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Mar / Imagen / Fotografía / Poesía.
Hay un segundo exacto, nada más bajar del coche o salir de la estación, en el que el oído cambia de frecuencia sin que nadie lo pida. Llevamos un año entero rodeados del mismo ruido —motores, avisos del móvil, el bar de abajo con la música puesta a todo volumen— y de pronto, sin transición, ese ruido deja de ser lo único que hay. No es que desaparezca: alguien sigue poniendo reguetón en el chiringuito de al lado. Es que, por primera vez en doce meses, deja de ser lo más fuerte.
A eso venimos, en realidad, aunque lo disfracemos de vacaciones, de bronceado, de croquetas en la terraza. Venimos a comprobar si todavía sabemos oír lo que llevamos un año soñando sin atrevernos a escucharlo despiertos.
Verano.
Meses esperando esto, sin saber del todo qué es.
El ruido que llevamos puesto
La ciudad no para nunca, y eso tiene un precio que no se nota hasta que se quita. Un año de tráfico, de notificaciones, de música que no hemos elegido sonando en la cafetería de turno, deja una especie de zumbido permanente que aceptamos como silencio porque ya no sabemos distinguirlo de algo distinto. Vamos por la vida convencidos de que ese es el sonido normal del mundo, hasta que algo —siempre en mayo, siempre antes de lo previsto— empieza a reclamar otra cosa.
La llamada
Y entonces, sin que hayamos hecho nada para merecerlo, algo empieza a llamar desde más lejos que cualquier notificación.
“…el mar los ahoga y los manda lejos con sus grandes sonidos anchos…”
Rainer Maria Rilke – “Carta a F. von Oppeln-Bronikowski”, 1898

“Pero, sobre todo, el mar llama”
Alessandro Baricco – “Océano mar”, 1993

Llama, escribe Baricco, y no hace falta mucho más para entenderlo: tiene razón.
No vamos al mar por el paisaje ni por el bronceado. Vamos porque algo, debajo de todo ese ruido que habíamos aceptado como normal, empieza por fin a reclamar su turno.

Y cuando por fin llegamos, ocurre justo lo que Rilke describió hace más de un siglo, en una carta, sin saber que también estaba describiendo el verano de cualquiera que ha pasado un año entero rodeado de tráfico.
“El mar es un antiguo lenguaje que ya no alcanzo a leer”.
Jorge Luis Borges – “El mar”, poema

Ahoga, dice. No tapa, no compite, no sube el volumen para hacerse oír por encima de lo demás: ahoga, que es otra cosa completamente distinta. El mar no necesita ganarle la partida al ruido de la ciudad porque no juega el mismo partido. Sus sonidos son tan anchos que el resto —el motor, el aviso, el bajo del reguetón de la terraza— simplemente deja de tener sitio donde colocarse.
Un idioma viejo
El mar no para, y tampoco promete nada a quien lo fotografía.
“El mar nunca ha sido amigo del hombre”.
Joseph Conrad – “El espejo del mar”, 1906

Puede ser que ya no sepamos leerlo, pero hay idiomas que se reconocen sin necesidad de traducirlos: nadie tiene que explicarle a nadie por qué el sonido de una ola se parece tanto a lo que soñamos por las noches, antes de encender el teléfono. El mar habla más viejo que el reguetón, más viejo que el tráfico, más viejo que cualquier idioma que sepamos leer, y aun así lo reconocemos a la primera.
Quizá lo reconocemos precisamente porque no se esfuerza en absoluto por que lo entendamos. Conrad fue más allá.
Fotos en mayo. Fotos en agosto. Fotos en otoño. Misma intención, mismo resultado, diferente luz, mismas ideas…
Nunca ha sido amigo, no nos debe nada, no necesita gustarnos para seguir sonando exactamente igual. Y es justo esa indiferencia la que lo salva de convertirse en otro ruido de fondo, en otra versión amable y editada de sí mismo pensada para entretenernos. El mar no actúa para nadie. Por eso, cuando llegamos, lo que oímos no es una canción puesta para que la disfrutemos: es lo que hay, exactamente igual desde antes de que existiera nadie para escucharlo.
La querida
Hemingway anotó, en ‘El viejo y el mar‘, la palabra exacta para este tipo de reencuentro.
“Decía siempre la mar. Así es como dicen en español cuando la quieren”.
Ernest Hemingway – “El viejo y el mar”, 1952

No se vuelve a un paisaje. Se vuelve a alguien, por su nombre cariñoso, después de doce meses fuera, y como en cualquier reencuentro de verdad, lo primero que se hace no es hablar: es callarse un momento y dejar que sea ella quien suene primero.
Lo que nos llevamos
Camus resolvió, sin proponérselo, la competición desigual entre el altavoz de la terraza y el horizonte.
“Solo la música está a la altura del mar”.
Albert Camus – El verano, 1953

Solo la música está a su altura, escribió, y quien haya pasado una tarde de julio en cualquier playa española sabe exactamente a qué otra música se refería sin nombrarla: no a la del altavoz portátil de la toalla de al lado, sino a la única que de verdad llevábamos doce meses esperando oír. El mar, escribió Verne por boca de su capitán más célebre, es todo.
“El mar es todo. Cubre siete décimas del globo terrestre”.
J. Verne – Veinte mil leguas de viaje submarino, 1869–70
Cubre siete décimas del planeta y no necesita compartir cartel con nada. Frente a esa escala, hasta el bajo más alto del reguetón de la terraza suena, por una vez en todo el año, pequeño.
Quizá no volvemos al mar a fotografiarlo, ni siquiera a bañarnos del todo en serio. Volvemos a comprobar que, debajo de doce meses de ruido aceptado como normal, seguimos sabiendo reconocer lo que en realidad queríamos oír.
“El mar sonríe a lo lejos. Dientes de espuma, labios de cielo”.
Federico García Lorca – El mar sonríe a lo lejos, 1919

Eso —una sonrisa que llega desde más lejos que cualquier altavoz— es, probablemente, lo único que de verdad nos llevamos cada verano a casa.


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Last modified: junio 18, 2026






