Miguel Sancho
En estas fechas en las que el calendario parece detenerse, hay una cita ineludible que marca el verdadero inicio de la Navidad: la cena de Nochebuena. Es el primer rito, el prólogo de los fastos, esa mesa alrededor de la cual comenzamos a negociar territorios —la casa de los suegros o la de los padres— y también a evocar ausencias.
Pero también la ilusión intacta de los más pequeños.
Es la primera de muchas, la que inaugura el empacho anunciado: el desfile del langostino, el jamón, el besugo o el pavo; la noche en la que las peladillas, los turrones, los polvorones y los orejones abandonan sus envoltorios con la solemnidad de un ritual repetido.
Abuelos, suegros, tías, primos…
Pero también la ilusión intacta de los más pequeños.
En mi casa, a diferencia de otras, nunca hubo dogmas culinarios. Ningún plato sagrado, ninguna receta que regresara año tras año, ni siquiera un cocinero oficial. Hemos transitado por el clasicismo del cordero y el consomé, coqueteado con lo francés a base de sopa de cebollas y confit de canard, e incluso nos atrevimos alguna vez con un menú de Subijana: cóctel de anchoas con grosellas, bacalao al pil-pil y una tatín de cítricos para cerrar. Aquel fue, para mí, un día de infausto recuerdo: pocas veces se ha conseguido reunir en una sola cena todo aquello que detesto o me sienta mal.
Este año, 2025, cansado de los precios estratosféricos de los alimentos —y especialmente de aquellos a los que rendimos pleitesía en estas fechas—, he decidido volver a lo esencial. Un menú hispano-argentino, sencillo en apariencia, pero honesto, sabroso y sin artificios innecesarios.
La noche comienza homenajeando a la familia del otro lado del charco, los argentos, o sargentos según se mire, con uno de los platos más icónicos e introducidos: empanadas argentinas de ternera semipicante.
Hechas en casa.
Como debe ser.
El plato principal es un brindis al refranero popular, con aquella frase de ‘cuando seas padre comerás…’. Ya sabéis.
Pues sí: unos huevos fritos con patatas y jamón para darles la categoría de festivo.


Argentina + España.
Un plato humilde que exige respeto. Porque cuanto más sencillo es, más implacable resulta con los errores. Aquí la técnica es mínima, y donde la materia prima lo es todo. El secreto, como cocinero, no está en hacer mucho, sino en no estropear nada.
La elección de la patata es crucial. Yo me quedo con la Kennebec: prieta, poco húmeda, rica en almidón, perfecta para lograr ese equilibrio imposible entre exterior crujiente e interior tierno. Mejor en tiras, siempre. Lavadas a conciencia antes y después de cortar, bien escurridas, secadas con paciencia.
El aceite, abundante y limpio, a una temperatura precisa —entre 175 y 180 grados—, sin prisas ni concesiones. Solo entonces la patata responde, dorada y honesta, lista para recibir el huevo y el jamón como corresponde.
Porque al final, como casi todo lo importante en la cocina y en la vida, la Nochebuena no va de fuegos artificiales, sino de hacer bien lo sencillo y compartirlo con quienes aún siguen sentándose a la mesa.
Disfrutad estas cenas / comidas / desayunos. Siempre sobra algo para el día siguiente…

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Last modified: diciembre 19, 2025






