Germán Peña Moruno.
Acudí al cine con mi pareja y nuestra hija para ver “La niña de la cabra”, película recomendada para la infancia tal y como se refleja en el cartel. Veo que en la cola del cine hay muchos niños y niñas, más niños que niñas, y me llama la atención. “Joder, qué bien, qué expectativa ha levantado esta peli”. Pero esta alegría se disipa cuando se van todos a una sala en la que proyectaban una película de un videojuego hecho con cubos. Al irse gritando el grupo pienso: “por lo menos vamos a ver la peli sin jaleo”. No soy pitoniso y odio a Rappel, pero con esta afirmación me di miedo: éramos seis personas en la sala.
Empieza la peli, y comienza un viaje maravilloso a la infancia. Gracias a la directora, Ana Asensio, por brindarnos la posibilidad de ver cine de calidad con peques. Y es que la infancia no es idiota. Sí: he dicho idiota. No he elegido esta palabra al azar. Idiota llega etimológicamente del griego y viene a ser aquella persona que se ocupa de lo propio, de lo particular, de sus intereses privados y olvida los intereses públicos. Es decir: deja de lado la polis. A las niñas y los niños los relegamos a lugares donde consideramos que los estamos protegiendo, cuando en realidad los estamos aislando de lo público, del debate crítico. Ocultamos bajo la alfombra nuestros propios miedos y dudas, y no los compartimos con ellos y ellas. Simplemente imponemos nuestro criterio y les dejamos de lado, pensando que la ignorancia les cuida. Solemos imponer más que acompañar, solemos adoctrinar más que educar.
El mundo adulto implanta el criterio que la infancia asume perpleja cuando nos contradecimos, y no es que la contradicción esté mal o bien (fantásticamente representada en ese casco de La Chaqueta Metálica: “Born to kill”, acompañado por la chapa con el símbolo de la paz). La contradicción genera pensamiento y es puramente humana. Ahora, la contradicción impuesta, que solo sea aplicable a un lado es, cuanto menos, injusta.
La infancia no es idiota.
Sí: he dicho idiota.
La niña protagonista de la película tiene que asumir planteamientos sin rechistar cuando no deja de asistir a contradicciones del mundo adulto. Un mundo adulto que la oprime (hay una escena que trabaja una analogía preciosa con un vestido que a la niña le pica), que no la deja tejer ciertas amistades, que la frena en su deseo de conocimiento, y que le impone miedo, mucho miedo.
La niña de la cabra

En “La niña de la cabra” se habla de muchos temas: la muerte, los afectos, los años ochenta, la heroína, ETA, la estigmatización del pueblo gitano y de las personas diferentes que escapan de la norma hegemónica, la emancipación de la mujer, la religión, los miedos, la pobreza y, sobre todo, sobre enfrentar al mundo adulto con el infantil, con una transición que se le impone a la niña, la cual, sin ánimo de querer destripar aquí la película, nos deja con muchas dudas. Dudas que la película nos permite llevar a casa y poder trabajarlas con las niñas y niños con los que hemos visto la película. Porque son dudas y preguntas que están enraizadas en nuestra cultura, en el debate de lo público, abrirnos a la polis nos convierte en ciudadanía dejando atrás la idiotez.
Cabe mencionar el trabajo de esas niñas actrices, que llevan todo el peso de la película de una forma magistral, sencilla, sin pretensiones, como es la infancia que plantean de la manera más cruda, inocentemente. La presentación de ese mundo, situando la cámara desde la altura y visión de las niñas, es la mejor opción para poder meternos en la aventura de Elena. La música, que sin abusar de la misma, consigue presentarnos esos mundos diferentes que se van planteando durante la película. En resumen, una pasada de película.

Espectadores inteligentes
Para terminar me gustaría señalar una consideración: absténgase personas que buscan un cine rápido y de consumo fácil. “La niña de la cabra” no es eso; es una película que sí puede y debe ver la infancia (a partir de siete años, según calificación), pero como no la trata de idiota se toma sus tiempos, le pide un mínimo de exigencia al espectador, porque le considera inteligente y eso se agradece. Para ello, quizá es bueno antes de ir a verla preparar al niño o la niña, por ejemplo, poniendo algún capítulo de Pipi Lastrum en casa, ya que es una serie que también se toma su tiempo y no vamos a pasar de 0 a 100 en una tarde. Por cierto: Pipi lo mismo sale en esta columna otro día, se lo merece.
Gracias a “La niña de la cabra” por este regalo.
Que la imaginación os acompañe.

Las fotos son de: ben-wicks-iDCtsz-INHI-unsplash, national-library-of-medicine-grbtuF3GU0w-unsplash, diane-aguilar-cI0Eerto46U-unsplash, sq-lim-I-hxjhQk1jE-unsplash, ajay-karpur-QrLUhFGXwIQ-unsplash y de Avalon (https://avalon.me/peliculas/la-nina-de-la-cabra/)
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Last modified: junio 20, 2025








