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Años 40. Posguerra. Parece lejos, pero todos tenemos algún familiar o algún libro que seguimos escuchando, o leyendo.
Cerca.
Pese a eso, hay varias cosas que la generación más cercana -o simplemente posterior- a 1975 no recuerda, porque no lo vivió: lo difícil que era tener pan del día.
‘Donde hay hambre no hay ni pan; ni blando ni duro’.
Es un ejemplo perfecto para entender lo que se supuso una época como aquella, que hasta cierto punto está en nuestro día a día. La post guerra, los años siguientes, el pan dejó de ser un alimento cotidiano para convertirse en un símbolo de supervivencia. Para muchas familias, conseguir una barra de pan no era un gesto automático ni garantizado: era el resultado de largas esperas, sacrificios silenciosos y una lucha diaria contra la escasez.
Hoy el pan acompaña la mesa casi sin ningún problema, más allá del vasallaje que pagamos por algunas panaderías. Pero en la posguerra, el pan era la comida principal, a veces la única. No se hablaba de “completar la comida”; se hablaba de “si hoy habrá pan”. Las cartillas de racionamiento marcaban cuánto podía recibir cada miembro de la familia, y muchas veces esa cantidad apenas alcanzaba para calmar el hambre.
“Pensé que cualquier alegría de mi vida tenía que compensarla algo desagradable. Que quizás esto era una ley fatal”.
‘nada’, de carmen laforet
Conseguir pan implicaba levantarse antes del amanecer y hacer fila durante horas. No había garantía de que alcanzara para todos. La incertidumbre era parte del día: podía acabarse justo cuando llegaba tu turno. Volver a casa con las manos vacías era más que una decepción; era enfrentarse al día y a un mañana difícil.

La pandemia de hace 6 años, cuando hacíamos pan en casa… contra el simple hecho de tener pan, hace 7 décadas. Dos momentos diferentes en tu casa.
En medio de la precariedad, el pan representaba algo más profundo: la dignidad de poder alimentar a los tuyos. Para un padre o una madre, llegar a casa con pan bajo el brazo era una pequeña victoria contra la adversidad. No era abundancia; era resistencia.
Con el paso de los años, muchas de aquellas generaciones siguieron valorando el pan de una manera especial. No se tiraba. Se besaba casi con respeto cuando caía al suelo, o cuando sobraba después de la comida. Se transmitía a los hijos la idea de que “no sabes lo que es pasar hambre”. Y esa frase no era exageración, era memoria viva.
Viva.
“Pan blando, que se ponga duro“, cantaba para hacer castillos de arena.

El término intermedio entre las dos líneas que estamos contando hoy, entre la Generación Silenciosa, que vivió la guerra, hasta los Millennials, que la empezaron a olvidar, ese témino es el que se encargó de bajar a la panadería que había debajo de casa a subir una pistola.
Dicen que en Madrid se llama ‘pistola‘ porque era para matar el hambre.
La pistola.

Con otro tipo de problemas.
Durante los meses más duros de la pandemia de la COVID, cuando el confinamiento vació las calles y llenó de incertidumbre los hogares, hacer pan en casa se convirtió en mucho más que una tendencia culinaria. Fue un gesto sencillo cargado de significado: una forma de recuperar el control en medio del desconcierto.
Hacer pan implicaba paciencia. Mezclar ingredientes básicos —harina, agua, sal y levadura— y esperar.
Esperar.
Ese proceso de transformación, silencioso y casi mágico, conectaba a muchas personas con prácticas antiguas, con la autosuficiencia y con la idea de cuidar a los suyos desde lo más esencial. El olor a pan recién horneado llenando la casa se convirtió en un símbolo de refugio.

Además, compartir fotos de hogazas mal hechas en redes sociales fue una manera de sentirse acompañado en el aislamiento. El pan unió virtualmente a familias, amigos… y desconocidos. No era solo alimento: era algo de consuelo y algo de creatividad.
En plena incertidumbre global, hacer pan durante la pandemia fue una forma de resistir desde lo cotidiano. Una pequeña victoria doméstica que devolvía sentido y esperanza cuando más se necesitaban.
PAN.
500 g de harina de trigo (de fuerza, a ser posible)
10 g de sal (1 cucharadita colmada)
7 g de levadura seca (1 sobre) o 25 g de levadura fresca
300 ml de agua tibia
1 cucharada de aceite de oliva (opcional)
Lo cuentan muy bien en https://www.shoothecook.es/pan-casero-rapido-sin-amasado/:
Se juntan primero la levadura y el agua; mezcla, mezcla, mezcla. Después, el resto de los ingredientes, se mezclan y mezclan y mezclan (con niños es más difícil y más divertido), se les presta algo de cariño durante 10-12 horas ( con un trapo encima, y mientras tú haces, por ejemplo, un bizcocho de limón: más sencillo aún).
La mañana siguiente, saca de la nevera y dale forma. ¿A tu abuela le gustaba la chapata? Chapata. Por algo sería.
Ve dándole cariño a los topes de la chapata, haz algún hueco (alguna rajita) y deja que descanse otro par de horas, con el paño encima.


Cuando falten 10-15 minutos, calienta el horno. Con la cazuela dentro. Que se caliente.
Mete el pre-pan (genial llamarlo así) en esa cazuela metálica o similar. Hay gente que prefiere una de barro… Hay quien incluso lo prefiere… con lo que tengas en la cocina.
220 grados y unos 40 minutos, dependiendo de cómo tengas el horno y cómo hayas visto que haya quedado el pre-pan.
40 minutos. Y con algo de agua (en la bandeja icnluso) debajo del pan, para que no se seque.
Durante la Covid fue difícil conseguir algo de tomate fresco, o de un buen aceite.
Pero ahora se puede intentar. Otra cosa es pagarlo, aunque eso es para otro artículo.
Disfruten. Y díganselo a su abuela.
Las fotos son de: olivie-strauss-bhIMpaVnRjY-unsplash, bohdan-stocek-3U9oJPMtIgY-unsplash, nadya-spetnitskaya-tOYiQxF9-Ys-unsplash, rodolfo-marques-GzBO_o0RvEg-unsplash, louise-lyshoj-WHJTaLqonkU-unsplash.
Gracias!
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Last modified: febrero 23, 2026






