Tacho Orero
Cuentos / Niños / Aventuras / Faro / Mar
El médico se giró, miró al hombre del carro e hizo de traductor. Él respondió algo en gallego, desconcertado. El médico se giró a Luna y le dijo: “Este hombre se llama Antonio, y quiere saber por qué queréis volver al Faro”.
Desesperada por el tiempo que estaban perdiendo, Luna les gritó: “El Faro, ¡está apagado!”.
En ese momento, el médico se quedó helado y dijo casi murmurando: “Hoy los muchachos llegan tarde de faenar…, y hay una fuerte marejada…”.
Miró a Antonio y le dijo algo que Luna no llegó a entender, pero que hizo que reaccionara rápidamente, poniéndose en pie y saliendo a la calle. Luna volvió a la mesa, cogió a Sara y a Erik de la mano y salieron detrás de Antonio, quien les ayudó a subir al carro para salir disparados hacia el Faro en medio de la noche cerrada, pues ya había anochecido.
“¡El faro está apagado!“

En el carro, camino del Faro, Luna pudo explicarle a Erik y a Sara lo que estaba pasando. Sara no acababa de entenderlo… y Erik no lo podía creer, pero las pruebas eran evidentes. De alguna manera, habían viajado al pasado, a la noche en la que el Faro se había apagado de una manera inexplicable.
Matías, el responsable del faro y el único que sabía cómo volver y encenderlo, había sufrido un accidente y no pudo avisar a nadie. Esto provocaría la tragedia del barco pesquero La Esperanza, que regresaba tarde de faenar y acabaría chocando con las rocas al no poder ver la costa debido a la ausencia de la luz del faro.
Al llegar al faro, en efecto, este se encontraba apagado y a lo lejos, en la mar embravecida, se podía ver una tenue luz que debía de ser la del barco pesquero que se acercaba a la costa. La tragedia podría ocurrir de un momento a otro….
“Esto provocaría la tragedia del barco pesquero La Esperanza, que regresaba tarde de faenar”.
Erik, Luna y Sara se bajaron por la parte de atrás, cuando el carro aún no había parado totalmente y corrieron hacia la puerta mientras que Antonio les gritaba algo que no entendieron pero que con toda probabilidad sería que le esperaran.
Aún tenía que bajar del caballo, atarlo a algún poste y poner un tope para que el carro no fuera directo al mar…, por lo que aún tardaría en subir a ayudar.
Ascendieron por la escalera lo más rápido que pudieron. Mientras subían, Luna observó que esta no crujía, lo cual era lógico porque la escalera tenía cien años menos que aquella por la que habían subido unas horas antes….
El primero en llegar a la cabina fue Erik, seguido de Luna que venía con Sara de la mano. Erik estaba confundido, no sabía qué hacer para encender el sistema y que el faro volviese a la vida.
Entonces, Sara se acercó al panel con el que había jugado esa tarde. Tenía el mismo aspecto antiguo, aunque muchas de las piezas que esta mañana faltaban, estaban ahora en su sitio y parecía funcionar perfectamente.
Luna, al verla, le grito: “¡eso es Sara!, ¡toca todos los botones como hiciste antes!”.

Sara no se lo pensó dos veces: empezó a toquetear la consola como había hecho esa misma tarde. “No ha pasado nada… “, dijo con incertidumbre y levantando sus pequeños hombros.
La desesperación de Luna aumentó aún más cuando su hermano, desde atrás, gritó “el barco… ¡ya está cerca del acantilado y va a chocar con las rocas porque no puede ver el faro!”.
Luna sintió cómo unas lágrimas resbalaban por sus mejillas; lloraba de rabia al no poder hacer nada para evitarlo. Entonces cayó en algo: no podía ser casualidad, el faro les había traído en ese momento por algo, ¡no tenía sentido que no pudieran hacer nada!
La desesperación dio paso a la determinación. Luna se secó la cara con su mano, se concentró, miró a su alrededor y busco algo que pudiera servir de ayuda. En una esquina, pudo observar que había una palanca de color rojo, en la que se podía leer en un cartel pequeño: “encendido”.
“El barco… ¡ya está cerca del acantilado y va a chocar con las rocas porque no puede ver el fato!
Rápidamente cogió la palanca y tiró con todas sus fuerzas, pero la palanca estaba rígida, no podía con ella. Fue en ese momento cuando sintió que su hermano Erik estaba a su lado, cogiendo la palanca también ayudándola y ambos consiguieron bajarla.
Un fuerte ruido seguido de un crujido se oyó en la sala, pero tampoco pasó nada.
Luna entonces gritó a su prima: “Otra vez Sara, repítelo, ¡toca todos los botones otra vez!”.
Sara no lo pensó dos veces e hizo lo que Luna le había pedido, repitiendo el patrón, tocando todos los botones y palancas al azar.
En ese momento un golpe metálico vino seguido de un potente haz de luz; solo que esta vez era diferente: era la luz del faro que se había encendido y el motor estaba arrancando, haciendo girar la potente linterna con velocidad.
Erik observó por la ventana como el pesquero viraba en el último momento, antes de estrellarse contra las rocas del acantilado lo que le permitiría llegar a salvo al puerto. Le gritó a Luna señalando con su dedo: “¡El Pesquero! ¡Lo hemos conseguido!, está virando y no chocará con las rocas!
¡Luna, Erik y Sara habían encendido el Faro en el último momento y habían salvado al pesquero y a su tripulación del desastre!

