Sergio Sánchez
Madrid / Vermú / Parpusa / Chamberí
Hay bares que son como acuerdos tácitos entre generaciones. Nadie los firmó, pero todos los respetan. Entras y sabes exactamente lo que eres dentro: alguien que necesita un vaso frío y diez minutos sin explicar.
Madrid tiene una costumbre que los no madrileños tardan en entender y los madrileños tardan más en agradecer: el vermú. No como moda —aunque también, ahora, como moda— sino como rito. Como ese momento de la mañana del domingo que no es mañana ni tarde, que no es ayunar ni comer, que no es estar solo ni estar acompañado.
Es un estado intermedio. Un paréntesis. En un barrio.

Pero los bares donde ese rito tenía su altar propio se están yendo. No de golpe, que eso sería demasiado cinematográfico. Se van poco a poco, como se va la luz en invierno: cuando te das cuenta, ya es de noche y no recuerdas en qué momento empezó.
El término “aperitivo” viene del latín ‘aperire‘, que significa “abrir.” Como sugiere su etimología, es una bebida que se toma antes de la comida con el propósito de estimular el apetito y preparar el paladar para lo que está por venir
etimología, sin más
Hay calles de Chamberí que todavía conservan algunos. Santa Engracia, por ejemplo, tiene esa cualidad extraña de parecer que el tiempo pasa más lento que en otras arterias de la ciudad.
Quizás porque sus aceras son anchas.
Quizás porque hay aún fruteras que no son supermercados y librerías de segunda mano que no son boutiques de segunda mano.
Quizás porque uno puede bajar esa calle caminando despacio sin sentir que está yendo a ningún lado en concreto, que es exactamente la mejor forma de ir a algún lado.
Un miércoles cualquiera, sin habérselo propuesto, uno puede acabar en La Ardosa. La Ardosa es uno de esos bares que parece que siempre ha estado ahí porque, básicamente, siempre ha estado ahí.
Las paredes saben cosas.
La barra tiene ese sabor que no se compra con interiorismo sino con décadas. Hay tiestos, hay fotos, botellas, hay una presencia acumulada de personas que se tomaron un vermú y siguieron con su vida, dejando algo de ellos en el aire sin saberlo.
Está él en la barra. Un señor mayor, con parpusa. La tiene calada con esa naturalidad de quien no piensa en lo que lleva puesto porque lleva décadas llevándolo. No mira el móvil —no tiene, o si lo tiene, lo dejó en casa, que es lo mismo—. No habla con nadie. Tiene delante un vermú sin hielo y un pequeño plato de aceitunas. Cuatro, quizás cinco.
Suena Bad Bunny en la radio. O algo parecido: reggaetón con graves que retumban contra el azulejo. El señor no parece molesto. Tampoco parece escucharlo. Está en otro canal de frecuencia. En su cabeza suena Concha Piquer. Tal vez. Dolor y mucha elegancia y un ratito de esa España que ya no existe, mezclados en una voz que era capaz de sostener todo eso.
Nadie le habla. Él no habla. Bebe. Come una aceituna. Mira sin mirar el fondo de la barra, que es un espejo con publicidad.
Las patatas bravas no llegan. Genial que se llamen bravas… Alguien las pidió hace diez minutos y no llegan. En otro contexto, en otro tipo de local, esto sería una queja en Google. Aquí es simplemente parte de la textura. El señor de la parpusa no ha pedido patatas bravas. El señor de la parpusa no espera nada. Está, simplemente, en el único lugar donde no tiene que explicar por qué está.

Eso es lo que se pierde cuando se cierra un bar así. No es la carta, no es la decoración, no es el precio del vermú. Lo que se pierde es el derecho a ser sin justificarse ni explicar.
Esos locales eran —son, todavía, los que quedan— pequeñas repúblicas. Lugares donde un hombre con una parpusa puede tomarse su vermú con Concha Piquer en la cabeza y Bad Bunny lejos, donde nadie va a preguntar qué le parece la fusión.
Madrid está llenándose de bares de vermú nuevos. Están bien, qué demonios. Tienen vermú de barril que está bueno, tienen sifón, tienen una estética que sabe lo que quiere ser. Yo he estado en varios y me los he pasado bien.
Pero hay una diferencia fundamental: en los nuevos, el vermú es el protagonista. En los viejos, el vermú era solo la excusa.
“La fresa y el vino se adoran y el azúcar viene a consagrar su amor”.
ramón gómez de la serna
Uno de esos bares cerró el año pasado a dos calles de donde vive alguien que conozco. Lo regentaba una señora que llevaba ahí cuarenta años. La señora está bien, se jubiló, vive con sus hijos. El bar es ahora un local de comida japonesa para llevar que tiene muy buenas reseñas en Google.
No hay nada malo en eso. Hay algo triste, que no es lo mismo que malo, aunque a veces duele más.
Lo que me pregunto, a veces, caminando por Santa Engracia o por cualquier calle que todavía tenga ese perfil irregular de negocios que no son cadenas, es dónde está yendo a tomarse su vermú el señor de la parpusa. O si el vermú de las once y media de la mañana del domingo va a necesitar reserva y carta de QR y valoraciones por estrellas.
El señor de la parpusa terminó su vermú. Dejó las aceitunas a medias. Pagó —en efectivo, claro— y salió sin decir nada especialmente memorable. Nadie le despidió de manera especial. La puerta del bar se cerró con ese sonido específico que tiene: un golpe amortiguado, como quien cierra un libro al aún que le quedan páginas.
Las patatas bravas llegaron justo después. Ya no eran para nadie. Alguien se las comió de todas formas, de pie, apoyado en la barra. Estaban buenas. Y lo pone en su Instagram.
La foto de portada es de getty-images-WCim0bNuAqE-unsplash. Gracias!
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Last modified: junio 7, 2026






