Sergio Sánchez

No sé si alguna vez has viajado únicamente para tomar un té… Y hay lugares mágicos, claro. Pero supongo que no.

A nosotros lo que nos pasó no tenía que ver exactamente con ir buscando té… El té llegó.

Empieza a hacer frío, en Escocia…

Y me refería a buscar ESE sitio que recuerdas, que te hace cerrar los ojos y perpetuar qué sucedió allí, por qué lo recuerdas con especial apego, incluso como aquel pisotón del tipo de al lado que recibiste en tu primer concierto de Los Piratas

Ya sabéis que el Reino Unido tiene una línea cultural muy gozada, desde hace muchos años, al respecto de la hora del té. Lo cuentan genial en Cambridge: “Y es que nos resulta imposible imaginar a los personajes de Jane Austen sin una tacita de porcelana en la mano, a Alicia en el País de las Maravillas sin su extravagante Afternoon Tea o al mismísimo Doctor Who sin su dosis diaria. ¿Verdad?”

Hace algunos años decidimos ser la pareja más diversa de mundo, culturalmente hablando, y en lugar de hacer el Camino de Santiago -en otro artículo comentamos lo bueno y malo que tiene- decidimos hacernos el Camino de Escocia, el Great Glem Way. Échale un vistazo. Lo hemos comentado en algún artículo: el camino que va de Fort Williams hasta Inverness, pisando algunos de los lugares más maravillosos de Europa. Castillos, jaulas, bosques, miradas.

Te ponemos un enlace para que veas y andes esos 127 kilómetros.

Llegamos, después de casi 100 kilómetros pateados, y después de haber dormido en verdaderas ruinas y en verdaderos castillos de más de 400 años, como el que disfrutamos en Invermorriston, al Loch Ness Lodge.

Un lugar viejete, que no clásico, en medio de la nada, cerca de una urbanización llena de jubilados escoceses, amantes de la jardinería y de la cerveza -entrañables, desde luego- que apenas hablaban entre ellos. O no se entendían, vaya.

Hasta que alguien decía que Gary McAllister era mejor jugador que Joe Jordan que, por cierto, perdió los dientes en un partido del Leeds. Cosas para otro día.

“Pedimos dos tés por la tarde, sin limón, allí no ponen limón, me dijo el camarero, tras aquel día de kilómetros, mientras se iba el sol

Hay dos cosas que recuerdo con auténtico apego, que estaban dentro de aquel sitio, un tanto mustio, como os decíamos: la canción que escuché (poneos el cascos, o ponedlo muy alto sin cascos, que merece la pena: The Skye Bote Song, de The Corries) y el salón para leer que había en aquel Bed and Breakfast.

Las dos cosas se convirtieron en únicas, irrepetibles. Nos acercamos a la librería donde únicamente podían sentarse dos personas, con dos sillones un tanto añosos. La librería era pequeña, un tanto tímida. Una lámpara y ventanas enormes.

Pedimos dos tés por la tarde, sin limón, allí no ponen limón, me dijo el camarero, tras aquel día de kilómetros, mientras se iba el sol. En ese momento veíamos cómo iban viniendo muchos pájaros (recuerdo un mirlo que nos miraba con cierta mesura) a un comedero de madera que habían colocado en el centro del jardín. Detrás, un árbol bendito y gigantesco que permitía que se escucharan, me atrevo a decir, algunas líneas de la canción de los Corries.

No hizo falta hablar, ni siquiera leer. Sólo ver y tomar el té. Tal vez los kilómetros del día; tal vez el té; tal vez los sillones.

Recuerdo las uñas largas del dueño de aquel lugar, por cierto.

Se las había limado esa tarde, mientras escuchaba el canto de los pájaros.

O eso nos dijo.

Las fotos son de: seb-cumberbirch-ktG-0sCXc34-unsplash, aniketh-kanukurthi-mduOCQYklc8-unsplash, marzie-td-tzzXb0d8XF4-unsplash.

Mil gracias.

Visited 63 times, 1 visit(s) today

Last modified: diciembre 10, 2025

Close