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Camino de Santiago / Galicia / Peregrinación / Silencio
Nadie avisa de que el Camino de Santiago empieza antes de la primera etapa: en la decisión de caminar sin más excusa que el esfuerzo mismo. Hay gente que te dice algo como “lo hice por curiosidad, no solo por fe”, y te dice después “…y descubrí que el senderismo tiene una honestidad brutal. El cuerpo no miente. Y el sol o la nube, tampoco”.
Es una demostración a uno mismo.
Mientras, cada pueblo se convertía en una lección de historia que la naturaleza y la piedra habían conservado mejor que cualquier libro.
Nadie. Así empezaba.

Nadie que haya hecho el Camino de Santiago vuelve hablando -únicamente- de las iglesias. Vuelve hablando de un desconocido que le dio media manzana en un cruce de caminos, de alguien que curó una ampolla que no era suya, de una cena compartida entre gente de 1000 países que jamás habría cruzado palabra en cualquier otro contexto.

El Camino no es, en el fondo, únicamente un itinerario religioso; Ya no. Ni siquiera una competición deportiva: es un experimento social y personal, sobre qué pasa cuando quitas a la gente sus certificados, sus coches y su estatus, y la dejas caminar treinta kilómetros al día cargando solo lo que puede llevar a la espalda.
“Lo que de verdad cambió algo fue la gente: albergues compartidos, cansancios comunes, y esas horas de silencio en la meseta donde por fin pude escucharme a mí mismo”, nos decía tomando una caña en A Taberna do Bispo.

Lo que sorprende a quien lo hace por primera vez no es el paisaje —que también—, sino la velocidad con la que se disuelve la desconfianza que llevamos incorporada en la vida normal. En una sociedad que enseña a no hablar con extraños, el Camino enseña justo lo contrario: que compartir con quien no conoces sigue siendo, contra todo pronóstico, posible.
“Europa se hizo peregrinando a Compostela”.
Johann Wolfgang von Goethe

Así nos lo cuenta, porque así fue: “Aquella noche llegábamos a Guitiriz. o tal vez Abadín, no recuerdo el pueblo porque había mucha nube. Solo nosotros dos. Nos habíamos perdido. Estábamos agotados y no habia nada abierto en el pueblo, muy pequeño, donde comprar algo de comida. Un tipo nos vio algo afligidos, con el susto de no tener nada para comer. Nos dio dos panes, de la panadería de su hija. Entramos en el albergue -había poca gente esta vez- y vimos qué se podía hacer. Había una pequeña cocina, con un cazuelo, como dicen en Aragón, y algo de aceite y sal. Otro de los tipos que estaban allí, calado y cansado, ofreció algo de chorizo que le había quedado de la comida. Había un pequeño grupo de un pueblo madrileño que aportó ajos. Y en el sitio, además, había algo de vino. Nos juntamos y compartimos, qué maravilla, unas sopas de ajo. Y seguimos hablando de ello, 20 años después“.
Quizás por eso el Camino sigue lleno, siglo tras siglo, mucho después de que la fe que lo originó, aquella fe, se haya convertido en colchón, ramas y sopas de ajo.
Las fotos son de peter-amende-HA7RFZehG7w-unsplash, elena-helade-4vjhi_Ag5mk-unsplash, elena-helade-_ByEhWGfeFg-unsplash, elena-helade-w0Y3sVAPGno-unsplash, gianmarco-avigni-w0xMvH2GKH8-unsplash. ¡Gracias!
Last modified: septiembre 8, 2026






