Sergio Sánchez

Actuar / Argentina / Cine / Talento

No sé si os ha pasado alguna vez. Encendéis la televisión sin muchas ganas, o entráis al cine casi por inercia, y de repente hay alguien en pantalla que os detiene y os arregla el día. Os obliga a prestar atención sin pedíroslo.

A mí me pasa con Ricardo Darín. Cada vez que habla y mira.

Y creo que, dependiendo de cuándo lo hayáis descubierto, lo recordaréis de una manera completamente distinta, pero con esa mirada. Hay quien lo encontró en ‘Nueve reinas’, en ese Buenos Aires en crisis que olía a trampa y a supervivencia.

Hay quien llegó por ‘El secreto de sus ojos’ y se quedó sin palabras en el trayecto de vuelta a casa. Y hay quien lo está descubriendo, qué se yo, con ‘Relatos Salvajes’, preguntándose cómo no lo había visto antes.

El cine que nos venden hoy, el que ocupa las carteleras y los presupuestos más obscenos, lleva años repitiendo las mismas historias con distinto disfraz. Incluso, en ocasiones, con el mismo disfraz, qué demonios.

Las cifras son reveladoras: en 2025, 9 de las diez películas más taquilleras de Hollywood estaban basadas en material preexistente. Secuelas, remakes, universos expandidos. Franquicias que se estiran hasta romperse. No es un juicio moral, es simplemente lo que hay. La industria juega sobre seguro porque nosotros, en gran medida, se lo permitimos.

Y mientras eso ocurría, Sudamérica seguía contando historias.

Sin los presupuestos. Sin la maquinaria. Con la urgencia de quien tiene algo real que decir y con una manera real de contarlo. Ricardo Darín ha rechazado Hollywood en varias ocasiones. No por capricho ni por soberbia, sino, según ha explicado él mismo, porque no necesitaba irse a ningún sitio para hacer el cine que le importaba. Y esa decisión, que a algunos podría parecerles un error de carrera, es en realidad la clave de todo.

Sus personajes no son héroes. Son hombres que dudan, que mienten, que quieren algo bueno aunque no siempre lo consigan. El estafador de ‘Nueve reinas’ que tiene más capas de las que parece. El fiscal de ‘Argentina, 1985’ cargando con el peso de la historia de un país entero. El personaje de ‘Truman’ acompañado por su mejor amigo hacia la muerte, sin saber muy bien cómo estar a la altura. Personajes que no te explican lo que sienten. Que te lo muestran con un silencio, con un gesto, con esa mirada suya que Tarantino comparó, sin exagerar demasiado, con la de Al Pacino.

Lo que Darín aporta no es solo talento. Es una forma de entender la actuación que el cine industrial lleva años olvidando: que el actor no está al servicio del espectáculo, sino a la verdad del personaje.

Y eso, en el cine de hoy, es casi un acto de resistencia.

Hay una escena en ‘Truman’ que no se me ha ido desde la primera vez que la vi. Julián ya sabe que se muere, no como una idea abstracta sino como una certeza, y sin embargo pasa los días haciendo cosas concretas: resolver el tema de su perro, despedirse sin llamarlo despedida, sostener a los que lo quieren para que no tengan que sostenerlo a él.

Darín construye a ese hombre desde una dignidad que no es heroica. Es algo más raro y más difícil: es alguien que ha decidido no gastarle a la muerte más energía de la necesaria.

Lo que me golpeó no fue la tristeza, sino exactamente lo contrario: la forma en que Julián se ríe, come, discute, se impacienta, como si la vida siguiera mereciendo toda su atención hasta el último momento posible.

“La gente cuando me ve no sabe qué decirme. Huelen a muerto“.

Ricardo Darín, ‘Truman’

Darín lo hace sin subrayarlo nunca, sin ese temblor en la voz que el cine suele usar para avisarte de que ahora debes emocionarte.

Quentin Tarantino lo dijo. Los festivales de San Sebastián, Berlín y la Academia de Hollywood lo reconocieron. Pero la prueba real, la que a mí más me importa, es otra: que cuando Darín está en pantalla, uno se olvida de que está viendo una película.

Y eso, en toda una vida de ir al cine, no pasa tan a menudo.

La foto de portada es de WikiPedia. Gracias!

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Last modified: mayo 7, 2026

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