Raquel del Pozo
Hace un par de días, al terminar de correr, me dirigí a mi coche, apunté con la llave inteligente del mismo y presioné el botón de apertura. Todo lógico, hasta ahora. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que las puertas no se desbloquearon.
Seguían cerradas.
‘Bueno, no pasa nada’, pensé. Afortunadamente la llave inteligente, super inteligente, lleva escondida en su interior una llave manual con la que se puede abrir la puerta a la antigua usanza.
Entré, me senté, metí la llave… ¿Cuál fue el problema entonces? Que el coche no arrancó. Una lucecita se iluminaba intermitentemente para indicarme que no detectaba llave alguna.

¿Qué hago? Lo primero, comer. Tenía muchísima hambre, después de 3 horas correteando por las montañas cercanas a mi ciudad que no tienen mucho desnivel, pero son un auténtico rompe-piernas.
“Con la lección aprendida, tenía bien clara cuál sería mi misión para el día siguiente: ir de excursión en busca de un profesional que me cambiara la pila de la llave del coche”
Menos mal que llevaba un plátano y unos frutos secos que me calmaron… Pero el frío comenzó a calarme en los huesos. Claro. Había sudado bastante y ya empezaba a enfriarme. Necesitaba una solución.
Lo primero que hice fue utilizar el ‘comodín de la llamada de padre’, por si él conocía alguna forma de arrancar el coche con una llave sin batería. Mientras él buscaba la información, llamé a una amiga, por si podía pasar por mi casa y traerme la llave de repuesto. Finalmente, lo pude solucionar sin más consecuencias.
Con la lección aprendida, tenía bien clara cuál sería mi misión para el día siguiente: ir de excursión en busca de un profesional que me cambiara la pila de la llave del coche.
Ok, no hay duda.
Raquel del pozo, en camino
Con paso firme y seguro me encaminé a la relojería.
Pensando que no podía ser tan difícil, y sin haberme informado bien sobre dónde lo podrían hacer, fui a mi zapatero-llavero de confianza, al lado de casa. El hombre, al ver la llave, me dijo que aquello era muy delicado y que tendría que llevarlo a una relojería. Me dio indicaciones para ir a la que él consideraba la mejor, lógicamente.

Obviando abiertamente su recomendación, crucé la calle y entré en una joyería. En ese momento, para mí, un joyero o relojero, podían estar igual de capacitados para cambiar la pila del mando de mi coche.
Pero no.
Los joyeros, muy amablemente, me recomendaron ir a una óptica. ¿Una óptica? ¿Por qué no? Ahí seguro que trastean con piezas minúsculas y puede que no tengan problema en cambiar una pila, aunque no estaba muy segura del stock y variedad de pilas que podía haber en una óptica.
Por si acaso, mis pasos se encaminaron hacia el relojero que me había recomendado en primer lugar mi zapatero-llavero de confianza, pero me topé con una óptica y entré. Pregunté si ahí cambiaban la pila de una llave, y el chico que estaba atendiendo me dijo, muy amablemente, que él no hacía ese tipo de trabajos y que probara en el relojero que estaba a unos 100 metros de allí, en la misma acera.
El mismo al que me debería haber dirigido desde un principio.
Ok, no hay duda. Con paso firme y seguro me encaminé a la relojería.
Era un local muy pequeño y abigarrado, lleno de relojes de pulsera y alguna que otra joya, pero principalmente relojes. Muchos relojes.
La poca pared que quedaba a la vista, estaba llena de títulos, diplomas y premios, todos relacionados con el oficio de relojero.

Detrás del mostrador, una puerta abierta, dejaba a la vista el taller. Un espacio minúsculo, donde el relojero realizaba su trabajo. Lo que más llamaba la atención era que también estaba lleno de relojes, pero de relojes de pared y cucos colgados, sin seguir ningún criterio aparente, y también había varios relojes dorados de sobremesa, como los que tenían mis abuelas en las mesas del comedor, rodeados de fotos de bodas, comuniones y nietos sonrientes y desdentados.
Y ahí estaba el relojero, reparando con precisión alguna vieja maquinaria, con su lupa y pinzas de relojero y su destornillador de relojero.
Y su precisión de relojero.
Al preguntarle si podía cambiar las pilas de las llaves del coche, me dijo, ‘¡Claro! No hay problema!’.
Y en menos de 5 minutos tenía las dos llaves del coche con su pila nueva. Además, tuve la inmensa suerte de estar en ese diminuto espacio, en el preciso momento, en el que todos los relojes del taller dieron las 6 de la tarde.
Cucos, campanas y melodías inundaron la estancia y, por un momento, el tiempo se detuvo.
A las 6 de la tarde.
Las fotos son de: nationaal-archief-kInAR6h5-7g-unsplash, ahmet-kurt-oBTNpDNkrFs-unsplash, ivan-shemereko-7mgR-BZ5Dm4-unsplash.
Muchas gracias!
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Last modified: febrero 13, 2026






