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Música / Texto / Cuento / Stone Temple Pilots / Vaselina
Lo llevo escuchando tres días. Desde el cuarto de al lado, a través de la pared, ese riff que no termina nunca. Una, otra vez. Cien, doscientas. Perdí la cuenta el miércoles.
Me digo que debería llamar. O me lo dice él. Preguntar si está bien. Pero hay algo que no me deja levantar del sofá, una especie de peso dulce que me tiene quieto, que me hace pensar que ya lo haré luego, que seguramente está bien, que todos hemos tenido épocas así.

Lo que sé de él es poco y está barnizado. Sé que trabaja en algo que no le gusta. Sé que una vez me dijo que le costaba hablar con la gente, que siempre llegaba tarde a las conversaciones, cuando el momento ya había pasado. Me lo dijo con una sonrisa rara, como pidiendo perdón por haber mencionado algo real.
Yo le dije que a mí también me pasaba a veces. Que era normal.
No sé si era verdad o si era lo más fácil.
Ahora lo imagino tumbado en la oscuridad, los cascos puestos, escuchando ese riff que rueda sobre sí mismo sin llegar a ningún sitio. Imagino que dentro de la canción hay algo que le da permiso para no moverse, una sustancia densa y tibia que lo envuelve y le dice que aquí dentro no hay que explicarse, no hay que llegar a tiempo, no hay que sonreír cuando no tienes ganas.

La vaselina no duele. Amortigua, separa, deja que todo resbale un poco. Las conversaciones, las miradas, las preguntas que alguien podría hacerte si bajaras la guardia. Con suficiente capa encima, nada roza de verdad. Y si nada roza, nada hace daño. Y si nada hace daño, para qué salir.
El riff sigue.
Yo me sirvo otro café y pienso que mañana, quizás mañana, llamo al timbre.
Hoy también pensé eso.
Las fotos son de francisco-andreotti-4P8G7B-6_kQ-unsplash, samuele-macauda-hNNIj3ZDgsY-unsplash. Gracias!
Last modified: junio 25, 2026






