Goretti Gómez López

Madrid / Starbucks / Teatro Real / Café / Modernidad

El otro día paseaba por el centro de Madrid con mi marido. Teníamos por delante una cita largamente esperada: una obra de teatro y una tarde en la que me había propuesto, casi como quien se impone una penitencia dulce, volver a conectar con la ciudad.

Por todos es sabido, y quienes me leéis con frecuencia lo intuís, que Madrid me ha dado mucho, pero también me ha quitado mucho. Me ha dado independencia, amistades que son familia, noches interminables y oportunidades. Me ha quitado ingenuidad, tiempo y alguna que otra certeza.

Una de café…

Aun así, a veces me gusta pensar que todavía puedo reencontrarme con ese Madrid de los bares con barra de metal, donde la conversación pesa más que la decoración y donde la identidad no necesita logotipos luminosos para existir. Un sentimiento más de pertenencia, de identidad…quizás de ser de pueblo.

Mientras caminábamos, miraba alrededor con esa mezcla de curiosidad y nostalgia. Grupos de turistas extranjeros, algunos ya ebrios a media tarde, avanzaban por calles cada vez más uniformes. Portales reconvertidos en apartamentos turísticos, escaparates intercambiables, el mismo mobiliario urbano, la misma tipografía amable pero neutra. El centro se ha transformado en un escenario diseñado para el consumo rápido y la fotografía efímera.

Después de quince años aquí, siempre he sentido que Madrid logra sorprenderme. Esta vez lo hizo, pero no de una forma bonita.

Al pasar frente al imponente edificio del Teatro Real, sentí un orgullo sereno. El Teatro Real, el Palacio Real, la Almudena y el Templo de Debod forman parte de mi cartografía emocional. Fueron los primeros lugares que visité como turista y los que frecuentaba cuando vivía en el centro: para leer un libro mientras el bullicio sonaba de fondo, para escapar un rato de casa, para sentarme con amigos después de comprar unas “yonkielatas” y ver cómo el cielo se incendiaba en los atardeceres de primavera y en los veranos asfixiantes.

Para mí, el Teatro Real condensa la historia cultural de la ciudad. Es la prueba de que Madrid no es solo ocio y terrazas, sino también música, dramaturgia, tradición y creación contemporánea. No es solo un edificio hermoso: representa una apuesta colectiva por la cultura como bien público, por el arte como espacio compartido.

Y, sin embargo, al girar la esquina apareció el inconfundible logotipo verde de Starbucks.

Allí, justo al lado de ese símbolo cultural, el señor café globalizado reclamaba su espacio.

Me enfadé. Se lo dije a mi chico: “Es una plaga”. Noté cómo me ardía el estómago, pero mi enfado no era una pataleta estética ni un rechazo simplista a una marca concreta. Era algo más profundo. Era la constatación del Madrid que estamos construyendo: un Madrid donde la globalización avanza sin freno, donde la publicidad ocupa cada resquicio visual y donde la lógica de la economía privada moviliza más que cualquier reflexión cultural o urbana.

La cuestión no es el café. Es el relato.

Cuando un icono cultural como el Teatro Real convive (o compite) con una franquicia idéntica a miles en el mundo, la balanza simbólica se inclina. El espacio público deja de ser un lugar de identidad compartida para convertirse en soporte de marca. Lo singular se diluye en lo replicable. La ciudad deja de hablar en primera persona y empieza a hacerlo en un idioma global que suena igual en todas partes.

Quizá el enfado sea, en realidad, una forma de resistencia íntima. Quienes leéis mis artículos sabéis que el enfado atraviesa muchas de mis palabras. No es solo temperamento; es una manera de no anestesiarme. En este caso, es la reacción ante la sensación de que el centro de Madrid ya no se piensa para quienes lo habitan, sino para quienes lo consumen. Que la cultura se convierte en telón de fondo mientras el protagonismo lo ocupa el mercado.

Otra de café, algo más actual. Pero sin ser de Madrid.

Porque Madrid parece muy moderna, pero Madrid no es moderna” como en aquella frase de la película de Paco León, presume de vanguardia mientras se vacía de riesgo. Está perdiendo parte de su naturaleza y de su belleza.

Y si no reflexionamos sobre qué modelo de ciudad estamos consolidando, qué protegemos, qué priorizamos, qué permitimos ocupar nuestros espacios más simbólicos, corremos el riesgo de que, un día, las barras de metal sean solo un recuerdo y la identidad urbana quede reducida a una colección de logotipos reconocibles.

Muy bien contado.

La cuestión no es el café. Es el relato.

Y entonces ya no será solo enfado.

Será pérdida.

Las fotos son de: paolo-chiabrando-G16kFHYvCoQ-unsplash, eduardo-pastor-SkEUgyJqJlQ-unsplash, rob-laughter-WW1jsInXgwM-unsplash, angelica-reyes-6xBvVSs2G8c-unsplash, jiawei-zhao-g7ErZpEeztA-unsplash.

Mil gracias.

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Last modified: marzo 3, 2026

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