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Hace unos días hablábamos de Súper López y de Jan, su creador. Estuvo muchos años en Cuba, viviendo allí y tratando de beber el ritmo cultural del país. Algo que queda perfectamente representado en esta frase tan curiosa:
“Pasé de una dictadura mayormente clerical a un país veinte años más moderno y con un elevado sentido de la libertad”
Han pasado cosas después de que Jan comentara así sus años en Cuba, pero sigue oliendo a mar. Y es que hay islas que existen en el mapa, y hay islas que existen en la imaginación. Cuba pertenece a las dos categorías, pero es en la segunda donde ha dejado su huella más profunda.
Pequeña en extensión, inmensa en espíritu, la isla ha sido durante el siglo XX uno de los focos creativos más fértiles del planeta. Su música ha cruzado océanos, su literatura ha transformado el idioma español, sus pintores y dibujantes han asombrado a quienes los descubrían sin esperarlo. Cuba no tuvo que pedir prestado el talento de otros: lo tenía en casa, brotando de su tierra roja, de su mezcla de pueblos.


El ritmo como idioma universal
Si hay un regalo que Cuba le hizo al mundo con generosidad absoluta, ese regalo tiene nombre: la música. No una música, sino muchas, entrelazadas como las raíces de una ceiba. El son cubano, el mambo, el bolero, el cha-cha-chá, la guaracha: cada uno de estos géneros nació o maduró en la isla y viajó después a los salones de baile de Nueva York, a los cabarés de París, a los patios de toda América Latina.
Ernesto Lecuona fue uno de los primeros en demostrar que la música cubana podía hablar en muchos registros a la vez. Pianista espectacular y gran compositor, Lecuona escribió páginas para piano que rivalizan en delicadeza con las del mejor romanticismo europeo, y al mismo tiempo compuso zarzuelas y canciones populares que todavía hoy suenan en cualquier rincón del mundo hispanohablante. ‘Siboney‘, ‘Malagueña‘, ‘Andalucía‘: títulos que son ya parte del patrimonio sentimental de la humanidad.
Beny Moré, apodado con justicia El Bárbaro del Ritmo, llevó el son y el mambo a una dimensión casi mágica. Nunca aprendió a leer música, y sin embargo era capaz de dirigir una orquesta con la autoridad de quien lleva la partitura grabada en la cabeza. Su voz — qué voz… cálida, flexible, capaz de pasar del susurro a la tormenta en un solo compás— convirtió cada actuación en un acontecimiento irrepetible. Escúchala un domingo al levantarte, verás…
Y luego está Compay Segundo, que nos recuerda que el talento cubano no tiene fecha de caducidad. Rescatado del olvido a finales del siglo XX por el proyecto Buena Vista Club Social, este guitarrista y cantante nacido en 1907 demostró al mundo que la tradición del son guardaba una belleza intacta, esperando pacientemente a que alguien volviera a escucharla. Su imagen —el habano en la mano, la sonrisa, el sombrero, la voz áspera y tierna— se convirtió en uno de los iconos más reconocibles de la música mundial.
La palabra que arrebata el tiempo
La literatura cubana del siglo XX no se quedó atrás. Alejo Carpentier inventó un concepto que cambió para siempre la manera de entender la narrativa latinoamericana: lo real maravilloso, esa convicción de que en América la realidad misma es ya fantástica, que la historia y el mito se confunden sin esfuerzo, que no hace falta inventar el asombro porque el asombro está en todas partes. Sus novelas —’El reino de este mundo‘, ‘El siglo de las luces‘, ‘Los pasos perdidos‘— son construcciones monumentales donde el lenguaje se despliega como una catedral barroca.
Son algunos de esos libros que, cada vez menos, se leen en la facultad y abren puertas para seguir recordando y soñando.
“Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema”.
Alejo carpentier, sobre su amigo caracol
José Lezama Lima fue otra cosa: un poeta y novelista que llevó el idioma español hasta sus límites. Su novela ‘Paradiso‘ es uno de esos libros que se leen despacio, con reverencia, porque cada página contiene más de lo que el ojo puede abarcar en una primera lectura. Lezama construyó un universo literario propio, densísimo, atravesado por la luz de su ventana y por un conocimiento que abarcaba desde los clásicos grecolatinos hasta la poesía china.


Guillermo Cabrera Infante demostró, con ‘Tres tristes tigres‘, que La Habana podía ser tan literaria como Dublín o Buenos Aires. Su novela —un carnaval de voces, juegos de palabras, jazz y noche habanera— captura la sombra de una ciudad con la precisión y la ternura de quien la conoce de memoria. El idioma, en manos de Cabrera Infante, se acerca y añade humor, nostalgia y celebración al mismo tiempo.
Lo que une a todos estos creadores es algo que no se puede fabricar ni importar: una sensibilidad única, nacida del encuentro entre África y Europa sobre un suelo alimentado por el mar y el son, por el dolor y la alegría que en Cuba parecen crecer juntos, como dos plantas de la misma raíz.
Cuba le dio al mundo una forma de sentir el ritmo, de doblar el lenguaje, de ver los colores.
Y el mundo, aunque a veces tarde, sabe reconocerlo.
Las fotos son de stephan-valentin-qRBNM6GmXDE-unsplash, ronny-sison-ykzE718sxFM-unsplash, diego-gennaro-PLjrql-Yq88-unsplash. Muchas gracias!
Last modified: abril 27, 2026