Los tres se abrazaron felices por haberlo conseguido, pero justo en ese instante, de nuevo la cabina del faro comenzaba a vibrar, cada vez con más intensidad, hasta que una intensa luz llenó toda la sala. Erik, Luna y Sara se acurrucaron de nuevo en el suelo, cerrando los ojos y tapándose los oídos con las manos. Está vez estaban más tranquilos porque ya sabían lo que les esperaba.
Antonio, que se había quedado abajo, atando su caballo, se disponía a subir cuando pudo observar como la linterna del faro se encendía. Entró por la puerta verde oscura y ascendió por las escaleras lo más rápido posible. Quería agradecer a los niños el haberlo logrado y asegurarse que el faro quedaría encendido.
Sin embargo, cuando entró en la cabina central, se encontró con una sala completamente vacía y el faro en marcha, no había rastro de los valientes niños….
Cuando Luna abrió de nuevo los ojos, era otra vez de día y debían de ser media tarde. Los tres se miraron de inmediato preguntándose si habría sido un sueño, pero estaba claro que había sido muy real. Descendieron rápidamente por la vieja escalera que volvía a crujir y salieron corriendo por la puerta de acceso, de nuevo al aparcamiento, donde esta vez sí, había coches aparcados, gente paseando y, sobre todo, el restaurante “El Faro” donde habían comido con sus padres.

Al salir, Erik volvió la vista atrás y pudo ver que se acercaba el operario que antes había dejado la puerta abierta. Esta vez se le veía sudoroso y enfadado, con unas llaves en la mano con las que cerró la puerta de acceso al faro. Debía de haberse dado cuenta de que se había dejado la puerta abierta, lo que le había hecho tener que correr para cerrarla….
Cuando volvieron al restaurante vieron por fin a sus padres, que ya habían pagado la cuenta y se estaban levantando.
Belén, la madre de Sara, les dijo al verlos llegar: “Habéis tardado bien poco en volver… ¡si apenas os habéis ido 20 minutos!”.
Sara en ese momento se abrazó con fuerza a las piernas de su madre y ésta, sorprendida, le dijo: “Pero Sara, ni que no me hubieras visto en una eternidad…”.
Luna y Erik se miraron, sonrieron y negaron con la cabeza. Habían hecho un pacto mientras iban al encuentro de sus padres: no contarían nada de su aventura a nadie. Sobre todo porque estaban seguros de que nadie les creería, e incluso los tomarían por locos.

No les importaba: ellos sabían lo que habían hecho y eso era lo que importaba. Gracias a su valentía y su astucia, habían salvado al pesquero y a sus tripulantes de una terrible desgracia.
Estaban andando de vuelta a la Plaza Mayor, donde habían aparcado los coches, cuando pasaron de nuevo por la estatua en recuerdo al naufragio.
Erik se quedó helado y con los ojos abiertos de par en par. No podía creerlo. Gritó a su hermana, que aún no había llegado hasta la estatua: “Luna, ¡ven! ¡corre!”.

Su hermana acudió corriendo y encontró a Erik con la mirada fija en la estatua y cuando iba a preguntarle por qué le había llamado, la observó y se quedó petrificada.
La estatua ya no representaba el timón de un barco sino dos niñas y un niño, juntos y abrazados.
En una placa, debajo de la escultura se podía leer:
“En honor a los misteriosos niños que salvaron el Pesquero ‘La Esperanza’ de un terrible naufragio” y la fecha: 17 de julio de 1925.
FIN.
Las fotos son de allison-saeng-Zo9FjlFUOKM-unsplash, gabriella-clare-marino-uVcAhaoDGdk-unsplash, matt-seymour-9YHZ1DIT0pg-unsplash, rodrigo-gonzalez-M8zCQTJZFbU-unsplash. ¡Gracias!
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Last modified: mayo 25, 2026






