Sergio Sánchez

Cine / Woody Allen / Hollywood / Sociedad

Manhattan con las 2 Torres y con Gerswhin… Todo ha cambiado.

Hay preguntas que no tienen respuesta cómoda.

Y esta es una de ellas.

¿Se puede admirar profundamente la obra de alguien cuya vida personal te resulta, como mínimo, perturbadora? ¿O la biografía lo contamina todo, lo cancela todo, lo borra?

Hoy hablamos de Woody Allen.

Y lo hacemos sabiendo que no vamos a resolver nada. Que cada uno de vosotros leerá estas líneas desde un lugar diferente. Que algunos de vosotros ya habréis decidido. Y que otros, como gran parte de nosotros, seguís dando vueltas a esa pregunta que no cierra.

Pero antes de entrar ahí, hay que decir algo que debería ser incontestable.

Su trabajo.

Annie Hall‘, en 1977, ganó cuatro premios Óscar: mejor película, mejor director, mejor guion original y mejor actriz, con una maravilosa Diane Keaton. Y no los ganó porque sí. Los ganó porque nadie había hecho antes una comedia romántica como aquella, que se atreviera a romper la cuarta pared, a desordenar el tiempo, a burlarse casi de todo y a decir la verdad sobre el amor con esa mezcla exacta de crueldad y ternura.

Luego vino ‘Manhattan‘, filmada en blanco y negro, porque Nueva York no merecía menos. Ahí arriba tenéis el comienzo.

Luego ‘Delitos y faltas‘, que es quizás la película más honesta sobre la moral que ha dado el cine americano. Luego llegar hasta ‘Misterioso asesinato en Manhattan‘, ‘Días de radio‘, ‘Match Point‘, ‘Midnight in Paris‘, y seguir recordando ‘Hannah y sus hermanas‘, con un Michael Caine genial. Más de seis décadas de trabajo sin apenas parar, una película al año, casi sin excepción.

Eso es una obra. Una obra enorme. Espectacular.

Y entonces llegó el momento en el que ya no se pudo mirar hacia otro lado.

Las acusaciones de su hija Dylan. La relación con Soon-Yi. El documental ‘Allen vs. Farrow‘, emitido en HBO en 2021, que terminó de destruir su figura pública. Hollywood lo apartó. La financiación en Estados Unidos desapareció. Pocos actores quisieron seguir trabajando con él.  Y los que lo hicieron, como Timothée Chalamet o Selena Gómez en ‘Un día lluvioso en Nueva York’, anunciaron que donarían sus cachés a organizaciones de protección de víctimas de abuso infantil.

El mensaje era claro.

Europa lo acogió, sin saber del todo por qué, cuando América le cerró las puertas, y Allen siguió rodando en París, en Roma, en San Sebastián.  Pero algo se había roto. No solo fuera, también dentro. En una entrevista con Alec Baldwin, dijo algo que se me quedó grabado:

“Antes hacías una película, llegaba a todo el país y sabías que habría quinientas personas al mismo tiempo viéndola. Gran parte de esa emoción la perdí, porque ya no tiene el mismo efecto cinematográfico”.

woody allen, entrevistado por alec baldwin

Un hombre que durante décadas entendió el cine mejor que casi nadie, confesando que ya no lo reconoce.

No sé si eso es un castigo o simplemente el tiempo.

Lo que sí sé es que cuando veo ‘Annie Hall’, o cuando me quedo quieto ante esa escena de ‘Manhattan’ con Gershwin de fondo, no pienso en el hombre. Pienso en lo que consiguió hacer con una cámara y un guion. Y luego me pregunto si tengo derecho a separar las dos cosas.

Y no encuentro la respuesta.

No creo que nadie la tenga.

Quizás eso, al final, es lo más honesto que se puede decir sobre Woody Allen. Que es una pregunta abierta. Una incomodidad que no se resuelve cambiando de canal.

Y que sus mejores películas, nos pese o no, siguen ahí.

La foto es de WikiPedia. Gracias!

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Last modified: mayo 21, 2026

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