Aída Ruano
‘El cielo de la selva‘, de Elaine Vilar Madruga, despertó mi curiosidad desde algunos posts de Instagram. Y eso que, con bastantes años de lectora a mis espaldas, no elijo mis lecturas basándome en su viralidad; rara vez me llaman la atención los libros solo porque lleguen precedidos de un gran hype y me da bastante pereza buena parte del universo Bookstagram.
Cosas de señoras que crecieron en un mundo analógico.
Confesado esto, sigo a un buen puñado de personas que hablan mucho y bien sobre libros en esa red social, no porque tengamos gustos idénticos (ni falta que hace), sino porque me cuentan lo que necesito saber para darme cuenta de que determinada lectura es claramente para mí.

Ha sido el caso de esta novela perversa y alucinada que, aunque en cierta medida se puede relacionar con la relativamente reciente ola de autoras hispanoamericanas que escriben terror y fantástico, crea y sostiene el que es, sin duda, un mundo propio.
El de los personajes refugiados y a la vez atrapados en una hacienda a medio tragar por la selva, que es aquí un dios salvaje que acaricia y golpea, «un dios que a veces no es bueno y otras veces es sordo», «un dios que te lame el coño» y a la vez demanda los mayores sacrificios.
Un dios que protege del mundo exterior pero también tiene sus propias reglas.
Me he encontrado pocas dedicatorias de un libro con tanta capacidad para resumir su contenido: «Para mis bisabuelas, que parieron demasiado. Y para mis tías, que decidieron no parir».
Porque la capacidad e incapacidad reproductiva de las mujeres de esta historia, el poder que encuentra cada una en parir demasiado o en no parir, las relaciones con la propia prole y entre ellas mismas están en el corazón de ‘El cielo de la selva’, una novela poblada por mujeres enfrentadas a terribles dilemas y destinos por su propia condición femenina.
Es la historia de una madre y una hija que, huyendo de la violencia, se encuentran con una hacienda que parecería que las espera, en medio de una selva que les ofrece regalos como protección, gallinas o jabalíes.
Es la historia de un grupo de niños que crecen sabiendo que su suerte está echada, marcados por esa conciencia.
Es la historia de una prostituta embarazada y adicta que recala en este mismo claro de la selva, al que solo la voluntad de su caprichoso dios deja entrar y del que no parece una cuestión de voluntad salir.
Es la historia de una perra que duela a su cachorro y desea con todas sus energías huir y seguir su instinto.
Dividida en capítulos narrados desde el punto de vista de diferentes personajes, y pese a que estos se desarrollan, en su mayoría, en sucesión cronológica, pronto sospechamos que el tiempo en la selva puede ser tan circular como los caminos de quienes quedan atrapados en ella, lo que contribuye a la atmósfera de pesadilla plagada de mosquitos que nos rodea según vamos leyendo.
Elaine Vilar Madruga se revela como una escritora habilísima, que dispone todas las piezas en orden para que el lector las vaya relacionando, sin pasarse de hermética ni caer en obviedades.
Es también capaz de mostrar justo lo necesario para horrorizarnos o para conmovernos; incluso en este purgatorio de personajes con los que puede ser tan difícil empatizar, podemos comprender y sobre todo nos creemos a sus protagonistas, desde el primer momento condicionados por una situación implacable.
Elaine Vilar Madruga se revela como una escritora habilísima, que dispone todas las piezas en orden para que el lector las vaya relacionando, sin pasarse de hermética ni caer en obviedades
Es mejor ir descubriendo el resto de la historia según se adentra el lector en la selva, reconociendo los elementos de la bonita e inicialmente enigmática cubierta que ha escogido la editorial Lava, así que no desvelaré más; animo a cualquiera a aventurarse en este terreno sin cartografiar.
Seguimos leyendo. Y huyendo.

Fotos de: anderson-rian-rx84FPdre04-unsplash, stormseeker-rX12B5uX7QM-unsplash, masoud-mostafaei-ED_StNLMge4-unsplash. Muchas gracias!
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Last modified: febrero 13, 2026






