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Nacha Pop / Madrid / Pop / Penta

Sin tilde en la e. Cosas…

A veces las obras maestras no llegan con la solemnidad de un lienzo en el Prado; llegan envueltas en plástico, con una portada de colores chillones que parece un chiste y un título que, a primera vista, invita a no tomárselo demasiado en serio. Corría el año 1985 y Nacha Pop publicaba ‘Dibujos Animados’. Para la gran mayoría, un disco de transición, tal vez el menos reivindicado de su trayectoria en los ochenta, eclipsado por el gigantismo de su debut o la madurez crepuscular de ‘El Momento’. Pero para los que nos gusta rebuscar en las estanterías de las tiendas de discos —físicas o mentales— y perdernos en los recovecos de las bandas, este álbum es un refugio absoluto. Una anomalía maravillosa.

Escuchar este trabajo hoy en día es como sintonizar una emisora pirata de Londres que, por algún misterioso capricho de las ondas, se hubiera colado en el Madrid de mediados de los ochenta. En sus surcos hay un aroma inconfundible a la sofisticación de la música británica de la época. Es un disco que mira de reojo a las islas y se empapa de todo lo que allí hervía: desde el pop colorido y descarado de Culture Club hasta la elegancia nocturna, bailable y sintetizada que empezaban a perfilar los Pet Shop Boys. Nacha Pop demostró aquí que sabía jugar en esa liga, vistiendo sus guitarras de siempre con una elegancia nueva.

El álbum es un reflejo idéntico de esa bicefalia que hacía de Nacha Pop una banda irrepetible. Dos primos compartiendo el patio de recreo y repartiéndose las canciones como quien se reparte los cromos más valiosos. Dos formas muy británicas, además, de entender el pop de vanguardia.

“El incendio en verano
Un rumor
La inquietud o la ansiedad
La espera en una estación
¡Ah! y tu andar…”

nacha pop, ‘no me olvido’

Por un lado, están los zarpazos de luz de Nacho García Vega. Nacho siempre tuvo el secreto de la eterna juventud, esa energía contagiosa que te hace acelerar el paso cuando vas caminando por la calle con los auriculares puestos. En este disco firma cosas como ‘Grité una noche’, un torbellino que bebe directamente de esa luminosidad sofisticada y con alma soul que practicaban ‘The Style Council’. Es el Nacho que te agarra del hombro, te invita a una cerveza y te convence de que la noche sigue siendo el mejor lugar del mundo. Sus canciones aquí son directas, adictivas y brillantes; pura luz de neón anglosajona.

Y luego, claro, está el reverso. El rincón oscuro y fascinante donde te esperaba Antonio.

Si Nacho era el día, Antonio Vega era esa madrugada en la que te quedas mirando el techo, dándole vueltas a lo que pudiste decir y no dijiste. En Dibujos Animados, Antonio nos regaló algunos de sus laberintos más hermosos, teñidos de una atmósfera densa y melancólica que nos recuerda inevitablemente a la densidad emocional y a las guitarras envolventes de The Cure. Está ‘Cada uno su razón’, una canción que se te mete en el pecho de una manera casi física. Con Antonio no valía con escuchar de pasada; tenías que sentarte, bajar las luces y dejarte arrastrar por esa penumbra que él sabía transformar en poesía pura. Es el indomable, el tipo que jugaba con las palabras como si fueran cristales: te deslumbraban, pero si te descuidabas, te cortaban.

Lo hermoso de este disco, lo que hace que lo siga rescatando de vez en cuando, es precisamente ese contraste. No compiten; se complementan. Es el equilibrio perfecto entre la urgencia de vivir de Nacho y la introspección dolorosa de Antonio, todo ello envuelto en la mejor producción e influencia de los años ochenta británicos. Una lucha de gigantes silenciosa que quedó registrada en un vinilo que muchos pasaron por alto, pero que para unos pocos sigue siendo un tesoro intacto.

“A distancia un poco prudencial…”

Antonio Vega, “Cada uno su razón”

Quién sabe si en esa sección de entrevistas que estamos trabajando va siendo hora de rescatar del olvido estas canciones y preguntarle a Nacho cómo se veía el mundo desde el interior de esos Dibujos Animados.

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Last modified: junio 10, 2026

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