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Perdiendo las fuerzas en el Mad Cool

Escuchar a Nick Cave y, a veces, símplemente ver a Pulp. ¿Siglo XXI?

Sergio Casquet

Directo / Música / Conciertos / Mad Cool

Los hombres no cambian, sino que pierden fuerzas, como bien aprendió Carlito Brigante. Y yo, que detesto los festivales tanto como detesto los mocasines con borlas o el café en vaso de cristal, terminé, por razones azarosas, en la última jornada del Mad Cool. Como sabéis, el festival se celebra en las afueras del sur de la capital, ya en Getafe, allá donde a veces ni siquiera llegan los camellos. Por suerte, la compañía resultaba inmejorable. 

And I said, “Let’s all meet up in the year 2000
Won’t it be strange when we’re all fully grown?

Después de coger el Metro en Legazpi y bajar en la estación de Villaverde Alto, tuvimos que cruzar a pie un polígono industrial, con el termómetro rabiando a casi cuarenta grados. Me acordé entonces, mientras trataba de esquivar la lipotimia y disfrutaba del espectáculo de las naves vacías, de los versos de Pablo García Casado: “Por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse / unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte o las oposiciones nos deparen / quedarán siempre las afueras”.

Una vez que pasamos sin problemas el control, alcanzamos a escuchar el final de un magnífico Jalen Ngonda que pretendió hacernos creer con bastante convicción que la Motown no había nacido en Detroit, sino esa misma tarde en Getafe. Después pedimos unas cervezas y nos dimos un garbeo por el recinto, por eso de amortizar la entrada. Todo parecía bien pensado, con carpas para hacerse tatuajes, comer hamburguesas o bailar electrónica. Se notaba que allí se habían gastado dinero, que diría Josep Pla.

“El dinero no da la felicidad, ciertamente, pero tampoco es un serio obstáculo”

Josep Pla

A lo que vamos: bajo un sol voraz, The Black Crowes abrieron con un clásico como “Remedy”, una decisión que marcó el tono de su concierto: reacios a la novedad, tiraron prácticamente del repertorio de sus primeros álbumes, jugando, como no podía ser menos, a carta ganadora. Dada la media de edad del festival y la alergia del público rockero a todo lo que no huela a gasolinera de Luisiana, sabían dónde se encontraban. 

Chris Robinson sigue siendo un fabuloso frontman, conocedor de todos los tics del rock. En todo momento estuvo bien apoyado por una banda donde cada riff encajaba, con un compás que animaba a mover las caderas. Y por supuesto la complicidad con su hermano Rich, que en el único momento que se salió de lo esperable cantó una de The Velvet Underground. Ahí quedaron, con el público manteniendo el alma en lo más alto, “Jealous Again”, “Hotel Illness” o “Soul Singing”. Y cerraron con nada menos que “Twice as Hard”.

En este sentido, no hubo una sola sorpresa, para bien o para mal. Ni siquiera el inevitable elogio a Otis Redding antes de atacar su resultona versión de “Hard to handle”. O los un poco cargantes punteos de guitarra de Rich. Todo correcto y todo previsible. Que nadie se engañe, porque así debe ser: ¿quién coño espera que un Jack Daniel’s sepa a Jägermeister? A Leiva, que andaba por la zona Vip, la actuación de los de Atlanta le debió de gustar, sospecho. 

Tras tomarnos una pausa para hidratarnos, comer algo y otros etcéteras, apareció, con cinco minutos de antelación y dispuesto a pegarse un show que duró dos horas, Nick Cave. Supongo que ya habéis leído todo sobre el concierto. Me ahorraré los adjetivos, por pudor y no dar más la turra. Ahora bien, por una vez no os han mentido. Fue uno de esos conciertos que en cierto modo parecen un incendio. 

El carisma de Cave sobre el escenario, con Warren Ellis ejerciendo de Falstaff torturado y Peter Greenwood dando solidez al bajo, se desveló inigualable, en plenas facultades vocales y físicas. Consciente de que, como sostenía Sinatra, no se trata tanto de emocionarte tú sino de emocionar al público —eso que se llama “conectar”—, dejó interpretaciones memorables de un cancionero que con los años parece crecer y hacerse más y más inmenso, con hechuras de clásico en vida.

