Sergio Sánchez
Roma / Julio / Keats / Calor
Llevaba tres horas mirando el papel. Y el papel lo miraba a él.
No se ponían de acuerdo.
Era julio y Roma no pedía permiso para entrar por las ventanas: entraba, se tumbaba en los muebles, calentaba el suelo de terracota hasta volverlo casi incómodo bajo las suelas.
John salió a la calle sin decírselo a nadie, sin sombrero, sin ningún plan en particular.
Justo al cruzar la puerta, la fuente. Siempre la fuente. Bernini había tallado una barca de piedra que se hundía eternamente sin llegar a hundirse, y el agua caía desde sus costados con esa parsimonia que tienen las cosas que llevan siglos haciendo lo mismo. Unos niños metían los pies. Una mujer llenaba una jarra. Un hombre dormía en el borde como si el calor fuera su oficio.

Subió los escalones despacio. Ciento treinta y cinco, aunque ese día no los contó. A mitad de la escalinata se paró. Abajo, la plaza era una bandeja de luz blanca. La gente se movía sin prisa particular, como si hubieran llegado a Roma hace muchos años y ya hubieran entendido que no había nada que hacer rápido.
Una chica con una sombrilla de papel de arroz.
Un fraile con sandalias que compraba un melocotón.
Dos perros que se ignoraban mutuamente con dignidad.
“La belleza es verdad, la verdad belleza. Eso es todo lo que sabéis en la tierra, y todo lo que necesitáis saber”.
John Keats, ‘Oda a una urna griega’, 1819
Desde arriba, la iglesia de la Trinità dei Monti proyectaba una sombra larga que nadie reclamaba.
Keats se sentó en ella. El mármol estaba algo más fresco de lo esperado. Pensó que escribir en julio en Roma era un contrasentido, que las ciudades antiguas no están hechas para la producción sino para la contemplación, y que tal vez eso era exactamente lo que necesitaba: no escribir, sino mirar.

Bajó hacia el este sin rumbo preciso.
En Via Condotti un hombre afilaba cuchillos con una rueda de piedra y el sonido era tan antiguo que parecía pertenecer a otra era. Más adelante, un gato anaranjado, qué colores tan raros tienen, dormía sobre un muro con ese abandono absoluto que tienen los gatos cuando han decidido que el mundo puede esperar a que se despierten de nuevo.
El calor apretaba. No era el calor violento del norte de África que uno imagina, sino un calor quieto, espeso, que lo llenaba todo como se llena de líquido un vaso.
Keats pensó que el verano en Roma no oprimía: te daba la razón. Te convencía de que no había ninguna urgencia, de que el poema podía esperar, de que lo mejor que podías hacer era encontrar un café con la persiana bajada y pedir algo frío y mirar el techo.

Eso hizo. En una pequeña calle sin nombre visible pidió agua y vino blanco y los mezcló en el vaso porque hacía demasiado calor para el vino solo. El camarero no dijo nada. Era un lugar donde los camareros habían aprendido a no decir nada, que es la educación más difícil.
Volvió caminando despacio. En la plaza, la barca de Bernini seguía hundiéndose sin hundirse.
Los niños habían ido a algún otro sitio.
La mujer con la jarra también.
El hombre que dormía seguía dormido, ahora con un brazo colgando que oscilaba levemente. Tal vez soñaba en nadar en una copa con hielo.

Keats entró en casa. Subió al piso de arriba. El papel seguía donde lo había dejado. Lo miró un momento. Luego abrió la ventana y se sentó a escuchar el agua.
Escribir es eso.
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Last modified: junio 27, 2026






