Tacho Orero
Cuentos / Niños / Aventuras / Faro / Mar
Afuera ya, se encontraron con una sorpresa que no esperaban: el puerto estaba raro, no había nadie en la calle, y en el aparcamiento del fondo no había ni un solo coche. ¡Lo que era aún más extraño y alarmante era que el restaurante donde habían comido esta mañana no estaba! En su lugar, había una casa vieja en la que no se veía ninguna luz en el interior.
“¿Dónde están mis papás?”, preguntó Sara, que hasta ahora había estado callada. Luna y Erik empezaban a asustarse porque no entendían tampoco, que podría estar pasando….
En ese momento, vieron al fondo un hombre que pasaba con un carro y un caballo. Corriendo y se acercaron para pedirle ayuda.
“¡Señor!, ¡señor!”, gritaron al unísono Erik y Luna. El hombre giró su cabeza y puso una cara de sorpresa e incomprensión al ver a tres niños dirigirse a él, a esas horas…
“En su lugar había una casa vieja en la que no se veía ninguna luz en el interior”
Erik fue el primero en hablar:
“Por favor señor, necesitamos su ayuda, un hombre mayor se ha caído y hemos de llevarlo al hospital”. El hombre no parecía entender bien lo que Erik le decía, y respondió en una lengua que, si bien se parecía un poco al castellano que hablaban Erik y Luna, resultaba un tanto extraña.
Luna en seguida comprendió que posiblemente este hombre estaría hablando en gallego, la lengua local, aunque era extraño que, en estos tiempos, no supiera hablar en castellano, sobre todo cuando se trataba de un hombre no muy mayor, en torno a los veinte y pico años….
Luna empezó a hacer unos gestos que el hombre sí pareció entender, y cuando tuvo su atención, este empezó a seguirle guiando al caballo en la dirección que le indicaba Luna.

Llegaron a la puerta del Faro y Erik la abrió, señalando efusivamente al interior. El hombre del carro, entonces, se asomó y fue cuando pudo ver al anciano en el rellano de la escalera. Su expresión cambió y comenzó a decir algo en esa lengua. A Luna le pareció que estaba preguntando qué es lo que había pasado.
Seguidamente dio instrucciones a los niños, que entendieron perfectamente porque las desarrolló señalando al anciano y luego al caballo. Estaba claro: quería que los niños le ayudarán a levantar a aquel señor y llevarlo hasta el carro.
Seguramente, una vez montados, lo podría llevar a un hospital. El anciano era delgado por lo que no fue difícil que entre los tres pudieran levantarle mientras que Sara sujetaba la puerta del Faro para facilitarles el paso.
“El hombre del carro, entonces, se asomó y fue cuando pudo ver al anciano en el rellano de la escalera“.
Una vez montado en el carro, el hombre les hizo un gesto para que subieran y así hicieron. Erik se sentó delante. Sara y Luna fueron atrás, junto al anciano herido, al que Luna cogía de la mano. Erik le dijo al hombre: “¡Vamos al hospital!”, pero el hombre le miró con extrañeza, negó con la cabeza y emprendió la marcha.
Avanzaron por las calles que estaban en silencio, con apenas iluminación de alguna farola y de nuevo, sin un solo coche aparcado lo cual hizo que Luna se quedara pensativa. Erik iba delante, concentrado en la conducción del hombre…
Al doblar una calle, llegaron a la plaza mayor, donde habían aparcado el coche esa mañana, el coche de sus padres tampoco estaba ahí. El hombre detuvo el carro frente a la única casa que parecía tener luz en el interior. Se bajó del caballo y entró rápidamente en la casa hablando esa lengua que les resultaba extraña.

“Parecía una antigua taberna, con muebles de madera viejos y muy desgastados“
Al poco tiempo, salieron dos hombres, uno de ellos joven, apenas tendría veinte años, y el otro mucho mayor de unos cincuenta años o más.
Fue entonces cuando Luna cayó en la cuenta de que iban vestidos de una forma extraña, un tanto vulgar incluso, con una ropa que solo habían visto en las ferias de los pueblos. Los hombres metieron al anciano en la casa, y uno de ellos les hizo señas para que entraran. Luna cogió por una mano a Sara y por la otra a Erik, y se adentraron en el interior.
“Los hombres metieron al anciano en la casa, y uno de ellos les hizo señas para que entraran”.
Parecía una antigua taberna, con muebles de madera viejos y muy desgastados. La estancia apenas estaba iluminada por unas viejas lámparas que colgaban de las paredes y que parecían ser de aceite, pues se podía percibir una llama en su interior. También había algunas velas muy desgastadas en algunas de las mesas de madera que estaban repartidas por todo el local.
Había bastante gente, algunos bebían, otros comían algo y otros, simplemente, charlaban.
Todo el mundo vestía con ropas sencillas, muy parecidas y sin apenas colores, como la ropa de quien había salido a ayudarles. Se percibía un fuerte olor cargado y un poco agrio, propio de un sitio cerrado, con mucha humedad y falta de ventilación.

Todos los presentes en la taberna concentraron su atención e interés en el anciano, al que habían sentado en una silla. Era extraño: tres niños solos y al anochecer no llamaron mucho la atención de los lugareños.
Erik observó algo encima de una de las mesas de al lado. La curiosidad le pudo, y se acercó a ver que podría ser.
Resultó ser un periódico antiguo, grande y con apenas unas fotos en blanco y negro. En la portada se podía leer en rótulos grandes “La voz de Galicia”, y debía de ser muy viejo, porque la fecha que figuraba debajo era el 17 de julio de 1925…

¡CONTINÚA LA SEMANA QUE VIENE!
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Last modified: mayo 12, 2026






