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Literatura / Helen Morehead / Mary Poppins / Magia

Yo nunca leí ese libro. O quizás sí, y simplemente decidí no reconocerme. Esas cosas se hacen. Tú también lo haces. Claro que sí.

Mi sobrina nieta —Helen Lyndon Goff, aunque después se inventó otro nombre, como hacen los escritores cuando quieren escapar de algo— me llamaba Ellie. El resto del mundo, los que me conocían lo suficiente como para abreviar, me llamaba Sass. No sé si era un apodo cariñoso o una advertencia. Probablemente las dos cosas.

“Había en ella algo extraño y asombroso, algo que daba miedo y, a la vez, resultaba la mar de emocionante”

Llegué a Allora cuando el padre había muerto. Travers Robert Goff: un hombre encantador, arruinado, con demasiada afición al whisky y muy poca al dinero. No tengo nada más que decir sobre él. Cogí a mi sobrina, a sus hijos y lo que quedaba de aquella casa, y los llevé a Bowral. Una cabaña pequeña, Nueva Gales del Sur, aire limpio. No era mucho, pero era suficiente, y yo no tenía costumbre de pedir más de lo necesario.

“Travers Robert Goff: arruinado, con demasiada afición al whisky y muy poca al diner. No tengo nada más que decir sobre él”.

Me hice cargo de la familia porque era lo que había que hacer. No porque fuera sentimental —no lo soy, nunca lo he sido— sino porque alguien tenía que serlo. El sentimentalismo es un lujo caro y suele dejarte sin nada.

La niña me miraba mucho. Con esos ojos grandes que tenía, muy atentos, de los que no se les escapa nada. Yo le decía: Spit spot, a la cama, y ella obedecía, aunque no le gustaba. Los niños nunca quieren irse a la cama, y los adultos que ceden ante eso no les hacen ningún favor. ¡Te comes todo eso ahora o no recibirás nada más! Puede parecer severo. Era lo correcto.

Llevaba mi bolso —de tela de alfombra, resistente, sin pretensiones— y mi sombrilla con el ave en el mango. Nada del otro mundo. Herramientas, no adornos.

Lo que no sabía entonces —lo que ella misma no sabía— es que me estaba copiando. No en el momento, claro. Años después, cuando ya era P. L. Travers y escribía sobre una niñera que llegaba volando con el viento del Este. Un loro en el paraguas. Un bolso de donde salían cosas imposibles. Una voz como la del Oso Padre en el cuento de Ricitos de Oro. Eso último lo escribió ella, no yo, pero lo reconozco.

Lo curioso —y esto me parece lo más honesto que dijo nunca sobre el asunto— es que no lo hizo a propósito. Pensé que algún día cometería la vulgaridad irrespetuosa de poner a la tía Sass en un libro, escribió. Y entonces me di cuenta de que ya lo había hecho, aunque de forma inconsciente. Y luego añadió algo que me pareció verdadero: Escribimos más de lo que sabemos que estamos escribiendo.

Tiene razón. También vivimos más de lo que sabemos que estamos viviendo.

No era ningún personaje. Era una mujer de Sídney con dinero suficiente y paciencia limitada que recogió a una familia rota y la puso en pie. Sin aspavientos. Sin escena final. Sin que nadie me lo pidiera.

Pero al parecer dejé huella. En una niña de ojos grandes que creció y escribió un libro, y en ese libro puso a alguien que llega cuando las cosas están mal, pone orden, no pide perdón por ello, y se va cuando ha terminado.

Podría haber elegido peores legados.

Los dibujos, geniales, son de: studio-hd-ERsmOlIzfo8-unsplash, by-yuniaz-M5umMM1N6ls-unsplash, resource-database-3xnAoMZXvnM-unsplash, frank-flores-T4XIfTNEbNQ-unsplash. Gracias!

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Last modified: junio 27, 2026

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