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Radio Futura / Escuela de Calor / Madrid / Verano
Este verano no hemos ido a ningún sitio. Nos lo dijimos con esa naturalidad resignada con la que se dicen las cosas que ya no duelen: este año no hay playa, no hay pueblo, no hay nada que no sea este balcón de piso tercero con vistas a un patio de vecinos que hierve como una olla sin tapa.
El mundo, mientras tanto, sigue haciendo lo que mejor sabe hacer, que es deshacerse un poco más cada día. Y nosotros aquí, con el hielo derritiéndose más rápido de lo que bebemos, mirando cómo el barrio suda su propia versión del apocalipsis.

Yo les escucho desde hace algo menos, pero cuarenta años atrás, Radio Futura entendió algo que a nosotros nos ha costado un verano entero de calor y de ruina: que el sol estos días no es solo una temperatura, es un estado de ánimo colectivo, una escuela donde se aprenden cosas que no se enseñan en ningún otro sitio. Santiago Auserón metió el funk y el ritmo negro en el castellano y salió una canción sobre las tribus que esperan a que caiga la noche, sobre la calle que arde al sol de poniente. No hablaba de vacaciones. Hablaba de resistir en la ciudad cuando la ciudad es lo único que tienes.
“Quiero vivir del aire,
Quiero salir de aquí“
Anoche, desde el balcón, vi a mi vecino del quinto —el que discute con su mujer con la ventana abierta porque el aire acondicionado no llega para más— salir a fumar en calzoncillos y quedarse mirando la nada durante diez minutos exactos. No sé si estaba triste o solo agotado; a esa hora, con ese calor, ya no hay diferencia. Al lado, en la terraza de un bajo, alguien celebraba un cumpleaños y regala sudor por sus años, y dos plantas más arriba otra pareja se gritaba cosas que el calor volvía todavía más ciertas. Nosotros, con el gin tonic ya aguado, no juzgábamos a nadie.
Solo mirábamos, que es lo único gratis que queda en agosto.

Y ahí, entre el hielo y el patio, entendí por qué esa canción sigue sonando como si la hubieran escrito ayer: porque el calor cercano no cambia, cambia el dinero que tenemos para escapar de él. La escuela de calor de Auserón era un bar con intenciones malvadas; la nuestra es un barrio entero convertido en aula de verano, donde todos aprendemos, sin querer, la misma lección: que hace falta valor, mucho valor, para quedarse quieto viendo arder la calle y no odiar del todo lo que se quiere.
Las fotografías son de jonas-weckschmied-6gVvfQEnWtY-unsplash, richard-vanlerberghe-JImWptnMXBo-unsplash, janos-venczak-ha9aYwpCx1k-unsplash. Muchas gracias.
Last modified: agosto 6, 2026






