Sergio Sánchez
Alemania / Siglo XX / Cultura / Narración
Acabas de oír a Kurt Weill. Una canción de borrachos y whisky que, bajo su cinismo de cabaret, ya cantaba el final de un mundo. La conocías tocada por The Doors.
Yo también. De aquella Alemania entre guerras, por si se acercaba demasiado a la II Guerra Mundial, conocemos menos de lo que deberíamos.
Por eso hoy hablamos de Kurt Weill, o de Mann o de Bretch.
“El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”
Bertolt Brecht
Porque mientras tanto hoy, mientras escribo esto, Alemania amanece con la ultraderecha gobernando una región por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Como sabéis, Sajonia-Anhalt ha votado a la AfD con un resultado histórico, y la palabra que más se repite en las crónicas —”por primera vez desde 1945″— pesa como una losa. No hace falta ser historiador para sentir el vértigo: ya lo vivimos, o lo vivieron los que nos precedieron, y el miedo que sentimos ahora tiene un eco muy concreto en los años treinta del siglo pasado. Entonces, como ahora, la política tardó en reaccionar.
El arte no.

Quiero detenerme en tres voces de aquella década —un escritor, un tándem de dramaturgo y compositor, y un cineasta— que entendieron antes que nadie lo que se les venía encima, y ponerlas junto a lo que hoy, en 2026, hace el arte alemán y europeo frente a un peligro que vuelve a tener nombre y porcentaje de votos.
A ver si os atrevéis a leerlo y entenderlo…
Thomas Mann y el discurso que no quisieron escuchar
En octubre de 1930, con el nazismo todavía lejos del poder pero ya asomando en las urnas, Thomas Mann subió a un escenario del Beethoven-Saal de Berlín para pronunciar su “Deutsche Ansprache: ein Appell an die Vernunft” (“Discurso alemán: un llamamiento a la razón”).
No era un discurso político al uso, sino la advertencia de un novelista que veía cómo el resentimiento y el fanatismo empezaban a sustituir al pensamiento. La sala se llenó de simpatizantes nazis que interrumpieron, gritaron, intentaron reventar el acto.
Mann tuvo que abandonar el edificio protegido.
¿Os suena?
Tres años después, con Hitler ya canciller, se exilió y nunca regresó a vivir a Alemania. Desde fuera siguió hablando —en ensayos, en conferencias, más tarde en las ondas de la BBC— con la misma tozudez con la que un escritor insiste en que las palabras todavía importan.

Brecht y Weill: el cabaret como sismógrafo
Bertolt Brecht y Kurt Weill llevaban años retratando, con la ironía ácida de “La ópera de tres peniques“, una sociedad que se vendía al mejor postor. Cuando el nazismo llegó al poder, esa mirada crítica se volvió directamente peligrosa.
“Der Silbersee“, la última colaboración de Weill en Alemania, se estrenó simultáneamente en tres ciudades en febrero de 1933, días después del incendio del Reichstag; las autoridades nazis la prohibieron a las pocas semanas y Weill huyó del país esa misma primavera.

Brecht, ya en el exilio, escribió entre 1935 y 1938 “Furcht und Elend des Dritten Reiches” (“Terror y miseria del Tercer Reich“), una serie de escenas breves que no retrataban grandes gestos heroicos sino algo más inquietante: el miedo instalado en las conversaciones de cocina, en las miradas entre vecinos, en lo que ya no se podía decir en voz alta dentro de casa.
¿Os suena?
Fritz Lang y la película que se adelantó
En 1933, Fritz Lang estrenó “Das Testament des Dr. Mabuse“, una película sobre un criminal que, desde un manicomio, sigue controlando una organización a través de discursos que sus seguidores repiten como consignas.
El paralelismo con la retórica nazi era tan evidente que Goebbels prohibió la película. Según el propio relato de Lang —que algunos historiadores han matizado en sus detalles— fue el mismo Goebbels quien, ese día, le ofreció dirigir la industria cinematográfica alemana; Lang, judío por parte de madre, hizo las maletas y cruzó la frontera francesa esa misma noche. Nunca volvería a rodar en Alemania.
Los tres pagaron un precio distinto por haber visto lo que otros no querían ver: el exilio, la obra prohibida, la vida rehecha en otro idioma.
Stefan Zweig, otro nombre ineludible de esa generación, terminó de escribir sus memorias, “El mundo de ayer“, el día antes de quitarse la vida en Brasil, en 1942, agotado por la certeza de que el mundo que había amado ya no existía. No todos los que avisaron a tiempo sobrevivieron para ver si alguien los había escuchado.
2026: otras herramientas, el mismo miedo
Echadle un vistazo y escuchad todas esas coas que empiezan a convertirse en algo habitual. El periodista Justus Bender publicó este mismo año “Deutschland 2033: Ein Szenario“, un libro que imagina, con el rigor de quien conoce por dentro la política alemana, un país gobernado por la AfD una década a partir de ahora.
Ok. Ahora podéis mirar algo de Herta Müller, premio Nobel, que conoció de primera mano la vigilancia y el miedo bajo la dictadura de Ceaușescu. Fue perseguida como escritora disidente por los servicios secretos rumanos, hasta que abandonó el país en 1987 y marchó a Alemania, contando lo que veía y vivía.
Pero quizá la diferencia más profunda con los años treinta esté en la música. Entonces la resistencia cultural tenía nombre y apellido: Mann, Brecht, Weill, Lang. Hoy es más difusa, más coral, más de calle que de autor. En 2018, tras los disturbios racistas de Chemnitz, decenas de miles de personas llenaron la ciudad en el concierto “Wir sind mehr” (“Somos más”), con grupos como Kraftklub encabezando el cartel.

Los clubes de techno de Berlín llevan años organizando contramanifestaciones bajo lemas como “bajarle el volumen a la AfD a golpe de bajo“, convirtiendo la pista de baile en un espacio explícitamente antifascista.
No hay un Thomas Mann de esta década dando un discurso solitario ante una sala hostil; hay, en cambio, una multitud anónima que ocupa la calle y la pista al mismo tiempo. Es una forma de resistencia más horizontal, menos heroica en apariencia, pero quizá más difícil de silenciar porque no depende de una sola voz que se pueda exiliar o prohibir.
Lo que no ha cambiado es la función del arte: llegar antes que la política, nombrar el miedo cuando todavía no tiene estadísticas, y dejar constancia para que, si la historia vuelve a repetirse, al menos no pueda decirse que nadie lo vio venir. Sajonia-Anhalt ha votado este mes. Mañana, como en 1930, seguirá habiendo alguien escribiendo, componiendo o filmando para que ese resultado no quede como un simple porcentaje, sino como una advertencia con nombre propio.
Y nosotros, a su lado.
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Last modified: septiembre 16, 2026






