Sergio Sánchez

Recuerdo que hace algunos años escribí algo similar. Una buena parte de la vida corresponde, como los cachitos de fruta que quedan después de cortarla, a saber si están mejor o peor que las ya tomadas. Ha pasado el tiempo, han ido pasando muchísimas cosas, como nos sucede a todos. Como contaba Fernando Trueba hace algunos años: “La vida es una película mal montada”. Cuánta razón…

Y eso que, en este artículo, más con cariño que con análisis, no vamos a hablar de Netflix o de HBO. No. LA página, esta página, vuestra página, acaba de empezar a vivir. Ya habrá tiempo.

El caso es que siempre me gustó el sabor del cine. Su estética. Sus pequeños ritos catárquicos que te permitían ausentarte de lo que había fuera de la sala durante un par de horas.

Sus pequeños ruidos, las linternas que se encienden para acomodar a los que llegan tarde (mi caso, en tal vez demasiadas ocasiones)…

Aquellos pequeños refugios tras una semana dura de quinceañero pendiente de cosas que olvidó después. Las butacas fueron cambiando desde aquellas sillas del recinto de verano de Gandía donde mis tías solían llevarme, hasta convertirse en sillones con aparejos para dejar hasta el casco de la moto, donde si la película no cumple las expectativas, puedes echar un sueño placentero.

La música de las promos, el ruido del proyector empezando a funcionar, la luz que permite que veas las motas de polvo que giran revoltosas por la sala… Son ritos maravillosos de los que disfrutas más en el recuerdo, en el sabor al paladear lo que has pasado. En el momento en el que las luces se apagan del todo, para mi, no hay palomitas, acomodadores o cabezas delante. Sólo hay magia, aunque pueda sonar a cursi.

En los últimos años han desaparecido los cines que solía visitar cuando era pequeño. Casi se han difuminado hasta sus nombres, y los carteles se han transformado en enormes construcciones con viviendas para solteros de nueva generación.

Los cines de barrio desaparecen, aunque no seré yo el que se queje por el avance. A aquellos que prefieren el sabor de lo añejo, les comprendo. Pero sigo pensando que las nuevas salas tienen muchas ventajas y mejores condiciones para disfrutar de las películas, aunque últimamente estoy descubriendo un enorme e inexplorado mundo en eso que nos ha llegado de América y que no se irá, el CTV, Connected TV. Qué demonios, el alquiler de películas de los años 70, robotizado y pagado cada mes.

Buenas ediciones, versiones originales impagables de clásicos que no puedes ver en la gran pantalla y la oportunidad de revisar algunas cosas que antaño no te terminaron de convencer.

Una que siempre me convenció, siempre, desde que la vi en la facultad, fue El hombre tranquilo, el ocaso luminoso del más grande director de todos los tiempos: John Ford. La vuelta a sus orígenes, la recreación portentosa de cómo un hombre baja del ring y sigue combatiendo contra los mismos fantasmas que le acosaban antes. Y además, Maureen O’Hara está tan guapa como el cielo irlandés.

Y ya que estáis, no dudéis en haceros este domingo con La diligencia y Centauros del desierto, que podéis ver en Filmin, creo recordar.

“CTV, Internet, en casa, sin salir… Claro que la pandemia cambió radicalmente el concepto cultural.

Dejémoslo en cine y dónde verlo”.

Es verdad que hay muchas opciones y muchas propuestas. Y más facilidad que nunca. Comencemos viendo. Después, compartiendo. Y más adelante, peguémonos por ello.

Mientras tanto, la BSO de John Barry en ‘Bailando con lobos’ me encanta.

Disfrutad.

Las fotos son de jacob-padilla-FyRDWibIfUE-unsplash, austrian-national-library-o6-TCuFM7n8-unsplash, laura-v-14rm78XEfWk-unsplash, joshua-hanks-SiZ00cmFnsg-unsplash y Wikipedia.

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Last modified: septiembre 10, 2025

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