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Cocina / Septiembre / Lentejas / Hogar

Septiembre no es un mes: es una transición obligatoria, con una puerta que se cierra gracias a la mano de otra cosa. Llega sin avisar del todo, aunque todos sabíamos que llegaría —como pasa con las cosas que más tememos— y de golpe la ciudad recupera su ritmo de motor diésel: los coles abren puertas, con padres y madres sonriendo a las 8.55, las oficinas vuelven a oler a café de máquina, y el cuerpo, que se había acostumbrado a la siesta y al bañador húmedo colgado en el balcón, tiene que aprender otra vez a levantarse con alarma.

Argh.

Hay algo casi cruel en esa vuelta a la normalidad, y sin embargo —esta es la trampa dulce de septiembre— también hay algo de alivio.

El caos ordenado de septiembre, con esas carteras nuevas y esas fiambreras que huelen a plástico desagradablemente recién estrenado, tiene su propia cocina. Una cocina de entretiempo, ni de verano ni de invierno, ese frío ni calor que dicen las abuelas: que sabe a vuelta a casa.

Pensamos en dos platos que son, cada uno a su manera, una traducción culinaria exacta de este mes bisagra.

El primero es sencillo: lentejas con verduras de temporada, poco chorizo, algo de laurel, la cocina a fuego lento durante una hora larga mientras fuera el sol todavía pega pero ya no calienta igual. Las lentejas son, de todas los legumbres, las que mejor entienden septiembre: no piden invierno crudo ni frío de verdad, se conforman con esa luz de la tarde, con las siete de la tarde que ya no son las nueve de julio.

Es un plato de vuelta al trabajo por excelencia. Es el táper que se prepara el domingo por la noche pensando ya en los cinco días que vienen, el olor que sube por la escalera cuando se cocina el domingo mientras los niños repasan mochilas y preguntan por enésima vez si han comprado ya el estuche nuevo.

Lentejas de septiembre (para 4 personas)

  • 400 g de lentejas pardinas (¡recuerda dejarlas unas horas en agua!)
  • 1 zanahoria (100 g aprox.)
  • 1 patata mediana (150 g)
  • 1 pimiento verde (80 g)
  • 1 cebolla (100 g)
  • 2 dientes de ajo
  • 1 tomate maduro (100 g)
  • 100 g de chorizo (opcional, para quien lo tome)
  • 1 hoja de laurel
  • 1 cucharadita de pimentón dulce (5 g)
  • 4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra (40 ml)
  • Sal al gusto
  • Algo de agua o caldo de verduras (dependiendo de cómo te guste…)
  • Y algo divertido en esta época del año: calabaza

Elaboración

  1. Sofreír en el aceite la cebolla y el pimiento picados finos, a fuego medio, hasta que empiecen a transparentar (unos 8 minutos).
  2. Añadir el ajo picado y el tomate rallado, dejar reducir 5 minutos más.
  3. Incorporar el pimentón fuera del fuego un segundo para que no se queme, remover y volver a poner al fuego.
  4. Añadir las lentejas, la zanahoria y la patata en dados, el laurel y el chorizo si se usa.
  5. Cubrir con el agua o el caldo, llevar a ebullición y bajar a fuego lento.
  6. Cocer entre 35 y 45 minutos, hasta que las lentejas estén tiernas, removiendo de vez en cuando y añadiendo agua si se espesa demasiado.
  7. Rectificar de sal al final y dejar reposar diez minutos antes de servir: como casi todo lo que sabe a vuelta al cole, este plato gana de un día para otro.

El segundo plato es más melancólico todavía, y tiene menos que ver con la vuelta al cole que con la memoria: membrillo con queso.

Septiembre es, en España, el mes en que empiezan a caer los primeros membrillos —esa fruta rara, dura, casi imposible de comer cruda, que solo revela su dulzura cuando alguien tiene la paciencia de cocinarla durante horas hasta convertirla en esa pasta rojiza y densa que se corta en láminas—.

“Por agosto hay uvas e higos;

por septiembre, membrillos“.

Hay algo del carácter de septiembre en el membrillo: por fuera áspero, casi hostil, y por dentro, después del trabajo lento del fuego, generoso.

Si lo comes sobre una loncha de queso manchego curado puedes recordar las casas de los abuelos, en esas alacenas donde siempre había un membrillo casero esperando, hecho por manos que ya no están, en tarros etiquetados con una letra que ahora reconozco como historia.

El membrillo con queso no es un plato de vuelta al trabajo: es un plato de vuelta a uno mismo, de esos que solo se disfrutan del todo cuando ya ha bajado el ruido de las maletas por deshacer y llevar al trastero, y las clases por empezar, cuando por fin, a media tarde, hay diez minutos de silencio real.

Membrillo con queso (carne de membrillo casera)

  • 1 kg de membrillos maduros
  • 800 g de azúcar (aprox., a razón de 80% del peso de la pulpa cocida)
  • El zumo de 1/2 limón
  • 200 ml de agua
  • Queso manchego curado, para servir (100-150 g)

Elaboración

  1. Lavar bien los membrillos para quitarles la pelusa, sin pelarlos. Cortarlos en cuartos, retirando solo las pepitas y las partes más duras del corazón.
  2. Ponerlos en una olla con los 200 ml de agua y cocer a fuego medio, tapados, durante 30-40 minutos, hasta que estén blandos y se deshagan fácilmente al pincharlos.
  3. Triturar o pasar por el pasapurés (con piel incluida, que es lo que da color y pectina) hasta obtener un puré fino.
  4. Pesar el puré resultante y añadir azúcar en proporción de 800 g por cada kilo de puré.
  5. Volver a poner al fuego, ahora bajo, junto con el zumo de limón, y cocer removiendo constantemente entre 45 minutos y 1 hora: la pasta va oscureciéndose y espesando hasta despegarse de las paredes de la olla.
  6. Verter en un molde rectangular forrado con papel de horno y dejar enfriar a temperatura ambiente sin tapar; cuajará al cabo de varias horas.
  7. Servir cortado en lonchas finas sobre queso manchego curado en láminas del mismo grosor.

“Ella me pasó un membrillo que por supuesto no quise comer”.

pablo Neruda. “Confieso que he vivido: memorias“.

Entre el potaje —urgente, práctico, colectivo— y el membrillo —lento, íntimo, casi solitario— está todo septiembre: la obligación de organizarse otra vez y, al mismo tiempo, esa nostalgia baja que no se va aunque uno finja estar ya instalado en la rutina.

Cocinar en septiembre es, en el fondo, cocinar dos cosas a la vez: la del verano que se ha ido y la de la infancia.

Puede que por eso esta cocina de entretiempo sepa distinta a cualquier otra: porque no está hecha solo de ingredientes de temporada, sino de esa rara aleación entre la obligación y la memoria que se produce, con la fidelidad de un calendario, este mes concreto del año.

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Last modified: septiembre 11, 2026

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