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Pipirranas / Sudamérica / Patatas / Tomates
Hay veranos que se cocinan con el termómetro pegado a la piel y el televisor (o la radio) encendido en la cocina, aunque nadie lo esté mirando. Este es uno de esos veranos: hay Mundial, hay calor de los que pesan, y hay, sobre la mesa, una algo de comida, una pipirrana, recién cortada que brilla como si acabara de salir del mar. Tomate, pimiento, cebolla, un chorro de aceite que no perdona. Nada más sencillo, nada más nuestro, dice la gente. Y sin embargo esa frase — “nada más nuestro” — es la primera mentira bonita que nos contamos cada julio.
El tomate no es de aquí. Ni la patata.
Si es que la palabra ‘aquí’ significa algo real.
La pipirrana se hace casi sin receta, que es lo que tiene lo verdaderamente popular: se cuenta de memoria, no se mide. Tomates maduros, de los que pesan en la mano, cortados en dados pequeños. Pimiento verde, el justo para que pique un poco sin protagonizar. Cebolla, picada fina y puesta a remojo un momento en agua fría si se quiere domar su fuerza. Un pepino, si la casa es de las que lo añaden — hay pipirranas y pipirranas, y cada familia defiende la suya como si fuera dogma. Tal vez algo de aceituna. Tal vez algo de atún. En cada casa, en cada pueblo.
Se sala, se deja reposar para que las verduras suelten su agua y se entiendan entre ellas, y solo entonces se aliña: aceite de oliva virgen sin tacañería, un chorrito de vinagre, y a veces un huevo duro picado o unas migas de atún que la vuelven plato completo en lugar de acompañamiento. Se sirve fría, casi helada, y se come con pan para rebañar lo que queda al fondo del bol, que suele ser lo mejor.

Porque el tomate no es de aquí. Ni la patata, que se cuece en tantos guisos de este país que hemos terminado por creer que nació en algún cortijo manchego. Ambos llegaron de América, cruzando un océano que tardó siglos en dejar de asustarnos, en las bodegas de barcos que traían también maíz, pimiento, cacao, y una manera nueva de entender lo que cabía en un plato. Durante décadas los europeos miraron el tomate con desconfianza — lo llamaron manzana venenosa, lo cultivaron como planta ornamental antes de atreverse a comerlo —, y a la patata la culparon de la lepra, del hambre, de todo lo que no entendían. Hicieron falta hambrunas, curas ilustrados y bastante terquedad campesina para que ambos ingredientes acabaran donde están hoy: en el centro exacto de lo que llamamos, sin ironía, cocina tradicional.

Ahí está la trampa hermosa. Lo que hoy defendemos como esencia, como identidad, como “lo nuestro” frente a lo de fuera, fue en su día lo de fuera. La pipirrana, el gazpacho, el salmorejo, la ensaladilla que se abre paso en cualquier terraza de agosto: todo eso es memoria de un intercambio, no de una pureza. Es la prueba de que una cultura no se defiende cerrando la puerta, sino dejando que entre lo ajeno el tiempo suficiente para que deje de serlo.

Y llega el Mundial, que en algo se parece a esto. Cada cuatro años el mundo se pone de acuerdo para discutir, apasionadamente, sobre algo que en realidad es de todos. De Uruguay, Argentina, Brasil, de Colombia. De Argentina. De nuevo, Argentina, claro. Veremos el domingo de quién es el mundo, si de la patata o del azafrán. Del tomate o del ajo.
El balón rueda y con él ruedan también los acentos, las canciones, los cocineros que emigraron y los que volvieron, las recetas que cruzaron el charco en las dos direcciones tantas veces que ya no sabemos quién le debe la receta a quién. Puede que esa sea la única gracia real de un Mundial: por un mes, el mapa se vuelve mesa compartida, algo que ya estaba sucediendo desde hace siglos.
“El conocimiento es saber que el tomate es una fruta; la sabiduría es no incluirlo en una ensalada de frutas”
Miles Kington
Hay un runrún político, últimamente, que insiste en lo contrario. Que quiere fronteras también en el paladar, que reduce lo propio a lo que nunca cambió, como si la identidad fuera un fósil y no una conversación que sigue abierta.
Se equivocan, y se equivocan por partida doble: primero porque no existe plato español — ni argentino, ni peruano, ni de ningún lado — que no lleve dentro un poco de otro sitio; y segundo porque esa mezcla, lejos de debilitarnos, es exactamente lo que nos ha alimentado, en el sentido más literal de la palabra, durante quinientos años.
Yo pienso en esto mientras corto un tomate que madura demasiado rápido con este calor, mientras en la tele alguien celebra un gol en un idioma que entiendo aunque no sea el mío del todo. Pienso en los barcos, en las hambrunas, en la desconfianza que tardó generaciones en convertirse en costumbre. Y pienso que quizá lo único verdaderamente nuestro no sea ningún ingrediente, sino eso de sentarnos a comer lo que, aunque sea mentira, siempre ha estado aquí. El verano, el Mundial, la pipirrana: tres formas distintas de decir lo mismo.
Lo compartido, cuando se le da tiempo y cariño, siempre acaba siendo de casa.
Las fotos son de curated-lifestyle-tg97R3PzP10-unsplash. Gracias!
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Last modified: julio 16, 2026






