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El publicista

Antes de trabajar en el sector, todos quisieron fumar un Lucky Strike.

ZonaCultura

Ella si encontró Manhattan.

Quizá no se hayan enterado aún, pero el Nueva York de 1960 no existe. Es decir, sí, claro, todavía podemos subir al Empire State o esquivar taxis amarillos en la Quinta Avenida. Con eso seguimos soñando, viajando allí. Y seguimos saliendo desconcertados, sin tener del todo claro si nos ha gustado o no.

Incluso podemos entrar en un bar de techos bajos en el Village y fingir que somos un poeta beat con demasiada cafeína en las venas. Cafeína. Claro.

Pero aquel Manhattan que encontramos en las crónicas de John Cheever —donde el tintineo del hielo en el vaso de cristal era el único metrónomo que te recordaba que esa vida no te estaba gustando— es solo una gran mentira.

Hagamos trampas: a menudo preferimos la mentira elegante a la verdad descuidada, desgastada, usada, de la misma forma que lo que se calla en un ascensor de Madison Avenue tiene más peso que lo que se cuenta en uno de ‘esos’ 20 segundos.

Por eso, cuando vemos ‘Mad Men‘, estamos habitando en realidad ese Nueva York que es nuestro. Por si no la conocen, se trata de una serie sobre gente del sector de la publicidad, basada en la ambición y el humo, cuya acción transcurre cuando el siglo XX aún creía en sus propias promesas. O al menos, cuando intentaba venderlas

Una década en la que Estados Unidos, de hecho, envejeció varios siglos. Pero ya les aviso: no esperen grandes persecuciones.

Cada capítulo, que dura cincuenta minutos, incluye un par de martinis antes del almuerzo, algunos silencios cargados de adulterio y tres o cuatro cigarrillos encendidos con desidia.

También preparan muchos combinados en la oficina. Sale un jefe de cuentas que gasta pelo cano y tira de cinismo, se da algún romance con alguna secretaria que acaba en ascenso —o en olvido: esos son los más amargos— y suena frecuentemente el jazz nocturno de Miles Davis.

Hay mañanas en las que la resaca se confunde con la luz de los ventanales y otras en las que la oficina parece un cuadro de Edward Hopper. Incluso la relación de aprendizaje entre los dos protagonistas, Don Draper y Peggy Olson, nada tiene de previsible, aunque se agradece la distancia casi eléctrica con que se trata, tal vez incomprensible en nuestros días de transparencia obligatoria.

La serie sólo busca retratar el vacío, sin necesidad de grandes discursos morales con los que salvar el mundo, así que seguramente les pueda decepcionar.

“Somos defectuosos porque queremos mucho más. Estamos arruinados porque obtenemos estas cosas y deseamos lo que teníamos antes”.

Don Draper

Los actores son impecables y el diseño de producción es magnífico, pero eso es poca cosa. Lo más importante es que aparece ese Manhattan, casi oficina por oficina. En el que soñamos vivir. Ustedes también, qué demonios.

Lo soñamos.

Porque ese Nueva York de sombreros de ala ancha y trenes de cercanías no existe. Si nos esforzamos, aún podemos viajar hasta el Oyster Bar de Grand Central y entender que, bajo las luces de la ciudad que nunca duerme, todos somos extraños tratando de vendernos algo a nosotros mismos.

Qué más se puede pedir.

Las fotos son nuestras. Los videos, suyos.

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Last modified: marzo 25, 2026

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