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Luego la ponemos en castellano, pero la voz de Julie Andrews es genial

Londres, cuando hace buen tiempo, es una de las cosas más hermosas del mundo. No el Londres de la lluvia perpetua y la nostalgia —ese es el real—, sino el otro, el que aparece en los sueños y en los parques, cuando el sol nada sobre el Támesis y convierte los adoquines en algo parecido a una promesa.

Siempre queremos ir a ese Londres.

Y existe, sobre todo, en los cuentos y en las películas, y en ninguna con tanta precisión sentimental como en ‘Mary Poppins‘ (1964), donde los tejados florecen con chimeneas y las aceras se vuelven cuadros animados que uno puede atravesar si tiene la voluntad y a alguien que le enseñe a creer.

Hay una novela y una película. Suele ser así, qué demonios…

La escritura y la historia llegan de una autora, australiana, por nombre Helen Lyndon Goff, que firmaba como Pamela L. Travers y se trasladó a Inglaterra 1924. Y de la que hablaremos otro día, por un motivo concreto: del libro es inglés y la película, no.

La hija de Walt Disney lee el trabajo de Travers, se enamora de la historia y convence a su padre para que compre los derechos y cree lo que todos nosotros hemos visto y cantado.

Chim chim-in-ey, chim chim-in-ey.

Chim chim cher-ee!

A sweep is as lucky, as lucky can be

La magia en esta película no es el truco, es la actitud. Mary Poppins no hace magia porque pueda: la hace porque decide que el mundo funcionará de otra manera mientras ella consiga que los demás trabajen de una manera muy explícita.

Esa convicción es la que Julie Andrews encarna con una precisión que sigue resultando perturbadora.

Su Mary no sonríe demasiado, no explica sus milagros, no pide permiso. Tiene la autoridad serena de alguien que sabe exactamente lo que hace y por qué.

Y esa clase de autoridad, en 1964, no se veía en las mujeres de la pantalla con tanta naturalidad.

La película tiene la inteligencia de hablar a los niños de lo que ven y a los adultos de lo que sienten

Dick Van Dyke construye a Bert desde la generosidad pura. Su acento cockney —famoso por su improbabilidad— ha sido señalado durante décadas como un defecto, pero hay algo en esa torpeza afectuosa que define al personaje mejor que cualquier corrección fonética: Bert es un hombre que vive en los márgenes del mundo con una alegría que no necesita justificarse. Junto a Andrews, crean una química que no es romántica ni del todo inocente —es complicidad, que es algo mucho más raro y más interesante.

La imagen vienen de ‘Screenshot’. ¡A volar!

Y a eso llegamos. ‘Mary Poppins‘ no es una película de niños. Lo parece —los niños son el centro visible de la trama—, pero la verdadera historia ocurre en otro lugar: en un padre que ha confundido el orden con el amor, en una madre que ha entregado su energía a las causas del mundo y no a las personas de su casa (una de esas primeras películas que narra y detalla el feminismo actual); y una nana que llega a reparar un vínculo roto sin que nadie se lo pida y sin quedarse cuando ya no hace falta.

La película tiene la inteligencia de hablar a los niños de lo que ven y a los adultos de lo que sienten, y esa doble lectura es lo que la mantiene viva.

Hay escenas de una feminidad poderosa y poco comentada. El desfile de las sufragistas que encabeza la señora Banks no es decorado: es contexto. La película sitúa su historia en el momento en que las mujeres reclamaban su lugar en lo público, y coloca en el centro a una mujer que ya tiene el suyo. Mary Poppins es autónoma antes de que la palabra existiera como concepto cultural, y eso sigue siendo subversivo si se mira con atención. Espectacular.

Estéticamente, la película es una obra de precisión. La combinación de imagen real y animación no era solo un recurso técnico sino una declaración de principios: el mundo tiene capas, y algunas solo se ven si alguien te enseña a mirar.

Robert Stevenson dirige con una cadencia que hoy llamaríamos lenta—larga, confiada, sin miedo al silencio—, y las canciones de los Sherman Brothers no ilustran las escenas sino que las piensan. ‘Feed the Birds‘ no es un número infantil. Es una elegía.

Mary Poppins llega, cambia todo lo que necesita cambiar y se va antes de que nadie pueda agradecérselo. Ni discutir tampoco, vaya.

No deja dirección.

Quizás por eso, sesenta años después, seguimos mirando hacia arriba cuando el viento cambia.

La foto de portada es de guillaume-de-germain-mUDXEyge0jw-unsplash. Gracias!

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Last modified: abril 20, 2026

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