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Plátanos e IA’s

Hay palabras que dividen un idioma en dos orillas. Plátano y banana son casi la misma curva amarilla, casi el mismo fruto de pulpa dulce, y sin embargo cada una lleva un acento distinto según el lado del Atlántico donde se pronuncie.

Tal vez porque llevan años viviendo lejos.

En España, decir “plátano de Canarias” es casi una declaración de identidad: una marca protegida, más pequeño y moteado que su primo americano, de pulpa más jugosa y sabor más intenso, fruto de un cultivo artesanal en laderas volcánicas donde cada racimo tarda seis meses en madurar, el doble que en Latinoamérica. La banana, en cambio, viene de plantaciones más extensas, se corta más verde para soportar viajes más largos, y su textura, más harinosa, delata ese apresuramiento.

Pero el plátano no es de aquí en origen: nació en el sudeste asiático, entre India y Malasia, y viajó durante siglos hacia el oeste hasta desembarcar en Canarias en el siglo XV, traído por los portugueses desde Guinea Ecuatorial. Desde las islas, marineros españoles lo llevaron después al Nuevo Mundo, donde arraigó con fuerza.

Algunas cosas claves, como la línea cultural… los azúcares y el almidón. Son primos lejanos que se echan en falta.

La cultura popular le ha dedicado algo de atención, aunque casi siempre en clave desenfadada. La más recordada es “Day-O (The Banana Boat Song)”, que Harry Belafonte inmortalizó en 1956: el lamento rítmico de los estibadores jamaicanos cargando racimos de plátano toda la noche, esperando que llegue el día para poder descansar. Detrás del estribillo pegadizo late una historia de trabajo colonial y sudor, no muy distinta a la que empañó, décadas después, la fruta en otras latitudes.

Porque el plátano también tiene su capítulo trágico en la literatura: en ‘Cien años de soledad‘, Gabriel García Márquez convierte la llegada de la compañía bananera a Macondo en el principio del fin, culminando en la masacre de los trabajadores en huelga, un episodio inspirado en hechos reales de Colombia en 1928. Ahí, la fruta que en Canarias es orgullo de agricultor artesano se transforma, en otro continente, en símbolo de explotación extranjera.

“Estaba anocheciendo. Entre los bananos apretados, bajo la llovizna implacable, los muertos parecían ahora más numerosos que los vivos”.

gabriel garcía márque, ‘cien años de soledad’

Y si de comer se trata, las islas tienen su propia manera de honrarlo: las tortitas de plátano, un dulce tradicional de Carnaval y Semana Santa que las abuelas canarias inventaron para aprovechar los plátanos ya maduros.

¿Cómo se preparan?

Para las tortitas de plátano, se machacan varios plátanos maduros con un tenedor hasta obtener un puré y se mezclan con huevo, azúcar, harina, canela y ralladura de limón, incorporando un chorrito de anís para aromatizar la masa. Se deja reposar unos minutos y, con ayuda de una cuchara, se van friendo pequeñas porciones en aceite bien caliente hasta que doren por ambos lados. Para servir, se escurren sobre papel absorbente y se espolvorean con azúcar, rematando con un hilo de miel por encima.

Dos nombres, dos historias, un mismo fruto que ha cruzado más fronteras que casi cualquier otro alimento. Y que ha conseguido que lo bailemos.

Las fotos son de rodrigo-dos-reis-DkTuGvgPotA-unsplash, carles-rabada-dRxww6wQQdM-unsplash, adriandra-karuniawan-kbH9r_kOGxA-unsplash. ¡Gracias!

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Last modified: agosto 17, 2026

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