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Arepa / Venezuela / Emigración / Memoria / Identidad
Hay olores que no tienen pasaporte. Me lo dice Juan, un migrante venezolano que tuvo que salir de su país hace algunos años porque le habían robado dos veces su coche durante ese mes, porque habían asaltado la tienda de su familia y porque no le dejaban entrar a trabajar en un hospital.
Por motivos más allá de lo social.
“Sigo echando en falta la arepa de mi madre. Y la música que se usaba en casa cuando ella se ponía los patines“
Esos olores, nos decía, cruzan fronteras metidos en la memoria de alguien, en las manos de una familia, en la receta que viaja doblada dentro de una maleta que no lleva mucho más.
España lleva años recibiendo a personas que han tenido que irse del centro de América.
Como Juan.
No porque quisieran.
Porque quedarse se fue haciendo imposible de maneras que no siempre se ven bien desde fuera: la inflación que come los sueldos, los hospitales sin medicamentos, la sensación de que el futuro se ha instalado en otro sitio.
Y han llegado a cualquier otro sitio, el que no es el suyo, con sus títulos, su acento, sus ganas de empezar, y también con algo que no se puede dejar atrás aunque se intente: la comida de casa.


Y entre toda esa cocina que han traído consigo, hay un plato que lo resume casi todo.
La arepa.
Si no la has probado todavía, es difícil explicar qué es exactamente. No es pan, aunque haga las veces de pan. No es una tortita, aunque tenga esa forma redonda y ese tamaño que cabe en dos manos.
Es harina de maíz precocida, agua, sal, un poco de amor, y mucho saber hacer. Se amasa, se palmea —ese sonido que tiene nombre, palmeado, y que en las cocinas venezolanas suena como un ritmo propio— y se cocina en la budare, que es una plancha de hierro o barro que lleva siglos haciendo el mismo trabajo.

La arepa es el desayuno, el almuerzo y la cena. Es lo que hay cuando no hay mucho más. Es lo que se comparte. Es la primera cosa que se enseña a hacer y la última que se olvida.
Lo que va dentro cambia según la región, según la familia, según lo que haya ese día. La reina pepiada lleva pollo desmenuzado con aguacate y mayonesa, y lleva ese nombre desde los años cincuenta, cuando una reina de belleza venezolana la popularizó.
La pelúa lleva carne mechada y queso amarillo fundido encima, y es de esas cosas que no necesitan explicación cuando las pruebas. La de pabellón mete dentro el pabellón criollo completo: caraotas negras, carne mechada, tajadas de plátano maduro.
Un país entero en un bocado.
“La arepa es el desayuno, el almuerzo y la cena”.
y lo que te deja dormir.
juan, taxista en cuzco, madrid
Pero hablar solo de rellenos sería quedarse en la superficie. La arepa es también una forma de medir el tiempo. Los venezolanos que llevan aquí años dicen que hay cosas que cuestan encontrar: la harina P.A.N. —que es la marca de referencia, la que usan en casi todas las casas— ya se encuentra en bastantes supermercados españoles y en tiendas latinoamericanas. El budare se puede sustituir por una sartén antiadherente. Lo que no se sustituye tan fácil es lo otro: hacer arepas un domingo por la mañana en Madrid y que huela igual que en Caracas, que en Maracaibo, que en Mérida…
Eso tiene algo de resistencia, aunque no se llame así.
Si quieres intentarlo en casa, la receta base es sencilla.
- Harina de maíz precocida…
- agua tibia…
- una pizca de sal…
- y lo que le quieras añadir. Ahí está el truco.
Se mezcla hasta que quede una masa que no se pegue en las manos y que aguante su forma. Se hacen bolas, se aplanan suavemente con las palmas —ese palmeado del que hablábamos— hasta que tengan un dedo y medio de grosor, más o menos.
Se cocinan en la sartén sin aceite a fuego medio, primero unos minutos por cada lado hasta que tengan una costra dorada, y luego se pueden terminar unos minutos al horno para que se inflen un poco y queden bien hechas por dentro. Se abren con cuidado, como un libro, y se rellenan con lo que se quiera.

Con lo que se tenga.
Con lo que se recuerde.
Hay una cosa que dice mucha gente venezolana, como Juan, cuando se le pregunta qué echa más de menos: antes de responder, suele haber una pausa.
Y casi siempre, en esa pausa, está la comida. No como nostalgia de un plato. Sino como nostalgia de las personas con las que lo comían, del ruido de la cocina de su casa, del olor de la mañana de un día normal. De los días normales.
La arepa no se olvida porque no es una comida.
Es la forma que tiene Venezuela de seguir existiendo en las mesas de quienes tuvieron que irse.
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Last modified: abril 26, 2026






