Gustavo Barral Hidalgo

México / Ciudad de México / Fotografía / Verano

Ciudad de México no se fotografía en una sola capa.

Cada imagen esconde otra debajo, y esa otra, otra más: es una ciudad que nunca terminó de construirse sobre sí misma, sino que se apiló, piso sobre piso, siglo sobre siglo.

Un vendedor ambulante empuja un carrito de elotes junto a la fachada barroca de una iglesia que a su vez se asienta sobre las piedras de un templo desenterrado a medias. Nadie mira hacia abajo.

Tal vez ahora, buscando su raíz.

Pero el tráfico no se detiene por la historia.

“México no es un país, es una hipótesis”
Octavio Paz

En el Zócalo, un grupo de danzantes concheros hace sonar sus tobilleras de semillas mientras, a pocos metros, un oficinista revisa el teléfono sin levantar la vista, esperando que cambie el semáforo.

El ritual y la prisa ocupan la misma plaza sin mirarse.

Hay una anciana que vende flores de cempasúchil fuera de temporada, por si alguien las necesita antes de tiempo. Las lleva envueltas en papel periódico, y el naranja se filtra a través del papel como si la propia tinta quisiera volverse color.

En el Metro Balderas, un hombre toca el acordeón entre vagón y vagón. Nadie lo mira directamente, pero varias manos, casi automáticas, se meten en los bolsillos. Es una coreografía que la ciudad entera parece conocer de memoria, aunque nunca se haya ensayado.

Desde una azotea de la Roma Norte, el Popocatépetl fuma despacio al fondo, casi como un decorado, casi como una amenaza que ya nadie se toma como tal. Un volcán activo convertido en paisaje de postal: esa es, quizá, la definición más honesta de esta ciudad.

“El pasado se pierde, pero se le inventa”

Carlos Fuentes, ‘La región más transparente‘

Lo que no se puede fotografiar es la altura —2,240 metros que aprietan el pecho al llegar y que después, sin que uno se dé cuenta, empiezan a sentirse como el aire natural de las cosas—. Ni el temblor que todos llevan, sin decirlo, en la memoria del cuerpo: el 85, el 2017, las fechas que la ciudad no necesita escribir en ningún monumento porque las lleva por dentro.

Hay una imagen que se queda pegada a los ojos más que las demás: un niño con un balón de fútbol desteñido, jugando solo contra el muro de un edificio a medio derrumbar por el último seísmo, mientras al fondo una grúa levanta el que vive al lado. Reconstruir y jugar, al mismo tiempo, en la misma calle.

Nadie parece encontrarlo extraño.

Porque normal no es. Ni extraño.

Solo es.

“En México la muerte no asusta a nadie, porque la vida nos ha curado de espantos”
Frida Kahlo

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Last modified: septiembre 30, 2026

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