Sergio Sánchez

Pixar / Disney / Películas / Comienzos

La ropa del domingo

Hay películas que empiezan. Y hay películas que te golpean antes de que hayas tenido tiempo de ponerte cómodo en la butaca.

Y todos sabemos que cada uno, dependiendo del momento de su vida o, simplemente por su edad, puede valorar y recordar una imagen de manera diferente a otro.

Intentad tener ahora en vuestra mirada, al margen de las palabras que intentamos compartir, esos días de cine con los niños.

Hoy recordamos dos en concreto.

Dos comienzos especiales.

Los primeros minutos de WALL·E y Up pertenecen a esa segunda categoría que comentábamos al comienzo: a las películas que te golpean. Y lo más extraordinario es cómo lo consiguen: sin un solo diálogo.

Sin texto que explique.

Sin voz en off que contextualice.

Solo imagen, música, y una confianza absoluta en que el espectador —tenga seis años o cuarenta y cinco— puede entender lo que se le está contando.

Eso, en el cine de entretenimiento industrial, es casi un acto de rebeldía.

Y, por cierto, podría decir que son algunos de mis minutos preferidos de todos los que he visto en una película durante toda mi vida.

Wall-E: tantas maravillas…

WALL·E abre con silencio y basura. Una Tierra abandonada, cubierta de rascacielos de residuos hasta donde alcanza la vista, y un pequeño robot que lleva setecientos años trabajando solo. La cámara no explica nada. Nos deja mirar. Y en ese mirar descubrimos, poco a poco, que WALL·E ha construido una colección: una lata de Rubik, una bombilla, un VHS de Hello, Dolly! que ha visto tantas veces que se sabe los pasos de baile. Guarda fragmentos de una humanidad que nunca conoció como si fueran tesoros.

Como hace un niño con sus cosas.

Como hacemos todos cuando algo nos parece demasiado valioso para perderlo.

En veinte minutos sin palabras, Pixar nos presenta el fin del mundo y consigue que nos enamoremos de él. Porque no nos habla del apocalipsis: nos habla de la soledad. Y de cómo, incluso en la soledad más radical, algo en nosotros sigue buscando conexión, belleza, sentido.

“La aventura está ahí fuera”.

Ellie, ‘Up’.

Los niños ven un robot simpático que colecciona cosas raras. Los adultos ven a alguien que lleva demasiado tiempo solo y ha encontrado la manera de seguir adelante. Nadie está equivocado. Las dos lecturas son verdad al mismo tiempo.

UP: el amor a varias líneas

Up hace algo diferente y, si cabe, más arriesgado. En sus primeros cuatro minutos cuenta una vida entera. Carl y Ellie de niños, prometiéndose explorar el mundo juntos. Carl y Ellie construyendo un hogar. Carl y Ellie ahorrando para el viaje que siempre pospondrán.

La enfermedad.

El silencio.

La silla vacía.

Michael Giacchino compone una música que no es triste ni alegre: es las dos cosas a la vez, que es exactamente como funciona la memoria cuando recuerdas algo que ya no está. La secuencia dura menos de cinco minutos y no pronuncia una sola palabra, pero cuando termina ya sabes todo lo que necesitas saber sobre Carl: quién era, qué perdió, y por qué un anciano cascarrabias con globos merece que le acompañes el resto de la película.

“- Define, ‘Baile’
– Baile: evento social en el que se realizaban danzas animadas”

wall-e.

Los niños sienten que algo importante ha pasado, aunque no sepan del todo qué. Los adultos lloran porque sí saben. Porque han visto esa silla vacía en algún lugar de su propia vida, o porque temen verla algún día.

Lo que estos dos comienzos tienen en común es una decisión de fondo que lo cambia todo: no tratar a la audiencia con condescendencia. No se le pide; se le da. No se explica: se muestra. No hay que subrayar lo que ya se entiende. Confiar en que la emoción no necesita traducción; llega a todos al mismo sitio, aunque por caminos distintos.

Eso es lo que hace grande al cine a veces: no contarte únicamente una historia, sino regalarte un trabajo. Algo que te ocurre mientras lo ves, y que te llevas contigo cuando las luces se vuelven a encender.

Ah, el cine.

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Last modified: abril 8, 2026

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