Fernando Pérez Ortega
En realidad, ¿qué más da lo que Bob le diga al oído a Charlotte? No han necesitado apenas palabras para entenderse desde que se conocen, en un hotel que comparten y que los acoge en su extravío. El silencio y una complicidad pura, casi ingenua, los ha unido durante esos días que son un paréntesis en la vida de ambos. Así que cuando Bob la abraza con delicadeza, los dos parados en mitad de una calle atestada de gente, como dos náufragos, sobran las palabras. No han necesitado grandes conversaciones ni frases grandilocuentes. Se han reconocido el uno al otro como dos compañeros desorientados que sólo necesitan la sensación de que hay alguien que les ofrezca una brújula si es necesario. Sin importar la diferencia de edad, más bien utilizándola para complementarse.
Desprovisto de palabras también está el momento culminante de su sintonía, el único instante en que sus cuerpos se permiten tocarse. Tumbados en la cama, exhaustos de acompañarse el uno al otro, de estar perdidos en la traducción. La mano de Bob acariciando levemente el pie de Charlotte. Apenas un roce, pero que resume la naturaleza de su relación. Que ilumina su improbable encuentro a miles de kilómetros de su realidad.
“Tumbados en la cama, exhaustos de acompañarse el uno al otro, de estar perdidos en la traducción”

Mil colores grises
Se sienten solos y perdidos en Tokyo, entre riadas de gente, neones de mil colores y rascacielos. Los dos saben que no tienen futuro juntos, pero disfrutan de esa remota posibilidad. Tentando a la suerte. Dejándose llevar entre clubes, habitaciones de hotel y karaokes. Soñando en cómo podría ser su vida si se atrevieran. Ambos reconocen su infelicidad, el hastío que les acompaña cada día, incapaces de reconducir un camino que ellos mismos eligieron en su momento. Pero, de igual manera, son conscientes también de que no tienen el valor necesario para dar el volantazo con el que fantasean. Así que se esfuerzan por intentar alargar el momento todo lo posible, porque saben que, en cuanto se despidan, en el momento que abandonen ese hotel, el limbo en el que han estado desaparecerá y su realidad volverá a imponerse.

Así que cuando Bob abraza a Charlotte poco importa qué le dice porque, en ese instante, lo que los dos desearían es que el tiempo se parara, que el avión que tiene que llevar a Bob de vuelta a Estados Unidos no existiera. Que el marido fotógrafo de Charlotte no regresara. Que la vida se detuviera para siempre en esos días en Tokyo. En ese hotel. En esa habitación. Y atreverse a ser otros. Pero, si insisten y hay que jugar a imaginar lo que Bob susurra a Charlotte mientras a ella se le humedecen los ojos, si me obligan a elegir una frase sería esta: siempre nos quedará Tokyo.
Fotos de: denys-nevozhai–F3wMFrZ7z0-unsplash, ryoji-iwata-TRJjPc0wss0-unsplash, clay-banks-hwLAI5lRhdM-unsplash y de IMBD (https://www.imdb.com/es-es/title/tt0335266/mediaviewer/rm3183271425/)
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Last modified: febrero 13, 2026







