Sergio Casquet
Son los noventa del sigo pasado y Madrid es, sobre todo, un plano de Metro. Una geometría perfecta: todas las líneas memorizadas, parada por parada. Y cada una de ellas una promesa, en ocasiones una aventura, con nombre propio, secreto.
De noche en noche, de Moncloa a Legazpi, pongamos por caso. Ese olor cansado de sí mismo en cada estación: mugre y metal. Y gracias al walkman, en una cinta que suena una y otra vez —el autoreverse, ese sucedáneo de la eternidad, que no es sino la repetición—, Paul Weller canta “sounds from the street, sounds so sweet / What’s my name? / It hurts my brain to think”.
Hoy y siempre: Maravillas, Morocco, Soma. Pero ahora son los veinte de nuestro siglo y Madrid ya no es un plano de Metro. Acaso sea un laberinto. Qué más da. No bajamos, sino que subimos: las noches han dado paso al día, sin demasiadas promesas, tampoco muchas aventuras.
“Sounds from the street, sounds so sweet / What’s my name? / It hurts my brain to think”.
The Jam, ‘Sounds from the street’

In the city
Hay ya menos amaneceres y más atardeceres, se podría decir. Pero, paseando por sus calles a veces irreconocibles, mientras las nubes ya sólo aspiran, como el penitente, al perdón del cielo —o de la Agencia Tributaria— y en el aire se huele la hierba recién regada del Retiro, Paul Weller, desde el iPhone, sigue cantando “slow down, slow down / about to show you, baby, slow down”.
Hoy y siempre: Museo del Prado, Le Bistroman Atelier, Del Diego. Bien lo sabe cualquier viajero en el tiempo: todo pasa y todo permanece.

Fotos de: oscar-potter-C0UND5259wU-unsplash, evgeniy-smersh-aRM3WMxdeNM-unsplash, arno-senoner-iCzxZ4dPz_0-unsplash. Muchas gracias!
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Last modified: febrero 16, 2026







