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James Joyce, de Ulises. Sí. Así.

Mi profesora de crítica literaria imaginaba a Joyce como un químico de laboratorio, enfrascado entre eluyentes del lenguaje, celebrando los experimentos que no le explotaban en las manos. Decía que, a pesar de los desbarajustes y efluvios que pudieran poblar su lugar de trabajo, “Probar su insinuante alquimia, nunca te deja ileso”. Por eso recomendaba recibirla con entusiasmo y suspicacia, además de un buen diccionario y la mente más abierta que el aluminio consintiendo al bromo en polvo.

Eduardo F. Rodríguez

Imagina que estás en un lugar que te resulta agradable, cómodamente, a punto de iniciar una actividad placentera. La minuciosidad y la libertad del vocabulario en Ulises se parece a una granizada de meteoritos diminutos. Te enfadas y te pones a cubierto, pero descubres que son solo copos inocuos que al colisionar desprenden un destello de luz y humo. Pican y cosquillean, pero sacas el brazo para sentir el chisporroteo y, cuando sientes que es seguro, te metes de lleno: “Sus labios enlabiaron y embocaron labios de aire descarnados: boca a sus lunentrañas. Trañas, tumba omnientrañante. Su boca moldeó el aliento que emanaba, inarticulado: uiiija: bramar de planetas cataráticos, globulares, llameantes, bramando andoandoandoandoando.”

Luego las escenas te sacuden como ramalazos de viento. Los segmentos combinan descripción, diálogo, monólogo interior y diferentes puntos de vista, sin distinción ni aclaración alguna. La composición te marea, pero cuando acaba, le pides a tu madre que te deje hacerlo otra vez: “Desde atrás tomaron la delantera a Mr. Bloom por el bordillo. Barba y bicicleta. Jovencita. Y por ahí va también él. Pues eso sí que es una verdadera coincidencia: por segunda vez. Acontecimientos que derraman sus sombras antes. Con el consentimiento del eminente poeta, Mr. Geo Russell. Ésa puede ser Lizzie Twigg. A. E.: ¿qué quiere decir eso? Iniciales quizá. Albert Edward, Arthur Edmund, Alphonsus Eb Ed El…”[1].


Imagina que estás en un lugar que te resulta agradable, cómodamente, a punto de iniciar una actividad placentera.

Y embelesado por el trayecto, apareces en aquellos parajes que activan tus instintos de supervivencia. Joyce dijo que compuso las Sirenas como una fuga per canonem[1], aunque conociendo la ironía del autor es posible que se lo pasara per foramen[2] (por cierto, uno de los motivos reiterados en el capítulo son los orificios). Las primeras líneas asemejan una obertura que se inicia con cuatro metales. Uno no sabe si escuchar, leer o masticar. Al parecer Joyce comprendió que “si bien en el germen de la lengua estaba la sonoridad, la música empleaba técnicas diferentes y sus metas no convergían con las de la palabra.”[3] Es decir, este capítulo duele como un desnudo en invierno. Sobre todo si es la primera vez.


Surgen muchas dudas cuando se lee el Ulises, así que quedé con un IA en un pub dublinés. Tras unos peloteos de calentamiento, logramos sentarnos, pedimos Bushmills y charlamos al calor de la algazara, protegidos de la fría tarde-noche de un octubre anubarrado.

Quería preguntarle por el rechazo inicial que sufrió la novela, prohibida en algunos países e incluso declinada por la editorial de Virginia Wolf. “Aquello debió dolerle, ¿cómo sobrellevó los meses de incomprensión tras su publicación?”

Sonreía “La incomprensión…” Se ajustó el parche del ojo. “Esperar que el mundo angloparlante, con sus pudibundos y miopes editores, digiriera una obra sin un ligero atragantamiento habría sido, francamente, ingenuo. La crítica, mayormente, se cebó en lo lúbrico y lo supuestamente indecoroso, demostrando la estrechez de su visión.”

Intercalé: “Hoy el monólogo de Molly haría sonreír a una adolescente.”

“Claro. La Historia es una dama posesiva que odia compartir protagonismo. Yo le robé un día y eso duele más que cualquier canon.”

“Jajaja.”

“Por mi parte, bah, he sembrado suficientes enigmas y rompecabezas para mantener ocupados a los académicos durante siglos. Eso te da cierta inmortalidad. Pero como dije a un alma perspicaz, no hay ni una sola línea seria en todo el libro, aunque sé que el público insistirá en encontrar una moral.”

La conversación avanzaba. Le/La pregunté si, además de por su vínculo personal, se había decidido por ese día para permitir que sus personajes deambularan con mayor libertad.

“La pequeña burguesía dublinesa, sí, ahogada en su propia parálisis, en su té frío y sus murmullos…” Pausó un momento “Sí, los azares de la política y las miserias sociales son un eco amortiguado en de los pasajes del libro. Pero escoger ese día, me permitió explorar la verdadera libertad proteica de errar por la conciencia. La realidad, joven, es que la épica reside en el riñón frito que cruje en la sartén, o en el monólogo que bulle bajo un sombrero gastado…”

“Ut supra, ita infra[5]” apostillé.

