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SuperLópez / Superman / Cómic / Barcelona / Jan
Pantalones arrugados, sueño permanente, amor por la normalidad. Y una historia divertida e irreverente, con ganas de contar lo que pasa en el día a día.
Eso vivimos en nuestros ratos con Super López.
Hay algo casi filosófico en el nombre de pila de Superlópez. Nació en el planeta Chitón —que en el español de a pie viene a significar algo así como ‘cállate’— con el nombre de ‘Jo-Con-Él‘.
Vaya con él.
Como si los propios creadores hubieran querido avisarnos desde el principio: este no va a ser el héroe que esperabas.
Corría 1973. España olía a Ducados, a barra de bar y a Seat 600. Un dibujante barcelonés llamado Juan López Fernández recibió el encargo de hacer una parodia de Superman. Lo hizo sin demasiadas ilusiones, con tinta Rotring y papel folio, y así nació el hombre más poderoso del universo con bigote de funcionario y sueldo de risa. En Barcelona.

Quienes crecieron en los ochenta recuerdan perfectamente ese primer álbum: la explicación del origen, las batallas breves y disparatadas contra el Gladiador Galáctico o la Increíble Maza —que era, evidentemente, el Hulk con otro nombre porque los derechos de autor tampoco eran lo de Jan—.
Humor desbordante, ironía constante, guiños continuos al universo de los superhéroes. Todo ello en una España que aún no sabía muy bien adónde iba pero que reconocía sin esfuerzo al tipo del traje azul: ese vecino que nunca llega a tiempo, que tiene una novia malhumorada y un jefe sin nombre que le hace la vida imposible.

Porque ahí estaba la trampa genial de Jan. Concibió su Superman español “como el que nos tocaba“, porque le parecía lo más parecido al público del momento. Juan López no era el ideal americano del héroe invencible y mandibulado. Era el español prototípico, devoto del escaqueo laboral, incapaz de resolver sus propios problemas cotidianos antes de salir a salvar el mundo.
“Todo lo que se haga para defender la libertad en democracia es poco”
JAN, AUTOR DE SUPER LÓPEZ
Un hombre que, ante las dificultades que no puede resolver, opta por imaginarse que es un superhéroe. Algo en lo que, seamos honestos, muchos nos hemos especializado.

Pero Jan tenía un segundo oficio que ejercía en silencio: el de cronista. Su sentido del humor fue haciéndose progresivamente más naturalista, con un componente de crítica social que resultaba bastante insólito dentro de la escuela humorística de Bruguera. ‘La semana más larga‘, publicada en 1981, es quizás el ejemplo más nítido de esa ambición. Una historia sin acción ni escenas espectaculares, centrada en lo mundano e irrelevante de la vida de López: los desayunos en los que se le quema la leche, lo mal que duerme por las noches. El álbum en el que Superlópez aparece menos vestido de superhéroe es, paradójicamente, el que más reflexiona sobre lo que significa serlo.
España, la de verdad, cabe entera en aquellas viñetas.
El jefe sin nombre.
Los vecinos ruidosos.
La burocracia incomprensible.
Los villanos con nombres impronunciables que en el fondo se parecían sospechosamente a algún político de turno.
Jan nunca siempre señaló con el dedo y mirando a quien quería decir algo. Prefería el método más antiguo y más efectivo: poner un espejo raro delante de la realidad y esperar a que el lector reconociera algo propio.
Un retrato de lo humano, de ese día a día. Eso era Superlópez. Un tío con bigote y capa que, sin querer, se convirtió en el documento social más honesto de su época. Y todo empezó porque alguien, en 1973, tuvo la ocurrencia de preguntarse qué pasaría si Superman hubiera aterrizado en el momento equivocado, en el lugar insólito.
Ese en el que vivimos todos.
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Last modified: abril 14, 2026






