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Oscar Wilde / Walt Whitman / Literatura / Inglaterra / Francia
Vivir en pleno siglo XXI es, en gran medida, un plagio no autorizado de las peores y mejores costumbres de Oscar Wilde. Lo noto cada vez que alguien prefiere una mentira bien contada a una verdad aburrida. Todos tenemos amigos así. O cuando veo a un desconocido retocarse con un filtro de luz antes de lanzarse al escrutinio público. Cuántos…
Wilde no inventó la vanidad, pero fue el primero en darle un estatus casi metafísico. Único. Mientras sus contemporáneos se empeñaban en escribir novelas sociales que pesaban más que un mordisco, él decidió que la profundidad era un defecto de fábrica y que la superficie era el único lugar donde valía la pena un ahogo.
Sabía nadar. Pero era más entretenido decir que no y encontrar quién le podía salvar.
“La única manera de librarse de una tentación es ceder ante ella”
El retrato de Dorian Gray
Si comparamos a Wilde con los jefes de su tiempo, el contraste es casi cómico. Dickens se manchaba las manos con el hollín de las fábricas para darnos lecciones morales; Wilde prefería mancharse la reputación con tal de no dar ninguna.
Si James Joyce era un laberinto donde uno entra para perderse y no tiene claro qué saldrá, como habló Eduardo F. Rodríguez hace pocos días, y Edgar Allan Poe es un sótano oscuro donde uno no tiene claro si quiere entrar, Wilde es el salón de espejos del palacio: brillante, un poco mareante y peligrosamente revelador.
Lo que me fascina de él es que, frente al terror existencial de Poe o la densidad narrativa de Joyce, Oscar nos ofreció la paradoja. Lo que, de hecho, recuerdas.
Siempre.
Nos enseñó que se puede decir la verdad más devastadora del mundo mientras se sostiene una copa de champán y se hace un chiste sobre matrimoniadas.
Puedes verlo, claro, en las citas con Walt Whitman: “Es un joven tan atractivo, varonil y simpático…” decía sobre aquellos ratos en los que se veían en Camden.

“La experiencia no tiene valor ético alguno, es simplemente el nombre que damos a nuestros errores”.
Su supervivencia como estandarte de modernidad no es casualidad. Wilde entendió que el individuo es la obra de arte definitiva, una idea que hoy circula por nuestras redes sociales con mucho menos estilo y bastante más ruido. Volumen, lo llaman…
Es ese desafío a lo convencional aparece esa insistencia en que la estética es una forma de resistencia incluso política, lo que lo rescata del olvido victoriano. Fue un mártir, puede, pero un mártir que se negó a llevar el cilicio si no era de seda y con un olor aristocrático.

Inglaterra, con esa puntualidad británica sobre la crueldad, lo adoró mientras fue su bufón. Y lo trituró al minuto posterior en el que se convirtió en un espejo de sus propias miserias. Por eso, que su cuerpo descanse en el cementerio de Père Lachaise en París y no bajo el frío mármol de Westminster es el último gran desplante de su biografía.
Londres le dio la cárcel y el desprecio; París, siempre más dispuesta a perdonar un pecado si se comete con elegancia, le dio el exilio y la tumba. Hoy, su sepulcro en Francia está blindado tras un cristal para protegerlo de los miles de besos de carmín de sus admiradores.
“La verdad pocas veces es pura y nunca es simple”.
La importancia de llamarse Ernesto
Es el final perfecto: el hombre que fue juzgado por su moral termina siendo devorado por el exceso de verdad. Al final, el papel pintado de aquel hotel barato se escapó, pero Wilde se quedó para recordarnos que ser uno mismo es, siempre, la mayor de las rebeldías.
Leed, por favor, ‘El retrato de Dorian Gray’, ‘La importancia de llamarse Ernesto’, ‘De profundis’, ‘ El fantasma de Canterville’ y ‘El príncipe feliz’.
Las fotos son clásicos de Wikipedia y el libro lo trabajó muy bien la editorial Gribaudo. ¡Gracias!
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Last modified: marzo 18, 2026