Who is it, I cried, what wild ghost has come in agitation? 

Nick Cave

Arrancó con “Get Ready for Love”, “From Her to Eternity” y “Train Long-Suffering” para, después de atravesar el huracán, desembarcar en “Wild God”, cuando ya todos estábamos rendidos, por completo embelesados, como si nos conjugásemos necesariamente en primera persona del plural. Y de ahí a otros momentos intensos, como “Tupelo”, tan accesible como a la vez enfurecida. O “Joy”, quizá la más hermosa de sus interpretaciones esa noche. Tampoco deberían caer en el olvido “Red Right Hand” o “Hollywood”. Solo un pero: “Henry Lee”, donde la voz femenina se resintió. Da lo mismo. Se trataba del todo y no de la suma de las partes.  

El final llegó con “Into my arms” flotando suavemente en el aire de la noche, como un lamento que en el fondo tal vez fuera una promesa, que diría Scott Fitzgerald. En otras palabras, por un momento parecía como si, mientras soplaba un ligero viento, todos los que estábamos allí jamás hubiéramos conocido el invierno. 

Pulp no lo tenía fácil. Pero Jarvis Cocker, que sigue gastando esa peculiar forma de vestir entre profesor de literatura cool y bajista de pueblo llegando a la estación de Atocha en 1976, hizo todo lo que pudo, pese a algún fallo técnico y cierta frialdad del público —mucho inglés viendo el partido por el móvil: el segundo gol llegó, creo, al final de “This is Hardcore”—, que tal vez no entendió que se trataba de una fiesta y por lo tanto hay que olvidar todo lo demás. Jarvis se desfogó, en cualquier caso. Hablamos de un menda que, aunque ya no trepe por los bafles, mola, para qué negarlo. Querríamos tenerlo de colega.

Así que, como si mañana tuviéramos que ir a un examen en la facultad y le hubiéramos grabado una cinta a la chica que nos gusta, muchos no tardamos en corear himnos como “Do you remember the first time” o “Disco 2000”. Jarvis, cuyo carisma también resulta innegable, incluso se acordó de su primera visita a Madrid, en Revolver, allá por noviembre de 1995. Y la banda, gracias a un repertorio más que sólido, se manejó sin problemas, con algunas ovaciones para los músicos y en particular para Candice Doyle, la teclista. 

Entre los temas más recientes, unos correctos “Spike Island”, “Farmers Market” o “Got to Have Love”. La noche se cerró con “Common People”, mientras no pocos de los presentes,  antes de tener que ir al cuarto de baño para recordarnos a nosotros mismos y a nuestras vejigas que somos mortales, bailábamos y nos sentíamos con unos pocos —o bastantes— años menos. Pulp nunca fue exactamente Britpop, algo que le ha hecho ganar con los años. Un buen concierto para cerrar el festival, con comentario irónico final por parte del bueno de Jarvis. 

Nos desalojaron a toda mecha a las dos de la mañana. En cuanto a la organización, todo funcionó correctamente, al menos por lo que yo vi. Había numerosas zonas para beber y recargar agua, no era necesario hacer colas en los baños y los puestos de comida parecían variados y no muy caros en comparación con otros festivales. Faltaban, eso sí, zonas de sombra. Tampoco hubo aglomeraciones, si bien fue el día con menos público de todo el festival. Y lógicamente lo de siempre: el inevitable solapamiento de artistas. Eché de menos poder ver a David Byrne o bailar a Nina Kraviz.  

Como era de esperar, al salir se organizó el mismo lío de tantas y tantas veces, que no es tanto culpa del festival como de las llamadas autoridades civiles. Pero, gracias a mis contactos en Villaverde, ya había planeado unos días antes la evacuación. En seguida nos plantamos en casa, en la sierra madrileña, mientras me volvía a acordar, ya cansado, de las palabras de Carlito Brigante y sobre todo del poema de Pablo García Casado: “La oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia / el ministerio de obras públicas por más que se empeñen / colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán / amaneciendo los restos del amor en las afueras”. 

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Last modified: julio 15, 2026

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