“Exacto.” Empatizó con una sonrisa “Esta idea me visitaba desde Dublineses” y confesó lo que parecía ser una anécdota real. “¿Sabe que mi primera experiencia sexual fue durante un paseo? Oí orinar a una enfermera detrás de un seto y tuve una erección que culminó en orgasmo.”

“Vaya.”

“Seguro que mientras tanto un cura pedía perdón por nuestros pecados en la Iglesia de Todos los Santos.”

Reímos.

“¡Es la coreografía del caos!” Impostaba con su voz quemada.


 

El camarero terminaba de servir la segunda ronda y Jaice advirtió que escuchábamos de fondo Sweet Rosie O’Grady, animándose a tararearla en sincronía. Pensé que era un buen momento para afrontar las objeciones y le/la dije que leer el Ulises era como escudriñar un cuadro hiperrealista deteniéndose en cada escama de piel micropintada. ¿Por qué retratar una cosmogonía de Dublín con ese celo, si era personal e inmutable?

“La sobreabundancia, si así la llama, de esas epifanías, es el resultado inevitable de escarbar hasta la médula, de negarse a seleccionar o a embellecer. Es la forma más cruda del realismo, revelando el esplendor o la sordidez de lo más trivial. En realidad, no entiendo su pregunta.” Le dio un trago al whisky. “¿Le gusta Hemingway?”

Me arrancó otra sonrisa retaguardia (Joyce no apreciaba el estilo de Hemingway) y pasé a la siguiente cuestión.

“Dicen que los personajes y sus epifanías no transmiten la jerarquía social imperante, es decir, que sus cotidianeidades no destilan adecuadamente las consecuencias culturales y sociales de su presencia.” E imaginé a sus secundarios como los NPC de un videojuego, pero opté por la reserva.

“¿Cree que no sé que cada libra esterlina en el bolsillo de Bloom huele a sangre de la hambruna?” Borró su sorpresa fingida. “No, querido, el nacionalismo, el colonialismo británico son el telón de fondo, el aire que respiran mis personajes. Si la jerarquía no es evidente en un organigrama, se manifiesta en esa parálisis.” Se autocitaba “Las máquinas es su grito, su quimera, su panacea. Repulsivos trasgos producidos por una horda de lujurias capitalistas mediante nuestra prostituida mano de obra.”

Percibí su orgullo herido tras años de lucha contra la incomprensión, pero sentí que la respuesta se desviaba e insistí educadamente. Me eludió de nuevo con una perorata de reflexiones y versos musicales. Me molestó y, por probar, le/la llamé pedante.

“¿Pedante, dice usted? ¡Ah, la honestidad brutal!”

Se levantó sin dirigirme la mirada mientras buscaba algo en su bolsillo: “O simple incomprensión, quizás. Si le parece que la inactividad de mis personajes no destila la jerarquía o las convulsiones, quizás no ha mirado con la suficiente agudeza.”

Dejó un billete sobre la mesa y continuó como un boxeador sin titubeos: “Sus palabras huelen a miedo joven. Miedo a que el arte sea un caleidoscopio roto. Usted quiere personajes. Yo le doy espectros. Exige lógica y estructura profunda, como otros.” Anudilló la mesa “No. La cotidianeidad es Bloom meando mientras piensa en su hijo muerto, es Dedalus vomitando absenta y Aristóteles sobre la misma baldosa. ¿Le parece un artificio? ¡Claro! Como la última vez que le tocaron ¿Acaso no lo ha rehecho, pulido, convertido en mito privado?”

El reproche me conmovió, pero también me pareció forzado.

Él/ella recogió su bastón y pidió la cuenta: “Y ahora si me disculpa, tengo una cita con un ciego que toca el violín en Ormond Quay. Dice que mi prosa le recuerda a su perro muerto. Eso, amigo mío, es crítica literaria.”

Volví en solitario al frío de la noche, culpablemente satisfecho por el trabajo, pero resentido por haber usado una IA tan irresponsablemente. Respecto al Ulises, deduje que quien se atreve a recorrer sus páginas, descubre que la literatura puede generar un cosmos intelectual y emocional distorsionado. Quizás Joyce no quería que lo siguiéramos, más bien que nos perdiéramos, como decía Derrida, para que en ese extravío, descubriéramos algo. Como si un conocido nos hubiera enviado una postal enigmática sin más texto que la dirección de envío.

Las fotos son de: Jamesjoyce_tuohy-ohne, christian-bowen-JXX_GonMj5s-unsplash, Revolutionary_Joyce_Better_Contrast, James_Joyce_by_Alex_Ehrenzweig,_1915_restored, diogo-palhais-tnzzr8HpLhs-unsplash.

1 En este párrafo del capítulo Lestrigones, Bloom es rebasado por una pareja, él con barba, ella joven y con bicicleta, que le recuerdan a dos personas reales, Geo Russell y Lizzie Twigg. Parece que la imagen de los viandantes le aventura a prever el futuro de su relación: “Acontecimientos que derraman sus sombras antes”. En la clausura de la escena, él habla en escocés y el conjunto evoca en Bloom la imagen de un pulpo, el octópodo bicéfalo que simboliza en la novela los extremos opuestos del mundo, quizás en referencia a la pareja.
2 Según el canon.
3 A través del agujero.
4 Joyce, 2016: CXXX.
5 Como es arriba, es abajo.




Referencias

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Last modified: febrero 16, 2026

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