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Gustavo Barral

Insectos / Fotografía / Primavera / Verde

Hay una naturaleza que no necesitan los grandes bosques, ni documentales. Como hay algunos libros que no necesitan lectores… Vive en el jardín de debajo de casa, en la grieta de la acera, en el alféizar de la ventana.

Llega con la primavera, con el calor blando y el olor a tierra, y lo hace a su manera: sin pedir permiso, sin que nadie la espere.

Y con cierto enfado, incluso.

Son los insectos.

Los que espantamos con la mano, los que nos hacen fruncir el ceño, los que viajan en nuestros sueños como presencias molestas.

La mosca que ronda el vaso.

La hormiga que cruza la terraza con una carga tres veces mayor que ella.

El escarabajo oscuro que aparece en el suelo del baño un domingo por la mañana.

Esa primavera nos despierta a todos. Y si uno se detiene —solo un momento, solo una vez— descubre que el mundo diminuto que nos rodea no es fealdad ni amenaza.

Es geometría.

Es tenacidad.

Insistencia.

Es, a su modo extraño, una forma de belleza que no aprendemos a mirar.


“No importa cuán pequeña sea la hormiga: tiene su sombra”.

Henry David Thoreau

Antonio Machado lo vio igual que nosotros.

En su poema ‘Las moscas‘, les dedica unos versos que son pura ternura hacia lo que todos ignoramos:

Vosotras,

las familiares, inevitables golosas,

vosotras,

moscas vulgares, me evocáis todas las cosas“.

Lo no visto también merece un canto.

Lo pequeño también debe ocupar espacio en el mundo. Solo hace falta la luz justa —la de una tarde de abril— y quizás una cámara, para ver lo que siempre estuvo ahí.

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Last modified: abril 20, 2026

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