Goretti Gómez López

A veces echo de menos a la Goretti de antes.

No desde la nostalgia ingenua ni desde el deseo real de volver atrás, sino desde el reconocimiento. Porque esa versión mía fue intensa, caótica, visceral. Porque vivía con menos filtros y sentía con menos miedo. Y porque, aunque hoy soy otra persona, todo lo que soy nace exactamente de ahí.

No puedo olvidar mis orígenes. No quiero hacerlo.

Las primeras canciones que marcaron mi forma de estar en el mundo pertenecen a Extremoduro. No es casualidad. Extremoduro fue exceso, desorden, una manera cruda de decir verdades que no siempre sabías cómo nombrar.

Dulce introducción al caos
Esta canción siempre fue un punto de partida. El caos entendido no como un error, sino como un lugar legítimo desde el que crecer. Durante mucho tiempo yo también fui así: un poco rota, un poco perdida, intensamente viva. Hoy mi vida es mucho más estructurada, pero reconocer ese caos como origen me ayuda a no rechazar partes de mí que siguen ahí, aunque ahora se expresen de otra forma.

La vereda de la puerta de atrás
Durante años fue una fantasía de huida. La idea de irme, de romper, de escapar. Hoy ya no quiero escapar de mi vida, porque la he elegido. Pero sigo necesitando saber que existe un espacio propio, una puerta simbólica por la que entrar y salir siendo yo, sin etiquetas ni expectativas.

Cuarto movimiento
Siempre me ha parecido una canción bisagra. Dentro de Extremoduro ya se intuía un cambio: menos grito, más profundidad. Escucharla ahora es reconocer que crecer no significa perder intensidad, sino aprender a sostenerla sin que te desborde.

Extremoduro me enseñó a sentir sin pedir permiso.
Robe me enseñó a entender lo que siento.

No puedo negar que cuando Extremoduro se separó, yo me enfadé con Robe.
No fue un enfado racional ni sereno. Fue casi visceral. Sentí que algo se rompía, que me quitaban una parte de mi historia, que cerraban una etapa sin pedirme permiso. Durante un tiempo me costó escucharle sin sentir cierta traición, como si aquella voz ya no me perteneciera igual.

Y ahora entiendo que ese enfado también hablaba de mí. De lo difícil que es aceptar los cambios cuando aún no estás preparada para soltar.

Con el tiempo, y casi sin darme cuenta, Robe volvió a entrar en mi vida desde otro lugar. Ya no como líder de una banda, sino como alguien que seguía diciendo verdad, pero con otra calma. Y ahí, poco a poco, pude perdonarlo.

No porque él lo necesitara, sino porque yo sí.

Hombre Pájaro
Esta canción habla de volar, pero también de jaulas invisibles. Hoy la escucho como un recordatorio de que la libertad no siempre es moverse, sino mantenerse fiel a una misma incluso cuando la vida se llena de responsabilidades. Puedo tener raíces profundas y seguir necesitando alas.

Nada que perder
Aquí ya no hay rabia. Hay claridad. La sensación de alguien que sabe quién es y qué no está dispuesta a negociar. A los 36 años, con un trabajo que me define, un marido maravilloso y dos hijas pequeñas que lo cambian todo, esta canción suena a coherencia. A haber aprendido a elegirme sin hacer ruido.

Caída libre
Porque incluso cuando todo parece estar en su sitio, hay vértigo. Caer sigue siendo posible. Y aceptarlo no es debilidad, es madurez. Esta canción me acompaña cuando recuerdo que caer no me aleja de mis orígenes: me devuelve a ellos.

Echo de menos a la Goretti de antes, sí.
Pero no quiero volver a ser ella.

Quiero reconocerla como el inicio de todo. Porque la mujer que soy hoy, con 36 años, trabajando en marketing, casada con un hombre maravilloso y madre de dos hijas pequeñas, existe gracias a aquella chica que encontró en Extremoduro un refugio y en Robe una voz.

Extremoduro me enseñó a sentir sin pedir permiso.
Robe me enseñó a entender lo que siento.

Las fotos son de: kelli-mcclintock-ySkpkLGEn4A-unsplash, jessica-hearn-c_QsTEJnO2Q-unsplash, will-francis-_J3oTl6acVg-unsplash. Gracias!

Visited 63 times, 1 visit(s) today

Last modified: enero 25, 2026

Close