ZonaCultura
The Stranglers / Años 80 / Drogas / 7 por 8
No os asustéis. Lo primero que habéis visto, antes de entrar al artículo, es una foto de las Pirámides en El Cairo.
En ese video que hicieron The Stranglers se divierten allí. Lo tienes aquí arriba. Lo curioso es el resto de la canción.
Hay temas que uno guarda como una moneda rara en el bolsillo, convencido de que nadie más la tiene. “Golden Brown” fue esa moneda durante años. La descubrí siendo un chaval, en una época en la que casi nadie de mi entorno sabía quiénes eran The Stranglers, y menos aún que habían grabado, en 1981, la pieza más elegante y más extraña de todo el pop británico de posguerra punk. Ponerla en una casete, saber de dónde venía, poder explicar —aunque fuera a medias— por qué ese clavecín sonaba como sonaba, me hacía sentir, sin exagerar demasiado, un poco superior. Los demás escuchaban lo que sonaba en la radio. Yo tenía esto. Y esto era mejor.

Lo primero que atrapa de “Golden Brown” es justamente ese clavecín, tocado por Dave Greenfield con una delicadeza que no encajaba con nada de lo que The Stranglers habían hecho hasta entonces.
Venían de un punk de bajos agresivos, de letras de esquina, de un Jean-Jacques Burnel que tocaba el bajo como quien reparte golpes. Y de pronto, en mitad de esa discografía, aparece esta pieza que suena a danza de corte, a algo que podría haberse tocado en un salón del siglo XVIII.
El contraste es tan brutal que, la primera vez que la escuché, no terminaba de creerme que fuera la misma banda.

Lo segundo, y esto lo entendí más tarde, cuando ya llevaba tiempo tarareándola sin pensar demasiado en ello, es el ritmo. “Golden Brown” no se queda quieta en un compás: se mueve entre el 6/8 y el 7/8 según la parte de la canción, de manera que el oído nunca acaba de asentarse del todo. Es un vals que cojea con gracia, que se adelanta un pulso justo cuando uno cree haberlo entendido. Ese desequilibrio métrico es, probablemente, la razón última de que la canción produzca esa sensación de balanceo casi hipnótico: la belleza y el vértigo comparten el mismo compás irregular, y uno no sabría decir, escuchándola, si está bailando o mareándose.
“Every time just like the last
On her ship, tied to the mast
To distant lands
Takes both my hands
Never a frown with golden brown”
Y luego, claro, está lo que cuenta.
Hugh Cornwell siempre defendió la ambigüedad de la letra: que podía leerse como una oda a una mujer o como una oda a la heroína. Yo, de chaval, no tenía claro qué significaba. La cantaba, la tarareaba, presumía de conocerla, sin saber que debajo de esa melodía cortesana había una canción sobre la dependencia de una droga. Cuando lo descubrí —creo que leyendo algo sobre la banda, ya un poco más mayor—, la canción cambió de sitio dentro de mí. Seguía siendo la misma joya musical, pero ya no podía escucharla sin pensar en esa doble lectura, en cómo el lenguaje del enamoramiento y el lenguaje de la adicción comparten vocabulario: la entrega, la espera, la sensación de que algo dorado te atraviesa por dentro.

Hoy “Golden Brown” suena en anuncios, en bodas, en listas de “mejores canciones británicas de la historia”, casi siempre despojada de su reverso oscuro. Se ha vuelto una canción de fondo, casi un mueble sonoro. Pero yo sigo escuchando, debajo de ese compás que nunca se asienta del todo, la misma moneda rara que guardaba de chaval: la certeza de que había encontrado algo que los demás apenas conocían, y que ese algo, con los años, resultó ser mucho más oscuro y mucho más hermoso de lo que yo era capaz de imaginar entonces.
Gracias por las fotos, WikiPedia y ludovic-delot-e9sEQkjrekI-unsplash, the-metropolitan-museum-of-art-HjIo8_yZgHQ-unsplash, By Stranglers France Service – Stranglers France Service, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25397149,
clavecin compartir droga goldenbrown musica stranglers
Last modified: septiembre 18, 2026






