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Poe da miedo

Los libros que me siguieron hasta el cole…

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Cuentos de Poe / Leo / Edgar Allan Poe / Halloween

Hay libros que se cierran por la noche y se abren solos por la mañana

Me llamo Leo, tengo diez años, y anoche leí a Edgar Allan Poe debajo del edredón, con la linterna que guardaba mi padre en el trastero, por si volvemos a quedarnos sin electricidad. Tres cuentos. Nada más. Luego apagué la luz y ya no fue lo mismo. Nada fue lo mismo desde esa noche.

Lo primero que vi al despertar fue un ojo.

Uno solo, amarillo, medio cerrado. Era Plutón, nuestro gato, sentado en la ventana de la habitación. Se llama así desde antes de que yo supiera que el gato de ‘El gato negro‘ también se llamaba Plutón.

Hasta ayer eso me hacía gracia.

Hoy no me hizo ninguna. Me miró como se mira a alguien que sabe algo. Luego bostezó y se fue a la cocina, que es lo que hacen los gatos cuando ya han dicho lo que tenían que decir.

Lo segundo fue el ruido.

Pum. Pum. Pum. Venía de debajo del colchón. Allí estaba escondida desde el martes la nota de la profe de Mates, esa que hay que devolver firmada y que yo no había enseñado a nadie. Se me dan bien las Matemáticas, pero aquel día… No sé.

Y ya entiendo que un papel no late. Pero en el cuento del corazón delator, tampoco debería latir y late, y cuanto más callas, más fuerte suena.

“¡Es verdad! Nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso he estado y estoy; pero ¿por qué diréis que estoy loco?“
Edgar Allan Poe, El corazón delator

En el desayuno aguanté hasta la segunda tostada. Después saqué el exámen del bolsillo del pijama y la dejé encima de la mesa, al lado de la mermelada. Mamá la leyó, suspiró, firmó y me dio un beso en la cabeza. El ruido se paró de golpe. Así descubrí que en los cuentos de Poe lo terrible no es el crimen. Lo terrible es el secreto.

Salimos a la calle y el cielo estaba bajo, gris, sin ruido.

Papá dijo que era un día de otoño normal. Yo pensé en la casa Usher, que se describe exactamente así: un día de otoño oscuro y silencioso, con las nubes pegadas al tejado. En la esquina de casa hay un edificio viejo con una grieta que baja en zigzag desde el tejado hasta el portal. Llevo pasando por delante toda mi vida y hoy la vi por primera vez. Me puse en la otra acera, por si acaso.

En la plaza, sobre el respaldo de un banco, había un pájaro negro.

—Es una urraca —dijo papá.

Era un cuervo. Le pregunté en voz baja si iba a sacar un diez en el examen del jueves. Abrió el pico, soltó un graznido ronco y, os lo prometo, sonó a nunca más.

Dijo el cuervo: «Nunca más».

Edgar Allan Poe, El cuervo

Papá se rió y me apretó la mano. Yo no me reí. Pero tampoco se la solté.

El cole estaba lleno de monstruos.

Hoy es viernes y celebramos Halloween un día antes, así que en la puerta había brujas, esqueletos, un vampiro con los colmillos torcidos y tres Miércoles Addams. Cada uno se pone el disfraz que puede.

En el vestíbulo está el reloj grande de péndulo, ese que tiene la madera oscura y que nadie mira nunca. Hoy lo miré. El péndulo iba y venía, iba y venía, y me acordé de la cuchilla que baja despacio sobre el prisionero en ‘El pozo y el péndulo‘.

Tragué saliva.

Entonces lo vi. Entre todos los disfraces había uno rojo, entero, con una máscara sin cara. No era de mi clase. Nadie sabía quién era. En ‘La máscara de la Muerte Roja‘ hay un baile de disfraces en un castillo cerrado, mientras fuera hay una peste, y aparece un invitado que nadie ha invitado. Cada vez que da la hora el reloj de ébano, la música se para y todos se quedan quietos.

Y el reloj dio las nueve.

Nueve campanadas. Y no sé si fue por el reloj o por el ruido, pero todo el vestíbulo se quedó callado un segundo. El de rojo se volvió despacio hacia mí, se quitó la máscara… y era Martín, el de quinto B, que se había equivocado de puerta.

“Y la Oscuridad, y la Ruina, y la Muerte Roja extendieron sobre todo su dominio sin límites”.
Edgar Allan Poe, ‘La máscara de la Muerte Roja‘

Ahora estoy en clase y lo escribo todo antes de que se me olvide.

Creo que he entendido algo. Poe no inventó los monstruos. Les puso nombre. Al miedo a que te descubran lo llamó corazón. Al miedo a que las cosas buenas se acaben lo llamó cuervo. A la grieta que tienen todas las casas, también la nuestra, la llamó Usher. Y a lo único que no se puede dejar fuera de ninguna fiesta lo vistió de rojo.

Esta noche voy a leer otro cuento. Con la luz encendida, eso sí.

Porque hay noches que no se duermen: se leen.

Los dibujos son de kuliation-Z9pZdAiti-s-unsplash, manaa-graphic-6A9_i8QfZ2U-unsplash, michael-jerrard-9J3YRpgGq3Q-unsplash, smithsonian-OVd9nUXWZb4-unsplash. ¡Gracias!

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Last modified: octubre 26, 2026

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