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Libros / Verano / Clásicos / Niñ@s
La casa huele a humedad y a años. No de manera desagradable, sino de esa forma particular que tienen las casas viejas cuando llevan cerradas desde septiembre: un olor denso, casi vegetal, que los primeros días de junio te recibe en la puerta como si fuera parte de la familia.
Lucía tiene siete años y una mochila con tres camisetas y el estuche.
Nada más.
En casa de los abuelos no hace falta traer nada porque todo lo que necesitas ya está allí, aunque no lo sabías.

Y comienza esa semana. Muchas cosas en la planta de arriba, con nombres antiguos que son graciosos y que recuerdan lo que nunca te ha tocado vivir. Una mañana con los muñecos de las tías, con algún Playmobil…
Y llega la comida. Y lo que llega despúes.
La siesta es obligatoria.
No hay negociación posible.
A las tres de la tarde el calor aplasta el pueblo entero y el abuelo desaparece en el dormitorio y al cabo de diez minutos empieza ese sonido —profundo, rítmico, ligeramente húmedo— que atraviesa las paredes de ladrillo y llena toda la casa.
Lucía está tumbada en el sofá con los ojos abiertos, mirando el ventilador que gira en el techo. No tiene sueño. No tiene móvil, claro, y el de la abuela está sin cobertura, que viene a ser lo mismo.


Se levanta, se acerca a esa zona saliendo del salón que nunca había pisado.
Y es entonces cuando encuentra los libros.
Están en una estantería de madera oscura, en el pasillo, entre un diccionario de los años sesenta y varias guías de viaje de lugares que nadie ha visitado. Son libros gastados, con el lomo partido y las páginas del color del café con leche. Acabaron aquí porque en la casa de sus padres ya no cabían, porque alguien los leyó de niño y no los tiró porque no se tiran los libros, y así llevan décadas esperando en ese pasillo a que aparezca alguien como Lucía.

Saca uno. ‘Los Cinco en la isla del tesoro’. En la primera página, con letra de niño aplicado, pone un nombre que es el de su abuelo.
Se sienta en el suelo, con la espalda contra la pared y los pies descalzos sobre las baldosas frías.
El abuelo sigue roncando.
Afuera, alguien riega con una manguera y se escucha el agua golpear el asfalto caliente. Lucía lee.
No hay examen. No hay ficha de lectura. No hay nadie que le haya dicho que ese libro es bueno ni que tiene que leerlo. Por eso, quizás por eso, a la cuarta página ya no escucha los ronquidos ni el calor ni nada.
Está en una isla, con cinco niños y un perro, y el verano acaba de empezar de verdad.
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Last modified: junio 24, 2026






