Raúl Devia López
Tanto por descubrir en tu cabeza. Esa frase que Jota casi susurra al final de La Copa de Europa es, posiblemente, la mejor descripción del estado de ánimo de cualquiera que no esté muerto por dentro cuando llega a la edad que yo tengo. Ni mucha ni poca -la edad, digo. Conocerte, respetarte. Perdonarte. Por eso, cuando algo que viene de afuera te impacta, cuando algo nuevo te reengancha con la inocencia de descubrir, la única reacción medianamente es flipar. Flipar mucho. Flipar de manera adictiva. De eso va este artículo.
Descubrí a Bowie el pasado verano. Sé que “descubrir a Bowie” suena raro. No descubrí a un grupo de pop sinfónico ugandés. Descubrí a David Bowie. Descubrí tierra trillada ya por muchísima gente antes. Qué voy a hacerle. Siempre llego tarde a casi todo.
Por razones personales el verano pasado fue duro. Muy duro. Más que nunca necesitaba descubrir dentro de mí “algo nuevo”. Después entendí que lo que necesitaba era un espejo. Uno limpio y muy pulido donde poder reflejarme.
Bowie apareció en forma de podcast de Radio3. Un recopilatorio de sus veinte mejores canciones. Por qué no. Escucho música cuando salgo a correr y esa vez, bendito el momento, elegí bien.
“Escucho música cuando salgo a correr y esa vez, bendito el momento, elegí bien”.
El primer impacto fue puramente técnico. “Be my wife” del Low me llamó mucho la atención. Todo lo que después descubrí que sería marca de la casa en Bowie estaba allí: sonido orgánico pero experimental, melodías aparentemente rotas y, sobre todo, un concepto de la armonía llevado muy al límite. Casi todas las canciones de Bowie tienen dentro tres o cuatro cosidas magistralmente. Sin ocultar las cicatrices, pero haciendo de ellas algo chulo.

Después vendrían “Station to Station”, “Sound and Vision”, la incredible “Ashes to ashes” y un etcetera tan grande que me obligaría a alargar la lista demasiado. De hecho, me siento como esos actores que no quieren dejarse a nadie olvidado en su discurso de aceptación de los Oscars. También otras obras maestras canónicas como “Space Oddity” (está fue la primera canción que recuerdo haber oído de él allá por mis tiempos de universidad) o “Life on Mars”. Esta última maravilla podría haberla firmado el mejor McCartney de The Beatles . Es una de las mejores canciones que he oído en mi vida. Y punto.
Engancharse por la parte técnica está guay pero no es lo que convierte a Bowie en lo que Bowie es para mí. Hay algo personal. Algo de piel. Algo que sólo me ha pasado con The Smiths, Morrissey, Los Planetas y Astrud. Algo que ya se intuye en “Life On Mars”: mirada cínica a lo que ves, sensación de soledad (and her friends are nowhere to be seen) y tener algo de decir pero que al salir de tu boca todo se transforme en un horrible y repetitivo plató de TV (sailor fighting on the dance floor) Pero la bomba cayó desde otro avión.
The Rise And Fall Of Ziggy Stardust fue el mensajero. El disco es un juego de espejos donde Bowie te engaña y te explica que te engaña. Juega a ser Ziggy pero explicitando que es una máscara. Y te pide que juegues con él. Esa es, posiblemente, la mayor diferencia entre Bowie y el resto de artistas que conozco. Él te reta a que asumas que lo que estás viendo es falso… pero que a través de ese engaño, de esa falsedad vas a llegar al centro de todo. Por eso no hay nada menos Bowie que querer ser Bowie. Todos esos estereotipos sobre su sexualidad, sobre el uso de las drogas, sobre sus pintas andróginas le sirvieron a ÉL pero ni siquiera te lo recomienda.
Será luego el Halloween Jack, The Thin White Duke… mudará de piel cuando ya no le sirva para su viaje. Te pide que elijas tu disfraz para poder ser tú mismo. Todo el disco es un reto: “Esto es lo que he hecho yo, ahora te toca a ti”. Tal vez la mejor expresión de ese mensaje de acompañamiento en el viaje sean las últimas líneas de “Rock and Roll Suicide” donde te mira a la cara con esos ojos asimétricos y te dice…
Oh no, love, you’re not alone
You’re watching yourself, but you’re too unfair
You got your head all tangled up
But if I could only make you care
Oh no, love, you’re not alone
No matter what or who you’ve been
No matter when or where you’ve seen
All the knives seem to lacerate your brain
I’ve had my share, I’ll help you with the pain
You’re not alone
Oír este párrafo a través de mis cascos en una de mis cuarenta-cincuentonas salidas de running me atravesó, me puso los pelos de punta. Esa canción provoco en mi reacciones que sólo el decoro me impide poner por escrito. Vamos … ya sabes. Alguien me estaba diciendo que estaba siendo injusto conmigo y que compartiría conmigo todo el dolor. Pero Bowie era sólo el mensajero. Él se lo contaba, desde su visión omnisciente, a una estrella de rock patética y acabada que regresa a casa solo y borracho al amanecer entre repartidores de leche. No a mí. Él era un espejo. Sólo un espejo.
Escuchad a Bowie. Escuchaos en Bowie.
Fotografías de: katy-hardman-R9cmLpR8BWI-unsplash, david-preston-T0Uxojgf5w8-unsplash, gabriel-bassino-zEawlLdVloo-unsplash, matthew-davis-x9j6TO64898-unsplash, william-ducret-gi74iLxiC7c-unsplash.
Last modified: febrero 13, 2026








