Rui Labond
Siendo afiliada reciente de la sanidad privada, sufrí una paniculitis con posible fondo cancerígeno y tuvieron que ingresarme de urgencia. Mi primera opción era salir con vida, claro, pero, habiendo aceptado que la cripto-sanidad invadiera mis entrañas, me apetecía también sumergirme en las suyas y ver que tan embriagadora era la llamada del capital. Al fin y al cabo, la mejor manera de poner a prueba una infraestructura hospitalaria es darle un susto de muerte. Pues bien.
Como diría Garamendi, el sistema sanitario español se divide en dos planes: vagos y premium. En el primero disfrutas de asistencia universal y listas de desespera bajo la colaboración público-constructora, mientras que en el segundo tienes el pase correcaminos y, por regla general, atracciones de este siglo. Los de paladar fino estáis de suerte, ambos planes coinciden en la marca de compost para cenar. Y en cualquiera de ellos, encontrarás a Carmen atendiendo en primera línea del frente. Se ha levantado hace dos horas y despertado hace cuatro, aun herida por la discusión de la noche anterior con su hijo adolescente. Está relevando a Marta, que termina la jornada “Chao. Buen día” y tampoco está de humor.
Análogo al público, el hospi-club exhibe tres arquetipos profesionales que encontrarás en el siguiente orden cronológico: centralitas, recepcionistas y sanitarios.
Salud. Dinero. Amor.
Ya lo cantaron los rodríguez hace algunos años…
Las centralitas son esas agujeras negras de la esperanza que, habiendo culminado la técnica de la discapacidad auditiva, te atrapan en un campo gravitacional que tiende al infinito. Si puedes escapar incorrupta y en calma a esta superposición, deja las drogas y la autoayuda. Eso sí, seguramente no sepas si tu cita es correcta o no hasta que te presentes allí y te den ganas de abrirte las venas.
Superadas las come-paciencias, entrarás en el laberinto en cuestión. Allí te recibirán l@s Ariadnas del datáfono, unas deidades adiestradas en registrar datos personales y centellear indicaciones, aunque a veces no sea fácil encontrarlas. Sus puntos de localización son trampantojos en honor a la practicidad y la eficiencia milimétricas. De hecho, un estudio de la College University confirmaba su idoneidad para desarrollar juanetes de sastre y la agresividad de un tejú. Y concluía que, para el número de horas que pasan en ese ‘puesto’ de trabajo, merecían el bonus de la constructora y el Pack Pro de Pelis y Deportes.
Si tienes suerte mientras esperas, compartirán uno de sus secretos contigo:
- “Cuando se vaya la Toñi, se van a enterar los de arriba”.
- “Pues qué quieres que te diga. Yo sé cuál es mi edad, y por dentro tengo el doble”.

Tu destino final, esperemos que por el caminito corto, son los sanitarios, un estamento conocido por el amplio espectro de bata-blanca que exhiben en tintes borde, sexy, ojeroso o a un tono de la jubilación. Por norma general no precipitan bien sus sentimientos, ni siquiera ante tus posturas o sonidos más creativos. Aunque se dice que en 2011, durante el 15M, un traumatólogo de Pozuelo gritó en una consulta. Y que, dos años más tarde, repitió el grito después de que el Bayern ganara al Barsa la Champions League. Esta vez logró pronunciar: “¡Viva España!”.
Para comunicarse con este grupo es mejor recodificar sus pequeñas sonrisas y muecas, mucho más fáciles de descifrar que su celebrada expresión escrita.
Por ejemplo, la Empática: “Es normal, nos pasa a todas”.
La Reproche: “Si quiere resultados diferentes, no haga siempre lo mismo”.
O la Amador-Cerdán: “Por favor saque el talonario, perdón recetario”.
En mi caso, la doctora Esteve, con su pelo blanco y pacificador, se mostró preocupada y forzó el protocolo hasta que el sistema parió una ecografía “URGENTE”, descartando en un solo día que esta fuera “Mi última vez”. Y la asistente de rayos me trató como una madre a las amigas de su hija, portando collares multicolores y condecoraciones de pegatinas. Me palpaba con sus manos finas y delicadas, y parecía estar comenzando el turno porque ofrecía a todos su sonrisa de pecas, fresca como un zumo de naranja.
Aunque no salí ilesa, me pasé el juego y el diagnóstico del sistema fue preciso y tranquilizador. Volvía a la rat race con un vendaje, días de reposo y drogas a granel, agradecida por la atención profesional y la gestión de mis solicitudes. Por mi parte, también lo tenía claro. Cuando la salud cotiza en bolsa y el dueño del quirófano opera en las Caimán, se nos condena a una sanidad de trinchera, especialmente en el ecosistema público. El factor humano es la verdadera fuerza que desafía esta entropía, tratando de emular un entorno coherente y seguro con los recursos de The last of us.

Ante estas circunstancias, es necesario un tratamiento de choque: supresión total de los dividendos al hormigón y de los comisionistas enmascarillados, administrada por vía intravenosa hasta que dejen de respirar; y una transfusión masiva del Salario Mínimo a los que especulan con las horas de descanso. Como tratamiento paliativo, es urgente un trasplante de infraestructuras actualizadas, remuneraciones decentes y que, de una vez por todas, El Hormiguero se grabe en urgencias de La Paz.

Fotos: art-attack-1CNc1nLirHc-unsplash, getty-images-81q2y2Mu4_U-unsplash, getillustrations-WB5I0rlomQQ-unsplash.
Gracias a todos!
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Last modified: diciembre 1, 2025






