló Eduardo F. Rodríguez hace pocos días, y Edgar Allan Poe es un sótano oscuro donde uno no tiene claro si quiere entrar, […]