Sergio Sánchez
El plato. Hoy. 38 grados.
Esta semana es dura. 37 grados ayer, cuando volvíamos con los enanos de la calle. Todos callados. Y Nacho ha dejado la gorra en casa.
Gazpacho. Lo veo. Ojos cerrados. Lo huelo, incluso. El plato parece sencillo: en cada casa diferente, con lo que os guste, decía mi abuela…
Parece sencillo: tomates, pepino, cebolla, aceite de oliva, vinagre, pimiento, ajo…
No lo es, sencillo: tomates (pera, y a ser posible, un poquito pasados, pero no malos, claro), pepino (uno ‘bueno’, cortando la mitad del abrigo de la piel), aceite de oliva (extra), diente de ajo (abierto por la mitad para quitarle ‘la columna’, que dice mi chica), pimiento (verde italiano), vinagre (de Jerez). Claro. El gazpacho se hizo, básicamente, para que fuera la comida que ayudaba y refrescaba en Andalucía las horas de calor. Casi todas las horas, vaya. Cada familia le ponía lo que tenía (la discusión habitual sobre si se le debe poner comino, cuánto, llega de allí, claro: el comino enmascara el sabor del resto del plato; si el tomate es regulero, si le hemos echado demasiado ajo…) y arreaba.
Seguimos. Córtalo. Todo. Júntalo. Todo. Mete las manos en la jarra. Cruje un poco, que se quieran entre ellos; como si fuera esa noche de la boda de un amigo del pueblo, donde conoces a poca gente hasta el segundo tercio de cerveza que acompaña al jamón. Guárdalo en la nevera, en la parte de arriba, con un poco de cariño (no lo pongas cerca del trozo de pescado que te sobró ayer).
Saliva. No tengas prisa. Como obligación. Es lo que debes hacer. Porque esa noche vas a tener que que cenar un sándwich. O esa manzana que quedó un poco triste ayer. Y mañana tendrás un plato maravilloso.
Termina, sufre al mirar cómo has dejado la cocina, y de nuevo, dos opciones: coge un plato (o una taza grande), bebe y disfruta. O coge un par de hielos, échalos en el jarrón y mételo en la nevera 5 minutos más. Mientras tanto, corta unos cachitos de cada ingrediente (cachitos de tomate, de cebolla, de pepino, de pimiento… ya sabes), sácalo de la nevera, quita los cachitos de hielo, corta un trozo de pan… Baja un poco la persiana. Que no entre el sol. Que los vecinos no lo huelan, por si te piden una taza. Y disfruta. Disfruta mucho. Querrás más, seguro.
A mí, de pequeño, no me gustaba el gazpacho. Yo no era muy de verduras, como la mayoría de los amigos. Yo era más de lecitina de girasol (E322) y los monoglicéridos y diglicéridos de ácidos grasos (E471). Me gustaban los donuts.
“Supongo que aquellos que sean algo más mayores recordarán tomar gazpacho cuando paraban, debajo de un árbol, su trabajo”

Y de postre, sandía
Mi abuelo Pío nos traía unos tomates espectaculares de su huerto. Tenía tres cosas increíbles: esos tomates, las patatas y las sandías. Mi abuelo no tenía coche. No conducía. Mi abuelo tenía una motillo de 49cc. Y llevaba las cosas desde el huerto hasta su casa. Y de ahí, en autobús, a Madrid. Y de ahí, a nuestra casa. Y de ahí, a tomar gazpacho. Y a recordarlo, con un poco de memoria, que siempre amplía el sabor y la sal, hoy.
Fotos de: ilias-gainutdinov-3fAYULQGNsA-unsplash, james-padolsey-tvPvROBv0F4-unsplash, jordi-moncasi-rZwGJrkYFFY-unsplash. Gracias!
aceite andalucia comer compartir gazpacho jazz literatura musica pan pasear tomate verano
Last modified: agosto 20, 2025







